El hombre que está sentado frente a mí es un artista. La mujer que está
sentada a mi izquierda, también. Juntos hacen, desde hace cinco años, algo que
se llama Grapa y no es una bebida sino un grupo de reflexión, análisis y
producción de arte; un espacio taller anual al que otros artistas visuales llevan sus trayectorias, sus obras, su trabajo para pensarla, ponerla en crisis, atravesarla.
Estoy allí haciéndoles una entrevista para el blog de arte y cultura que estoy armando para la FAUD –Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño- donde trabajo y el tiempo se nos hace
corto. La primera que se va a buscar a sus niños a la escuela es Josefina;
luego yo. Pero nos escribimos al rato: “sigamos hablando” y en mi caso es una
expresión de algo más que la necesidad de cerrar esa entrevista; es la
necesidad de retornar a los vínculos que nos despabilan y engrosan las
preguntas. Es el reconocimiento de otro navegante, en el mar de la
sobreabundancia de cosas; es un guiño entre mujeres que corren con lobos,
porque hay algo que nos es intuitivo a las mujeres y que se potencia en la
ampliación de conexiones con el género.
Y a la tarde estoy sentada en una silla de su casa, frente a la mesa
donde tomamos mate y apuntes de distintas cosas que queremos que la otra vea.
Nuestros niños también están allí. Uno toma clases de guitarra, la otra llega
del colegio, el mío deambula interesado en un montón de objetos que en casa no
hay: un skate, un cavaquinho y otros que elige en cualquier lugar donde
encuentre: una regadera.
En medio de la charla le digo que estoy metida en un problema: el de
haber decidido escribir un libro durante un año de a un texto por día. Y le
cuento el origen de este libro, esa entrevista al noruego… Y recuerdo que en su
libro primero, La muerte del padre,
hay una idea sobre el arte que posiblemente no comparta... Pero no lo sé bien; de ser así,
seguramente primero debería entenderla mejor. Porque: o es tan compleja que me
está pasando muy por arriba y no la veo o es una reflexión tan evidente que no
resiste reflexión.
Tengo el vago recuerdo de que hace -en la comparación entre el arte
ilustrativo, representativo y el arte contemporáneo- una regresión; una elección de aquellos primeros, aludiendo que si algo de sagrado había en estos era
la posibilidad de un mundo fuera del arte; un mundo al que abordar o alcanzar; vislumbrar o traducir y entonces el arte era una búsqueda; una conquista que si bien no se consumaba a través del arte al menos le daba un tema al arte… Pero luego... el cambio, ¿no? Y como si dijera que todo, luego, fue quedando
adentro del arte… y la realidad perdiendo territorio… y así se ha llegado a la situación acutal (ahora cito):"en la que el material del arte ya no desempeña ningún papel, en el que todo el peso está en lo que expresa, no en lo que es, sino en lo que piensa, en qué ideas trae, renunciando así al último resto de objetividad, al último resto de algo fuera de lo humano".
Cuando la reunión –ese intersticio de charla libre- se ha desarmado puntualizada
por los deberes de la maternidad -el turno el odontólogo, la clase de natación-
nos despedimos en la puerta del edificio con un abrazo: “Después te la mando”,
le anuncio a Josefina.
Cruzo la calle y estoy metiendo la llave del auto en la cerradura cuando
veo pegada en el vidrio del acompañante una multa. El panadero silencioso de la
esquina, frente a mi desconcierto, me señala la despensa de enfrente.
Entro a la despensa que vende las tarjetas de estacionamiento medido con
una cara transparente.
-
Qué te pasóooo? – me pregunta el almacenero.
Le cuento. Me dice: “esto acá son 300 pesos. En el Tribunal de Faltas,
mañana, son 300 más”. Resoplo.
-
Bueno- me dice el almacenero… -un accidente lo tiene cualquiera
-
Esto no es un accidente, señor – le digo
extendiéndole los 300 pesos – este es el precio de pretender ampliar los
límites del arte y dejar de creer en la realidad.
El tipo se ríe con la misma complicidad con la que me dijo antes: “¿qué
es lo que te pasó?”
-
Bueno… - me consuela ahora. – Ya va a pasar…
Le mando luego a Josefina, en fotos por whassap, diez páginas del libro
con esta pregunta: ¿está diciendo lo que está diciendo? Que con Munch es como si el arte se devorase todo;
como si lo humano convirtiera a todo el mundo pictórico anterior (el de lo
divino, en la Ilustración; el del paisaje, en el Romanticismo) en suyo. Y luego
de devorarse todo el ser humano, son sólo formas y colores, ni siquiera lo que
representan, lo cargado de emoción y entonces ya sí: no hay ningún camino de
retorno. El arte y el mundo se han convertido en una misma cosa. Entiendo
entonces que le parece un horror… Que la historia del mundo le parece un horror…
¿o no?
Al rato me llega su voz: “Sí. Claro. Y él sabe muy bien qué es lo que
está diciendo”. Me quedo preocupada al escuchar esto, porque entonces lo había
interpretado bien y lo que sigue lo escucho con el corazón agitado, aprentándome
el labio inferior entre dos dedos mientras en la otra mano dejo quieto el blem
con una gamuza arriba del gatillo. “Hay un texto de Focault, Las palabras y las
cosas…”, sigue: “que no sé si hayas leído…”. Y entonces lo recuerdo… Leído. Descubierto.
Estudiado. Enseñado. Militado. Olvidado. Y ahora redescubierto desde otra
mirada. Y ella dice que lo interesante sería pensar desde qué lugar fueron
pensados estos quiebres..
Esta idea de Focault de cepillar a contrapelo el lenguaje tal como es
hablado, los seres naturales tal como son percibidos y reunidos, los cambios tal
como son practicados para descubrir el orden y las modalidades tal como han sido puestas y enhebradas al
tiempo y al espacio para formar el pedestal afirmado de los conocimientos tal
como se despliegan y narran en las diferentes formas: gramática, historia
natural, biología, economía política; esta idea de buscar en la catacumba de
los saberes hasta desenterrar qué condiciones reales dieron lugar a la episteme
que luego se enterró, como un denominador que estructura todas las cosas; esta
idea de cavar hasta hacer visible la episteme para desactivar la naturalidad de
todo lo que pasa sobre el lomo de la Tierra y a raíz de ella; esta idea ya no
me maravilla tanto. Porque ya me contaron de demasiadas formas el chiste; de
tantas, que hasta empiezo a pensar que esa sea la episteme y no la búsqueda…
que sean los ganadores de este tiempo y porque ya no me maravilla tanto cómo se
tiran abajo las cosas sino como se construyen las nuevas; las que no tienen
palabras todavía; las que no están dentro del lenguaje y están a salvo de
nosotros.
Me suelto el labio, apoyo torpemente el blem sobre la biblioteca como si
fuera un vaso sobre la barra de un bar de madrugada y me cuelgo la gamuza al hombro como hacían con la rejilla los
mozos del bar Británico en San Telmo.
Caliente, le grito al mundo, sin que ese grito tenga ningún eco: “¿Vamos
a seguir la vida entera hablando con Focault? ¡Que lo parió…! ¡Yo renuncio! Llamenmé en otro tiempo;
en otra época histórica… Cuando esto ya haya pasado… No sé… cuando hasta el
sistema de cobro de multas de la muni de General Pueyrredón o la muerte realmente
hayan entrado en el lenguaje conceptual. O cuando hayamos dejado de creer que
Focault y el padre de esta criatura de pensamiento: Nietzsche y todos sus
secuaces -comunicadores e interpretadores dentro de los que me incluyo- somos
los valientes buscadores del tesoro escondido, profesando la estupidez de que
todo es relativo como lugar de búsqueda en vez de asumir que es “el cómodo
lugar ya encontrado, ya conquistado, ya triunfado” no quiero hablar más.
Ya basta de tanta desintegración… Ya basta de andar requisando las
epistemes… basta de cuerpos muertos que nadie sabe cómo murieron; cuál fue el
puñal que los atravesó Ya basta de documentales de cocina sin las vacas sobre
las que se cocina. Basta de la referencia sin el hecho. Y del vacío de nexo
como lugar pautado para la interpretación. Ya basta del mundo de las ideas:
sacrosantas o malditas; serias e investidas o irónicas y gestuales. Basta,
gente. Acción. Materia. Conexión. Entre la energía y la densidad, que eso nos
define como seres, que ahora podemos estar hablando pavadas. Conexión. Entre el
cuerpo, el alma y la mente. Entre el tiempo y el espacio. Entre el ser y la
nada. Punto de vista y de apoyo. Posición. Que acá las multas no se pagan con
ideas relativas sobre la verdad, ni repensando con la curadora, el almacenero y
la chica de tránsito cómo ser sujetos sujetados nos agobia”. Ese museo yo creo
que ya fue. Ese discurso yo creo que ya fue. Esa episteme suspicaz para mí ya
fue. Y no tiro los naipes para saber qué es lo que viene, pero tampoco me creo
una búsqueda cuando ya sabemos donde estamos escondidos.
La muerte del padre…
No está mal ese nombre, ¿eh?
Volver a existir como seres salvajes que se hacen cargo de algo.
Dejar de dialogar y cepillar a contrapelo. Dejar de despeinar el mundo a
propósito que esta selfie no la va a mirar nadie; no la va a mirar el ser nuevo
y lo más probable es que nos pasemos el tiempo real, concreto y multable posando…
Todo bien con Focault, todo bien con Nietzsche… Creo que, como diría el
General, aunque a veces se les va un poco la mano, son buenos muchachos. Y son
como los padres… hicieron lo que pudieron… Pero lo que digo es: si bien es
increíble conocerlos; si bien es maravilloso poder pensar al mundo con toda la
desconfianza que se merece; si bien es revolucionario ir a buscar a los
perdedores de las guerras que se libraron para saber cuál hubiera sido el saber
que tendríamos si ellos no hubieran perdido, llega un punto en que lo que digo
es: ¿cuánto más?
¿cuándo dejamos de diseccionar el todo adentro del lenguaje y comenzamos
a comunicarnos de verdad?
Y ¿qué es lo que no comparto con Karl Ove? ¿El análisis?
No, el análisis no. El análisis está bien; es ese. Ya no importa el mundo de afuera y el querer acercarse a ese mundo desconocido, atraparlo, alcanza con el hecho artístico; con el gesto y el sentimiento para todo…
Tampoco me distancia su observación de que la referencia ha cobrado el lugar del sentido y aquello a lo que aludía ya no es más... Aunque lo cierto es que el arte contemporáneo me gusta; que el mensaje, el concepto se haya convertido en arte, pero debo reconocer que a los quince años conocí Nueva York y visité dos museos: el Moma y el Metropolitan Art Museum... Y no fueron las obras conceptuales, precisamente, de las que me acuerdo... Fueron los lirios de Van Gogh; fue Monet. Fueron los trazos desprolijos, las pinceladas cargadas, lo emocional en referencia lineal, sin firulete, a aquello que existe y les provocó emoción y trabajo lo que me estacionó un largo rato en esas salas; lo que me hizo llorar, temblar, probar ángulos de distintos grados para ver si la emoción se disipaba; lo que hizo que al llegar a una distancia no permitida y sin querer queriendo, preocupara a la vigilancia de la sala, que se acercó a decirme a una distancia tampoco prudencial que así tan cerca no se podía estar de la obra...
Pero entonces creo, ahora sí, que mi diferencia con Karl Ove consiste en dos cosas: una, que el arte al que él hace
mención a mí personalmente no me gusta. Y en materia de arte (a diferencia de las otras ciencias) tenemos guionado el permitido de decir si nos gusta o no; así que puedo decirles que los googlé y son cuadros
oscuros de mares feroces… lúgubres, imágenes entre tinieblas…
La segunda diferencia es que se me ocurre ya obsoleto quedarnos ahí; en esa mención; en ese análisis del todo que se vuelve conservador, transparente... Yo deseo de los artistas: los escritores, los visuales, no importa, la búsqueda... la juventud. La juventud eterna, a pesar de los años.
Y por último, que en estas tierras escuchamos a Spinetta. Creo que es eso
lo que le voy a decir mañana a Josefina. Que escuchemos más a Spinetta. Y eso
es todo lo que tengo para decir por hoy: mañana es mejor.
https://www.youtube.com/watch?v=xP6OnWcL6UQ
Cantata de puentes amarillos
Todo camino puede andar,
todo
puede andar...
Con esta
sangre alrededor,
no sé que
puedo yo mirar...
la sangre
ríe idiota,
como esta
canción,
y ¿ante
quién?
Ensucien
sus manos como siempre...
relojes
se pudren en sus mentes ya...
y en el
mar, naufragó...
una balsa
que nunca zarpó...
mar aquí,
mar allá...
En un
momento vas a ver,
que ya es
la hora de volver...
pero
trayendo a casa,
todo
aquel fulgor...
y ¿para
quién?
Las almas
repudian todo encierro...
las
cruces dejaron de llover...
Sube al
taxi nena...
los
hombres te miran,
te
quieren tomar...
Ojo el
ramo nena...
las
flores se caen,
tenés que
parar...
Vi la
sortija,
muriendo
en el carrousell,
vi tantos
monos, nidos,
platos de
café,
platos de
café...
Guarda el
hilo nena...
guarden
bien tus manos...
esta
libertad...
Ya no
poses nena,
todo eso
es en vano,
como no
dormir...
Aunque me
fuercen,
yo nunca
voy a decir,
que todo
tiempo por pasado fue mejor...
¡mañana
es mejor!
Aquellas
sombras del camino azul...
¿dónde
están?
Yo las
comparo con cipreses que vi,
solo en
sueños...
y las
muñecas tan sangrantes están,
de
llorar...
Yo te amo
tanto,
que no
puedo despertarme sin amar...
y te amo
tanto,
que no
puedo despertarme sin amar...
¡No!
nunca la abandones, ¡no!
puentes
amarillos,
mira el
pájaro...
se muere
en su jaula...
¡No!
puentes amarillos,
se muere
en su jaula...
mira el
pájaro,
puentes
amarillos...
hoy te
amo ya,
y ya es
mañana...
¡Mañana!
¡Mañana!
¡Mañana!