miércoles, 31 de mayo de 2017

Indigos


variedades más oscuras y profundas del azul,
la transición al lila
el arcoíris
el barrido de los ojos que no ven, del corazón que no siente
el tinte más antiguo en tintura textil
la textura
el mediterráneo
un viaje por la Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma, Bretaña prehistórica, Mesoamérica, Perú, África, Irán
la conservación de las momias
la velas del barco del faraón
un corte en sarga al Nilo
el Nobel de Bayeuv
el primer denim francés
la eliminación del temor
la meditación
el oxígeno
el tercer ojo
la percepción espiritual
la intuición
la inspiración profunda
la separación de la realidad gastada
la candidez
la ternura
el equilibrio entre mente y corazón
la expansión de la conciencia
la comprensión mayor
la inducción al sueño
la recuperación del sueño
el camino
                                                                                     (a mi hijo, Juan; a mi abuelo, Floreal)

viernes, 26 de mayo de 2017

El quiebre


Punto número uno: voy a decepcionar a los lectores de este blog, aunque ya creo haberlo hecho. No voy a cumplir con la promesa de escribir todos-todos los días porque no quiero. Porque no soy César Aira; porque no me gusta cumplir cuando no siento las cosas y porque puede ser que en el momento en que haya promulgado esa promesa no estuviera en el mismo estadio de conciencia que en el que estoy ahora… Y al cabo de veintipico de días ya estoy notando que no tiene sentido el propósito original; lo que no quiere decir que no haya aquí ningún propósito o sentido; sencillamente estoy diciendo que ya no estoy de acuerdo con esa idea.
Yo no creo que sea bueno escribir todos los días. Ni creo que sea bueno trabajar todos los días ni creo que nada sea tan bueno como para hacerlo todos los días salvo aquellas acciones tendientes a satisfacer ciertas necesidades básicas: dormir, tomar agua, bañarse, comer, etc. Aunque también creo que sería bueno todos los días amar y sonreír. Agradecer y respirar conscientemente. Decaparse un poco el ego; saludar a alguien y charlar tres minutos, leer o dejarse levemente influenciar por algo lindo o constructivo.
Yo no soy de la gente a la que le sale obligarse a cosas porque más temprano que tarde no me funciona. No me funciono a mí misma.
No creo que sea bueno escribir todos los días porque no creo que todos los días uno tenga algo que decir. Aunque sí es verdad que por deformación de la civilización casi todos los días nos vemos obligados a hablar como si por eso estuviéramos comunicándonos.
Yo creo que es un problema que los diarios salgan todos los días. Que tengan que salir sí o sí, porque parecería –a quién le parecería no sé, pero el imaginario colectivo ya absorbió, entre tantas cosas que no le hacen bien, la idea de que los periódicos salgan diariamente- que es bochornoso que el periodismo no tenga nada para decir. Y, sin embargo, yo lo encuentro tan saludable… que se callen un poco… La libertad de expresión está sobrevalorada sobre todo cuando está entendida como está entendida y manipulada por el poder como está manipulada.
Yo prefiero hablar cuando tengo algo para decir y no por ejemplo ahora que, sencillamente, sólo estoy dando explicaciones que nadie me pidió pero que, de todos modos, me parecen más dignas que salir a narrar textos hiperrealistas; contar historias para llenar el lugar o ficcionalizar mi vida.
Leo a Karl Ove Knousgard –de ahora en adelante KON- y me pregunto: ¿qué sentido tendrá que cuente el atuendo de dos pibes que se encuentra en el aeropuerto y con los que no habla ni se relaciona mientras espera abordar el avión que lo llevará a encontrarse con su hermano para ir al entierro de su padre cuando esos dos jóvenes no vienen a cuento de nada?
La mayoría de las veces siento que a la mayoría de las novelas/ ensayos/poesías/manuales les sobran muchas páginas…. Y no es joda: son árboles que caen. Y no solamente árboles que caen sino también palabras, pensamiento, metáforas e imágenes que embarullan la claridad de la conciencia.
¿Por qué no ser más austeros; más medidos; menos realistas y menos escatológicos? No necesitamos saber cómo van al baño todos los escritores del planeta Tierra porque además es muy probable que no sean allí demasiado creativos… Creo que estoy librando internamente algunas cruzadas.
La primera es contra los detalles sobreentendidos como acercamiento con el lector. No tengo muy muy en claro porqué este disgusto con ellos, pero tengo algunas sospechas: a) porque no me interesa estar taaaaannn cerca con “el lector” cuando, la mayoría de las veces, no tengo ni idea de quién es. b) porque en la relación con la gente la distancia me parece un punto muy importante: es aire, es perspectiva; no es poca cosa. c) porque creo que en este mundo de la sobreabundancia: de álbumes de millones de fotos; del fast food; fast fashion; la falta de límites entre el territorios de lo público y lo privado; la relación metonímica que nos hace pensar que el ego de la persona o la carrera de la persona es la persona, cuanto menos sobrecarguemos el mundo, mejor.
La segunda es que me alcanza suficiente con respirar el mismo aire que tantos extraños; que tener, como los otros, las mismas inscripciones: el DNI, la ley, la fe occidental, las tapas de los diarios, las planillas de AFIP. Me alcanza vivir al mismo tiempo (aunque no siempre al mismo ritmo). Me alcanza y me sobra con eso.
La tercera es que… me gusta leer a KON, ¿no? Me gusta y me gustan sus detalles como también me gusta leer a Saer, aunque preferiría que muchos otros escritores no me entraran en tantos detalles… Pero, yo digo: ¿es necesario que me ponga a contarles mi día tras día? ¿Los detalles y la crónica diaria es el concepto que tenemos de intimidad? ¿Es necesaria tanta intimidad mal entendida? ¿Para qué? Pienso en KON y pienso en su mujer, en sus hijos… Siento que hay zonas de nuestra existencia que es miserable exponer a la luz de todos. Y no porque sean miserables. Capaz, sean maravillosos… Pero no me gustan ese tipo de escritores que ponen como bien supremo su obra, cagándose en su vida y la de todos los demás que la sostienen… Sin pensar cuánto pesan las palabras dichas y cuánto mejor es a veces parar de hablar y sencillamente mirar. Aunque de esa mirada no queden rastros. El ego que pretende trascender a la persona y llevarla a otro tiempo; el ego que deja las costas a los hijos… el ego por la falta de amor propio… eso es de lo que desconfío. Del ego. Y de una época de tanta narración sobre todo y de tanto metalenguajes. “Cada cosa debe mantenerse en su propia esencia” había dicho Leonardo Da Vinci. Y San Martín lo dijo así: “serás lo que debas ser o no serás nada”. Ser. Es un poco eso de lo que estoy hablando, lo que estoy buscando, lo que me interesa. Y de lo que me interesa hablar con alguien.
Y si deseo hablar desde ahí cuento más de mí y más de hoy si escribo esta idea: faltan espacios. Para pensar, para dudar, para meditar, para desear encontrar, para inventar, para imaginar, para crear.
Conformensé: no voy a desnudarme en pleno invierno.


domingo, 21 de mayo de 2017

Ensalada rusa a la italiana


Hoy abro el facebook y veo esta noticia posteada por la esposa de Massimo Bottura:
Yo sé que en este país que no tiene temple, esto puede confundirse con las subastas benéficas de Susanita; y que yo aclare lo que voy a aclarar ahora, con aquella nota en la revista Barcelona que era una supuesta entrevista que le hacían a EQPLVEN -El Que Prendió La Bengala En Cromagnon- en la que el tipo se defendía diciendo que él no era un violento; que el violento era el sistema y él era sólo un emergente social… y pienso que, decir esto acá, en este lugar del mundo aparentemente siempre amenazado con caer por el precipicio, donde cualquier enunciado es entendido o como un cinismo o como un chiste –porque en esas bipolaridades vivimos- queda mal e incluso puedo quedarme corta con esas dos referencias… pero a mí me gusta esta creación de Massimo Bottura y me da ganas de compartirla.
Y que si bien por un lado tengo ese pensamiento: ¿es necesario llegar a esto? Que los supermercados donen sus desperdicios para los pobres como si el mundo Susanita hubiera cobrado vida y encima nos ponemos contentos… él es el mejor chef del mundo; es un incansable, un entusiasta y un tipo vive como un niño, con esa falta de pereza y esa curiosidad; que sale a jugar, a empatizar con el mundo al que lleva su talento y entonces no pienso mal de esta empresa de remo a contracorriente, a pesar de ciertos detalles como la donación de Rockefeller.
El mundo (pensado desde el poder) es lo que es: esa porquería clasista, mercantilizada; rehén del fast fashion, malversador de la naturaleza y garante de la pobreza. Pero en este mundo de mierda todos nos levantamos con las mismas tapas de los diarios… y hay gente que le sacude las migas a los policiales y dá vuelta la página y sigue leyendo mientras embucha la segunda tostada… Entonces, que en este mundo, haya un tipo sensible como Massimo Bottura, con el talento disciplinar que tiene en gastronomía; con la poca necesidad de meterse en más problemas y con tanta alegría y polenta haga esto: elija abrir –en todos los lugares posibles- estos reffetorios, a mí me parece una buena noticia. Una forma de exhibir que es imposible la pobreza si quisiéramos. O, mejor dicho: que podríamos vivir mejor, más en paz, más organizadamente, si pensáramos con empatía y energía creadora. Estamos a cien años de la revolución rusa y su lema: paz, pan y poder al pueblo. Y yo creo más en esta clase de revoluciones que en las otras, las políticas y militares. Creo en la revolución de la conciencia, de la sociedad, del arte, de la creación, del entendimiento. 

Exposición


Entre las cuatro paredes observé los fragmentos. No supe al salir si entender el conjunto o quedarme con algo. De mí también dudé. No supe si había algo para entender o sentir y cuál de los fragmentos debí haber sentido más.

Temí por los cimientos de la pared que me sostenía.
Percibí el sol y el olor del verano, el calor del abrazo en el invierno que viene.
La velocidad del aire, de la sangre y del latir. El silencio mal cubierto.
Las preguntas sin dirección postal a la que llegar.
Sus dedos y los míos, el roce.
La corrección, mía, lamentablemente siempre.
La necesidad de distancia. La postergación del beso.

Vi, en frente, la simpleza, la claridad, la calidez, la seguridad.
Cualquier barrido inútil que volví siempre al mismo punto de observación.
La curiosidad, la necesidad, el deseo.
Los párpados cuando caen como baja el sol.
La sonrisa, el encuentro con lo buscado.
El latir. El venir. La falta de oportunidad y de estimación.

Vi en la tercer pared el sigilo al mirar.
La sospecha, el enjuiciamiento preventivo, la búsqueda y previsión;
La necesidad de que no haya ningún fuera de campo.
El olfato del peligro sin poder encontrar el origen preciso.
La estabilidad. La contundencia del elemento moldeado.

La cuarta pared estaba vacía.
O algo había; algo que buscaba parecer la nada.

Crucé la arcada hacia afuera y el piso crujió.
Me entregué a la noche y las luces de la calle.
El aire fresco de otoño me daba de lleno y encontré la oportunidad de respirar.
Desde lejos vi al sol quieto, que permanecía de pie.

Y doblé en la esquina. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

Meridianos


Llego ahora a la facultad donde trabajo
la mañana está apenas fría y con sol
y mientras busco lugar para estacionar
me sorprende en la radio una canción que me encanta:

"hoy me siento muy bien conmigo
hoy quisiera tener testigos
que divulguen que hay alguien perdido
encontrándose.
Perdiendo el control
oh oh oh oh".

Miguel Mateos.
El hombre que hizo uno de los discos más vendidos del rock nacional y nadie lo sabe.
Lo fui a ver al teatro hace años, con un cómplice, en medio de gente que no se correspondía con mi edad.
Siempre me sentí un poco fuera de foco, sacaran la foto donde la sacaran.
Creo que éramos: él, Alan Pauls, yo, mi cómplice y otro par de vintage fans.

Y él estuvo muy bien... con su verdad en los albores de otro tiempo.
Pero, ¿quién lo sabe?
¿Qué importa si brilló?
Y quizás ese sea su mejor verdad:
la de ser el hombre eclipsado.

lunes, 15 de mayo de 2017

Revelación de un mundo


La vida, el mundo es...
sencillamente: una madeja.
A ese abrigo
A ese enredo
estamos expuestos.

La comunicación es,
en el más lúcido de los casos,
sólo una ironía,
un chiste al respecto de las imposibilidades.


domingo, 14 de mayo de 2017

Una experiencia de vuelo


En el final de un mundo
                                       hay otro…
donde la oscuridad tiene cierta redondez.
La luz tiene un estado mágico
El espacio, una dimensión acústica y sensorial
La verdad, fugaces, sutiles apariciones.

Es casi lo mismo que se abra o se cierre el telón; una breve interrupción mientras se acomodan objetos…

Ahora, las cosas hacen lo que quieren… la tragedia tiene música y danza; el relato, un final feliz. 
Y no es necesario pensar en el hábitat. Too está suelo en la nada y el todo es, apenas, un juego de relativa asociación; un artificio de unión, un guiño cómplice.
El temor desaparece absorbido por ese fondo espeso, contundente, obvio y suave. El miedo a la oscuridad, a la inmensidad del mar, es tan evidente… que desaparece.

El agua es un cordón; un bote amarillo flúo por encima del cordón, la posibilidad de navegar… la supervivencia. Debajo, el mundo subacuático de cardúmenes, hipocampos y pulpos nadan una felicidad distinta y más graciosa que la de aquel que trabaja sobre estos, remándola metro a metro, tramo a tramo y cree que maneja el mundo en el dominio de esos remos.

Soy un poco lo que veo delante de mí;
no el de la voluntad de conquista… sino más bien… un pez. 
O una bailarina encantada con las luces y sonidos y los peces de colores en los pies, 
a quien no le importan ni Fausto ni el diablo; 
ni el alma, ni la psicología, ni la política, ni la historia.

Nado o bailo
sobre la oscuridad insondable y aterciopelada del mundo,
en una cajita de madera que se cierra con un telón.

En el intervalo prenden la luz y reaparecen: el palco, las butacas de cuero marrón; los parlantes y las gigantes dimensiones de una plática dorada y contemporánea. Algunos tosen o salen al baño. Alguien cruza un pasillo. Alguien vende caramelos. Juan me devuelve a este mundo con su pregunta: “¿ahora va a tocar Pedro Aznar?”, recordando que a este teatro ha venido; que ya lo conoce, que lo reconoce y es el mismo en el que, en enero, tocó Pedro Aznar.

Y yo creo que no…. Que cada evento, que cada momento, rehacen al teatro. 
Aunque no parezca. Y al rato vuelve a apagarse la luz.


Teatro Negro de Praga, Las aventuras de Fausto. Teatro Radio City. Domingo 13 de mayo, 18 hs.

Reapariciones del amor


Me quedan más resabios de vos en un sueño
y aparecés otra vez en el día

Tus fotos, tus ideas no concretadas, tus periplos
me han llenado la mañana
Tus miedos, tu reflexión, tus ensayos
me han llenado de ternura y paz

Trato de atravesar las máscaras
y la distancia que tenemos cada uno de nosotros
hasta de nosotros mismos
De suspender todo lo que vino después 
para llegar al día en que me enamoré de vos

La pelota picó en el metegol
y voló por encima de la cancha
picó en mi dedo,
rodó al piso
se escabulló por algún sitio...

Y mientras los demás buscaban
y yo lloraba y apretaba mi dedo
vos viniste a mí.
Te paraste muy cerca, me miraste a los ojos,
abriste mi mano que estaba cerrada
porque querías ver si sangraba
y la sostuviste en la tuya.
Entonces el dolor pasó.

Luego volviste al juego,
ajeno a la belleza que me habías dejado
Y pasaron los años,
las ciudades
las historias
y yo guardé para siempre este secreto
que ahora, treinta años más tarde,
no me animo tampoco a contarte.

Te abrazo y vos a mí
porque nos separan las obligaciones
Cruzo la calle de la vieja esquina a la del restorán de madera oscura y manteles blancos
La ínfima lluvia del otoño vaporiza el día gris.
Tengo perlas en el pelo ondulado,
la estela de una sonrisa al costado de los ojos
y el rouge gastado en el espejo del auto
Respiro hondo y me veo…

El otoño avanza ahora en la misma ciudad para los dos.
Dicen que es la estación en que se pierde el ropaje
y quedamos desnudos.
Sé que me quedan algunas hojas por tirar todavía
y sigo el camino de vuelta hacia mi centro
mientras llega el momento de encontrarte otra vez  
y yo respiro feliz el presente tal como es

viernes, 12 de mayo de 2017

La sastrería


Volvamos al corte…
Mi abuelo era sastre.  
Y supongo que allí, aquí, en su sastrería yo aprendí más de lo que creo y menos de lo que me hubiese gustado.
Es tarde cuando le pregunto a mi hermana,” ¿por qué no le presté más atención? Me hubiera gustado aprender ese ejercicio: el de saber constituir con un solo lienzo un lugar…”. Cuando me asolan esas preguntas, mi hermana se queda muda.
-          Bueno, éramos chicas… Nos gustaba dibujar con tiza en la pared…
Las tizas eran blancas, eran planas y no escribían bien… las paredes estaban recubiertas con un machimbre y nosotras hacíamos mundos sobre esa madera. En ese pequeño lugar, su taller, que entonces me parecía gigante, mi abuelo cortaba con una tijera gigante el paño, el tweed, tosía de a ratos, masticaba cuando la tijera cerraba como si en vez de cortar la tela la mordiera y, luego, con la paciencia de un buddha hilvanaba; se ponía en la punta de sus dedos unos dedales con techo y de pie, contra la alta barra de madera, planchaba y construía con precisión la segunda y elegante piel de algunos hombres de antes.
Cuando hacía sus recreos en verano, dormía la siesta; su habitación, por la tarde, quedaba del lado de la casa por donde el sol ya había pasado. En invierno, venía a la cocina. Tomaba la merienda con nosotras, nos enseñaba a leer y a escribir –a pesar de tener sólo hasta sexto grado cursado- y sostenía una madeja nueva de lana que mi abuela iba desenvolviéndole para armar una pelota gigante de lana con la que comenzaría a tejer y que nosotras mirábamos pensando en alguna otra aventura.
Era increíble su paciencia para todo, para todos sus nietos. Su paciencia con las cosas, los tejidos de mi abuela y su forma de enseñar. Nosotras, que vivíamos al lado, nos refugiábamos allí todas las tardes, cruzando de una casa a la otra como pasándonos al lado de los buenos.
Pienso en mi abuelo y en tantas cosas que me hubiera gustado aprender de él, incluida esa paciencia…
Y entiendo que algo en mí de él ha quedado en el oficio de editar y ojalá en algunos otros lugares. Siento que ahora escribo sin tanto miedo al género que se me vaya poniendo en frente; con una soltura de horas de haber pasado la tijera y tantas horas de coser…
Y siento que cada vez me interesan menos las clasificaciones de la escritura y de todo. Que me parece, querer saber o decir sabiendo qué se está diciendo o hacia dónde se va, un gesto torpe, regresivo. Que yo quiero no saber nada de antemano. Quiero vivir con la edad de la infancia por encima de las otras. Mirar con esa curiosidad, someter todo a cuestionamiento, creer, en algo, aunque mañana no me importe o no le recuerde pero haya en ese momento fe, fe total y ciega. Escribir más honestamente; más como se vive, como se puede, como sale. Confiando en que hay algo que sé; que ha quedado en mí de aquel oficio.
Cuando se corta y se une un fragmento con otro hay algo de uno en esas uniones. En el armado de un conjunto, se arma un sentido, un estilo, un lugar, una piel.
Muchas veces miro con cierta perspectiva este hacer así y lo veo con cierto desdén, como un pachwear. Lo veo y no me gusta. Armar un pachwear para la nieta de un sastre no es un orgullo. Siempre siento mucha más admiración por la contundencia del corte de un solo lienzo, de un solo género, por la capacidad de dar forma en tres dimensiones a una sola cosa. Me parece algo maravilloso. Tal vez por eso me gusten tanto la arquitectura y el diseño de indumentaria. Los considero juegos creativos de otra dimensión.
Sin embargo, hay quienes han sabido hacer de este único plano -poniendo tinta sobre papel-
una vuelta al mundo; han sabido construir universos enteros fantásticos, góticos, maravillosos… Yo no lo sé. Coso retazos y me pregunto si alguna vez tendré la sabiduría y el entendimiento de cortar y unir en una sola tela. Hacer en un mismo lienzo de principio a fin. Un lugar de un único color, cuya única versatilidad consista en la flexión y no en los fragmentos. Que me sienta justo y sin arrugas; que tenga el charm depurado de los trajes de mi abuelo.
Los sastres han desaparecido casi todos y las sastrerías también. La de mi abuelo es ahora el lavadero de mi casa que no logra tomar forma de nada… que está como un lugar donde me encuentro sutilmente con su presencia y su cariño. No sé qué hacer aún en ese lugar. Mientras tanto lavo ropa. Abro la máquina de lavar y tironeo un poco de las prendas enredadas, de los fragmentos hasta que se vuelven pequeñas piezas arrugadas que sacudo y puedo colgar.
Juan viene caminando con el centímetro colgado, apoyado en la nuca, como una bufanda abierta.
-          ¿Qué es esto?- me pregunta, con un tono risueñamente musical
-          Un metro, Juan. Algo que usaba el papá del abubo para tomar medidas…
-          El papá del abubo…. –repite.
-          Hacía ropa de hombres. Tenía un oficio que ya no existe más.
Y él mira los números inscritos en la tira de plástico blanca y amarilla.
Se ríe.



jueves, 11 de mayo de 2017

Los siglos y los verbos



Y es cierto que el mundo con el correr del tiempo –lineal; a ese me refiero- se ha vuelto más chico. Es una idea sobre la que ensayó Karl Ove Kausgard pero que la hemos sentido todos…. Con un click estar en el rock noruego o una traducción del castellano al alemán. Conocer de una marca portuguesa de vinos o acceder a la vida de la infancia en una ciudad de Japón. El mundo se ha vuelto, al parecer, un lugar sin sorpresa. Donde todo está medianamente al alcance de la mano; donde parecería que algunos verbos no cumplen ninguna función o sí: la de hablar del pasado.
Así, descubrir o conquistar resuenan en el siglo XV y Galileo Galilei podría haberle puesto el verbo al siglo XVI: imaginar –y percibir–. Al siglo XVII mejor lo definirían las artes y la cultura y su virtud: renacer. El siglo XVIII tendría el nombre progresar. Hablando del siglo XIX habría dos verbos para su definición: ordenar y clasificar. Y al siglo XX le elegiría este verbo por un don, aunque ha tenido varios y otros pasos en contra: revolucionar. Alcanza para este siglo con pensar en el rock. En Einstein. Y en Jung. Aunque el impacto de este último empecemos a descubrirlo recién ahora, en términos más colectivos.
Si ensayo un verbo para el ahora, para este siglo XXI, que en verdad recién comienza, pienso que el verbo que vamos a tener que desarrollar es: Integrar. Tomar responsabilidad por los sucesos que pensamos ajenos. Tomar responsabilidad por los otros, por los hechos, como producciones humanas, por la Naturaleza como un todo al que respondemos nosotros también. Dejar de pensar que algo de lo que ocurre allí afuera no tiene nada que ver con nosotros. Y no me refiero a seguir manteniendo el mismo punto de vista que le critiqué a Niestzche y a Focault de incorporar todo como lenguaje. Porque no estoy de acuerdo con que sea un paso asertivo tragarnos todo en la mera racionalidad –el lenguaje-. Estoy hablando de intuir, visualizar, empatizar. No sentirnos diferentes de ninguno de los elementos que aparecen en el teatro que llamamos realidad.
No se trata ya de sospechar de la misma –sospecha que ya está remanida; contada en demasiados lenguajes: el del arte y el de la ciencias sociales–; se trata, pienso, de dejar de temer. De afrontar que hemos trabajado tanto para cubrirnos del peligro que hemos enfermado de miedo y que si no tomamos conciencia de cómo nos hemos acostumbrado a vivir con el miedo sobre nosotros, el miedo como principal consejero, no creo que salgamos vivos de aquí. Tampoco creo que el punto sea hacer frente al miedo; porque siempre hemos sabido salir a la intemperie con gestos temerarios a demostrarle a la Naturaleza –incluidos a nosotros mismos como parte de ella– que somos la raza superior, el factor dominante. O que no tenemos miedo. Pero estamos rotos...
Estamos rotos en tanto no tenemos ninguna noción del otro como parte propia. En tanto todo lo que creemos que no somos nosotros nos asusta. Tememos todo el día. Tememos por las redes. Tememos por el futuro. Tememos en la tapa de los diarios. Tememos en las presidencias de las naciones. Tememos a morir. Tememos a enfermar. Tememos a que nos saquen lo que creemos que es nuestro. Tememos como los animales más aturdidos de la naturaleza. Y si ese supuesto de que somos más luz que las otras especies;  conciencia –a diferencia de estas– no nos sirve para iluminar la sombra no tendremos paz.
Lo que pienso es: no importa dónde estemos. De qué bando seamos en el mundo. Porque esta idea de separación es lo que discuto. Por medio de la tecnología hemos podido, casi, simplificar las categorías tiempo/espacio y pensarlas como una tontería, una variable casi inexistente –cuánto más estúpida se vuelve la frase de Descartes: pienso, luego existo-, pero además –o a raíz de esto, de la tecnología allí: mediando el mundo; apropiándose del vértice en el cual coinciden estas dos perpendiculares– ya no importa de qué país estemos hablando, las ideas que nos estructuran son las mismas. Las ideas de occidente que ganaron en las guerras del siglo XX nos condicionaron a todos. Y ahora… lo importante es salir.
Y debería haber algún momento en que nos entre esta ficha de que hacer una guerra o una ley pensando en destruir el universo del otro no existe sin la destrucción de uno mismo… Y no hay ningún problema con que exista tanta gente con tan poco amor propio que crea que lo mejor que puede hacer en esta vida es la muerte, pero mi consejo a estas personas es: integrensé, muchachos. No conduzcan países sino una legión de suicidas. El universo, que es tan basto (sigue siéndolo) les prestará algún precipicio, si les hace falta, pero sin guiones de cuarta, sin utilería, sin fundamentos miserables, sin armas de destrucción masiva; sin cómplices.
Creo que algunos problemas se arreglan en los consultorios de analistas que en la presidencia de las naciones, que no es el lugar donde se arreglan los problemas de autoestima de la gente. Normalmente, se profundizan.Y para nosotros cabe pensar porqué hacemos eso: porqué ponemos allí los instrumentos que nos matan. Y no me vengan con quién votó a quién porque yo tampoco voté esto pero eso tampoco importa. Si alguien viene y tira pintura negra en el piso queda pintado y acá caminamos todos. Me preocupa la poca afrontación que hacemos de nosotros mismos y la tanta confrontación que hacemos de los demás. ¿Tan poca oscuridad creemos que tenemos cuando miramos afuera y nos asustamos? ¿No es también perverso darle un lugar al monstruo y después decir que de dónde salió y cómo llegamos aquí? ¿Y nosotros? Somos Ziggy Stardust, el marciano heroico que viene a salvar el mundo. ¿Y el otro? Simon. "Simon says". Por eso nos tocamos la nariz, los pies y los codos. Por eso matamos. Por eso hacemos lo que hacemos.
Simon told me that he doesn`t exist.
Sorry, kids.



martes, 9 de mayo de 2017

Fullmoon - Silencio


Y no sé atribuir a qué este estado así, tan melancólico, de cierta tristeza, luego de un gran tiempo en el que no se hacía presente. Y aunque sé cuánto pueda haber influenciado la debilidad que deja una viral en el estómago, yo no suelo creerme así nomás las enfermedades. 
Deambulo en la casa como un fantasma los ratos en los que no estoy durmiendo... Juan se ha ido al jardín y a jugar a lo de un amigo. Reverencias a la madre del amigo que me dejó estar conmigo, o la parte de mí que quedó. Mientras duermo, medito, leo y me recupero, busco el libro de los dones. 
"Silencio" de Thich Nah Han. Releo desde cualquier lugar... y tomo esto: 
"Reconoce el sufrimiento. Muchas de mis enseñanzas están concebidas para ayudar a la gente a reconoer su sufrimeinto, a aceptarlo y a transformalo. Lo cual en sí es todo un arte. Debes ser capaz de sonreírle a tu sufrimiento con serenidad, del mismo modo en que le sonríes al barro, proque sabes que solo cuando dispones de barro y le sabes dar un buen uso crecerán flores de loto en él. El dolor es inevitable. Está en todas partes. Además del sufrimiento indiviudal y el sufrimiento colectivo como seres humanos, también existe el sufrimiento desencadenado por la naturaleza". 
Se hace de noche y miro al cielo. 
"Ahí estás... ", le digo. "Sos vos... Me había olvidado de tu incidencia en mis estados".
En la noche de mediados de mayo que empieza a ser fresca; sobre un viento suave y los sonidos de la noche cruzo la calle y me meto en casa. 
Siempre tiene esta influencia la luna llena en mí. Me pone en cierta forma más sensible y melancólica. Suelo en estos días tomar el libro de Pinkolla Estés, pero hoy no tengo fuerza ni siquiera para asumir una condición, mucho menos salvaje. 

Por primera vez pienso, al otro lado del vidrio, dejándome incidir, prestándome a su impacto...: ¿cómo se sentirá la luna cuando está llena?

lunes, 8 de mayo de 2017

El espacio infinito





Tajos
Perforaciones
Aberturas
Incisiones
Decisiones estéticas que dejan drenar, decantar lo que sobra.
Filtro caprichoso que deja pasar, al otro lugar, lo mismo que había en este.
Decisiones que punzan en el lienzo como espacio único; único lugar que se transforma ahora en otro.

Mientras haya vida habrá sangre y habrá agua.
Transpiración, saliva, lágrimas.
Orificios por donde respirar.
Necesidad de lugar.
Pasadizos,
accesos desconocidos.
Ejes que se rajan.
Mallas que necesitan abrir, dejar de tensar.

Percepción mayor, la percepción del otro lado,
La oscuridad, la sombra
que hemos decidido cubrir con tela y color y de pronto él rompe.
El tajo, la herida. La suya y la de todos los demás.

Extraña su herida, de la guerra y de su propia vida
que es, a la vez, su fortuna: su medalla y su camino.

La sospecha
La destrucción
La necesidad de otro territorio, otra página en blanco
El corte
La continuidad de los parques
La clarividencia.

Lucio Fontana
(Rosario, Argentina, 19 de febrero de 1899 – Comobbia, Italia, 7 de septiembre de 1968)

¿Y este texto, por qué? ¿habla de mí? ¿habla de hoy? ¿habla del Tiempo o habla del espacio (es decir: tiene ejes? ¿habla de la Argentina? ¿habla de una continuidad, por extraño que parezca? ¿habla de Lucio Fontana? Las explicaciones, quizás, no importen. 

domingo, 7 de mayo de 2017

Atravesar


De todas las personas con las que me he cruzado, hoy me acuerdo esencialmente de Licia. Licia es una facilitadora de Bioneuroemoción y me regaló una idea que me alivió la vida y que me parece mejor explicitar.
No voy a explicar ahora qué es Bioneuroemoción porque no viene al caso y porque de explicarlo debería hablar también de su creador -Enric Corbera- que es alguien que no me cae muy bien; un gallego que me resulta bastante chanta y simplista -en sus apreciaciones del mundo- aunque “su” método no esté para nada mal. O mejor dicho, lo que no está mal es que el método se haya abierto paso en este mundo y se haya conseguido un transmisor… En este sentido es que no está mal. Pero con lo que no estoy de acuerdo es con que haya elegido a Corbera habiendo en el mundo tanta otra gente…
Corbera, que con su cara redondita se pone tan suspicaz con las vidas ajenas, no se le ha ocurrido -con la misma suspicacia- hacerse esta pregunta… Yo, si fuese él, me la hubiera hecho… Pero como Corbera en esta vida es Corbera y yo soy yo; la hija de la madre que me ha tocado, que no se alarma en absoluto de seguir adscribiendo a las teorías de Lombroso para pensar y definir a las personas, Corbera la junta en pala y monta sus tiendas de gurú ante multitudes y yo sigo acá sospechando del mundo entero y sin testigos… en soledad absoluta, a pesar de contar, como un az en la manga para los malos tiempos de crisis de fe o las malas aproximaciones, con la frase curadora de Caetano Veloso: “visto de cerca, nadie es normal”.
Lo que me pasa es que algo en su cara, en su gesto, en su forma de hablar... Algo en su redondez... no me resulta afín a la idea de sanar. Hay un libro de Massimo Bottura, el mejor chef del mundo según la Guía San Pellegrino 2016, que se llama: "Nunca confíes en un chef italiano flaco" y sin embargo este tipo de enunciaciones siempre me resultan más creíbles que las de quien dice: yo inventé este método; soy el creador de este saber, en un mundo en el que toda novedad seguramente ya ha sido inventada en algún siglo que nos quedó traspapelado. Me parece desconfiable y bastante miserable pensar en esos términos. 
Y aunque el método… Bueno… ya: lo voy a explicar. En breve: se trata de una terapia alternativa de sanación que consiste –a partir de una dolencia, enfermedad o estado de malestar- en la confección del árbol genealógico de la persona consultante; árbol en el que se deben relevar ciertos datos considerados de importancia para averiguar cuál es su proyecto sentido y por tanto cuánto de lo que le pasa a esa persona en la vida está determinado por ese proyecto. ¿Y qué es el proyecto sentido? El sentido con el cual cada ser viene al mundo y que ha sido configurado, proyectado, por su ascendencia en el árbol genealógico (madre y padre, pero también abuelos y bisabuelos) y del que deberá librarse para acceder al punto cero que le corresponde como derecho humano: el de preguntarse quién es;  para qué él/ella quieren estar en el mundo; para qué vino y a hacer qué. Porque si bien hay tres leyes a respetar: la ley de jerarquía (que los individuos deben estar ubicados en el orden en el que vinieron al mundo; que los grandes son los grandes y los chicos, los chicos); la ley de pertenencia al clan (que todo miembro del clan tiene derecho a ser incluido; que todo ser que ha venido está, aunque haya muerto o sido abortado o separado de su tribu) y por las cuales participamos de esas asociaciones naturales e ilícitas con las personas, llega un momento en que es posible que una persona queramos o necesitemos acceder a la verdad; esclarecer qué códigos situados en lo profundo de nuestras mentes en forma de creencias son los que nos rigen. 
Es muy interesante y atractivo el método y los supuestos a partir de los cuales trabaja: la desconfianza del lenguaje, en tanto elemento racional; las enfermedades como hitos para la toma de conciencia y los cuerpos como los lugares donde lo no dicho aparece; donde un malestar toma forma y nombre para ser decodificado: qué hay debajo, detrás, en la sombra de esa enfermedad; que significa enfermar de una enfermedad y no de otra; de un órgano y no de otro hace al camino que se debe recorrer para llegar a la verdad. Se parte de la premisa de que lo que callamos se convierte en síntoma: creencia autolimitante o enfermedad. 
Como mujer, escorpiana, con la luna en picis y seis de los doce planetas que componen el sistema solar en escorpio, metidos en la casa de escopio, a la hora de nacer, me resulta más que interesante un saber que tiene que ver con lo instintivo y salvaje; con el misterio, la magia, la hipersensibilidad, la empatía, lo no dicho y la profundidad.
Después de años de dar vueltas por distintas tiendas de milagros y saberes, me encontré con bioneuroemoción. Es injusto hablar del gordito Corbera, porque lo cierto es que detrás de esa puesta en escena; detrás de ese teatro un poco payasesco hay unos pesos pesados; el francés Marc Fréchet y nadie menos que el suizo Carl Gustav Jung.
Con Licia y mi llanto sin reparos a los tres minutos de conocerla por un evento ocurrido diecisiete años atrás, oí las primeras resonancias de este mostro: “Llorá”, me dijo. “El inconsciente no tiene tiempo”. Ya lo decía Jung.
Y fue como empezar de nuevo.

Ahora, dos años después de aquel hallazgo...
pienso que por algo la gente tiene el nombre que tiene. 
Jung, el chabón. 
Que salido de la sombra y pronunciado suena como joven. 


sábado, 6 de mayo de 2017

Encuentro



Y despierto de pronto, el timbre sonando, una sensación desconcertada por el ruido y confusa al estar poniendo los pies en la Tierra y caminando hacia el portero… Me quedo en el medio del cuarto… no avanzo, porque una clarividencia me cuida: sea quien sea no quiero atender… Todavía no quiero salir de este limbo que me mece y me distancia; se llama sueño y lo tengo siempre a mano como un viaje curador. Sobre todo cuando estoy con una sensación confusa con respecto al modo live y en este caso se trata de la vergüenza.
Ahora, de pronto, estoy en migraciones. Obligada, despierta, llego a la cocina. Pienso que puede ser el profe de pileta que viene a traerme la miel que vende y no puedo acercarme tan pronto a un extraño, en una versión tan natural, pero miro la hora y recuerdo que quedé con mi hermana que esté temprano en casa, así yo puedo irme a una clase de meditación y el recuerdo me alivia. Pero vuelve la vergüenza, ¿qué escribí ayer? 3 minutos de escritura y el desafío liquidado: no se puede ser tan ladri… Me calmo pensando que quizás todavía esté a tiempo de corregirlo, pero no era la idea: la idea era dejar ser a cada día, a cada texto, lo que fuera… y estoy rumiando a las diez de la mañana; rosqueando para hacerme trampa a mí misma. Qué feo…
Me cuenta en media línea –eso se dedica a sí misma- una incomodidad que tiene. Me explayo media hora sobre lo que está negando. Hago un café, me siento y elijo una tostada; mi hermana mira la hora. Siempre mira la hora y me apura. Yo siempre le ofrezco una colectora. Así nos llevamos. Gracias a su puntualidad y disciplina, yo llego a tiempo. Gracias a mi forma relajada y ladrona con las responsabilidades impuestas, ella aprende a dar con su propio sentido y se choca con lo que le toca evolucionar en la vida. La piba intenta desentenderse del amor explícito que le profeso; yo le reclamo contestaciones delicadas para una persona delicada y me desentiendo de cuánto me quiere llegando con esa puntualidad para que yo haga lo que a mí me importa.
Mientras le pongo otro pedazo de palta a la tostada y le ofrezco, la escucho:
-          ¿no pensás ir al curso? Decímelo. Porque si no me voy a mi casa…
-          Sí. Ahora voy…
-          Son 10.30 hs. ¿No empezaba a las diez?
-          Ah sí, sí… Ahora ya, ya me voy… Pero no puedo ir sin desayunar…
Me estoy yendo, cruzo la puerta y mi hermana va a cerrar, cuando le digo:
-          Ah… ¿me podés leer el blog? Me da vergüenza lo que escribí ayer… No sé si voy a poder con esto… Un texto todos los días… Yo no estoy siempre igual… No tienen la misma calidad… De hecho, no entiendo si lo entiende alguien que no me conoce
-          Ah, pero yo te conozco…
-          Sí, si. Pero sos profesora de Letras y sos más equánime que yo… Tenés menos exabruptos; tenés propósitos más convencionales y claros. Por favor, leemeló.
-          ¿Algo más…?
Lle-go-y-cuarentaycinco-al-curso, a diez cuadras de mi casa. Me chamuyo a la coordinadora sobre mi confusión con el horario y me deja pasar. A los dos minutos estoy inclinada hacia adelante, luego hacia abajo, con la cabeza paralela a los pies, arrepintiéndome de no ser más prolija con el horario para poder aprovechar mejor las cosas…
Sigue una relajación en el piso y nos hace repetir una afirmación: "renuncio al control de los resultados y tolero la incertidumbre…".
Cuando nos incorporamos nuevamente, todos sentados en posición de buddha, la profesora pide cuatro voluntarios y dado que llegué tan tarde me levanto y voy. Reparte cuatro textos al tuntún y nos dice que no los miremos. Al resto de los concurrentes les pide que giren alredor del círculo que hemos conformamos los guardas de los textos y se queden donde sientan quedarse. Para la circulación y tengo a tres personas mirándome de frente. Al cabo de un minuto se van conmigo a un rincón. “Son las cuatro tipologías de la ansiedad: el crítico, el preocupado, la víctima y el perfeccionista. Ahora den vuelta el texto”. Nos toca el perfeccionista, no sé porqué. Leemos y pensamos algunas cosas, con las preguntas que siguen, mientras la profe nos va dejando en el piso pasas de uva, maníes, tés. Al rato, en público, presentamos las conclusiones. Cada uno de mis tres compañeros dice algo. Hay uno que desarrolla una solución que está buena: si pasa en la realidad algo parecido a lo esperado ya está bien. Me parece un buen consuelo. Yo agrego la última: tratar de disfrutar del fragmento posible que se hace en el hoy. La profe se ríe. “Qué bien… “, dice. “No sé porqué justo les habrá tocado a ustedes los perfeccionistas”.
Salgo del curso y durante el día, de a ratos, que si bien debo dejar en paz al escrito de ayer no le encuentro el sentido… Tal vez eso refleje mejor la vida, el mundo, que los libros: la fantasía de un principio y un fin certero y mil veces igual. Pero no me alcanza.
Más tarde, en la ducha, agradezco haberlo escrito. Y no sólo por haber escrito algo. Lo agradezco porque por fin el sentido aparece. Todas las cosas que dice ese texto. De mí, de mis gustos, de mis búsquedas, aunque no sea explícito.
Se acaba el día, casi… La escritura empieza a hacer más potente su llamado en mí y lavo los platos sin saber qué escribir… qué tuvo de particular y narrable el día de hoy… y no encuentro algo en particular… Un suceso que empiece y termine y tenga un sentido… La presión porque todo o algo puedan transformarse en un relato está siendo un poco grande. Trato de calmarme… pensar en esto de que la obra es, también, el trabajo cotidiano y que ya al sentarme se me ocurrirá… y si no es de hoy, lo que se me ocurre, no importa, será de otro día; que el caso es que me siente y escriba aunque sea de cualquier cosa que haya pasado total el tiempo… ¿el tiempo qué tiene que ver? Si finalmente mi noción del tiempo es un poco personal; un poco como la de los indios y la de Borges; un tiempo circular… Si yo creo más en el tiempo de las estaciones y los ciclos, de las revelaciones; o a lo sumo creo en el tiempo como un cable de teléfono (aunque sea una cosa que ya no existe): algo que si bien sí transcurre, pasa, va hacia otro lugar; que nos lleva de un punto hasta otro, tiene sus avances y sus retrocesos; que nos comunica pero con interferencias y que de unir una punta con la otra no se notaría dónde comienza y dónde termina… Porque que yo no creo mucho en esto de los tiempos lineales y concretos, que capaz el sentimiento de hoy alcanza como hecho noticiable… y estoy entre esas deambulaciones arrasadas por el detergente cuando suena la alarma de mi celular. 21.30 hs. La hora pautada para hacer el ejercicio de todos los días, desde hace dos meses: apagar la alarma, tomar conciencia de mí, del entorno más inmediato y real, del cuerpo, de lo que estoy pensando, de lo que estoy sintiendo, de la respiración, del presente y estado. Y entonces sí: el tiempo lineal existe y es este. El tiempo de los relojes. De ponernos, más o menos, de acuerdo.  

Y la existencia de esa racionalidad que puso el tiempo ahí; ese celular ahí; la existencia de elementos concretos; de esa civilización, me hace saber que sola no podría todo. Que sólo con mi forma de vivir el tiempo no alcanzaría. Que aunque muchas veces no sabemos para qué las otras miradas, las que no tenemos sirven, en algún momento sirven. Lo que no somos nos hace como seres. Lo que rechazamos nos define un poco. Y al menos por esa falta de confort, podríamos agradecerles.  

viernes, 5 de mayo de 2017

La línea correcta


Y después de perder...
tres o cuatro horas pensando...
con qué texto afrontar
el día después

el día después de mañana...
aquel en que pronuncié la clave, el pedido
de ya no ir más para atrás
y pienso...
con qué otro relato equiparar al de ayer
y tampoco yo -no solo los artistas contemporáneos, conceptuales-
no tengo qué decir...

se me ocurre que porqué
mejor
no compensarlo un poco
y oír mi propia necesidad de equilibrio...
entonces no hacer nada concienzudo,
ni darle otra vuelta de rosca.
equilibrar el mundo
y satisfacer una necesidad
física, natural:
e ir a nadar.

Y luego no decir nada nuevo...
nada que busque brillo ni pulido
solo escribir
estar a flote
a tiempo, con el plazo que me puse
a mano, con el día que vence
sentarme aquí y hacer la plancha

Perder, por un rato, la sensación de gravidez. De gravedad.
Fundir los dos estados opuestos que tengo:  la pereza y la hiperproductividad
Hacer caso a mi energía
no dar lo que no puedo
encontrarme en paz con estar,
vislumbrando, ilusorio o no,
entre el fin de mar y el principio del cielo,
el horizonte;
un lugar de equilibrio, de contacto
entre los anhelos inalcanzables y
los mundos subacuáticos
donde la vida se esconde
de la vista ajena


jueves, 4 de mayo de 2017

Algunas incompatibilidades entre el arte y la realidad



El hombre que está sentado frente a mí es un artista. La mujer que está sentada a mi izquierda, también. Juntos hacen, desde hace cinco años, algo que se llama Grapa y no es una bebida sino un grupo de reflexión, análisis y producción de arte; un espacio taller anual al que otros artistas visuales llevan sus trayectorias, sus obras, su trabajo para pensarla, ponerla en crisis, atravesarla. 
Estoy allí haciéndoles una entrevista para el blog de arte y cultura que estoy armando para la FAUD –Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño- donde trabajo y el tiempo se nos hace corto. La primera que se va a buscar a sus niños a la escuela es Josefina; luego yo. Pero nos escribimos al rato: “sigamos hablando” y en mi caso es una expresión de algo más que la necesidad de cerrar esa entrevista; es la necesidad de retornar a los vínculos que nos despabilan y engrosan las preguntas. Es el reconocimiento de otro navegante, en el mar de la sobreabundancia de cosas; es un guiño entre mujeres que corren con lobos, porque hay algo que nos es intuitivo a las mujeres y que se potencia en la ampliación de conexiones con el género.
Y a la tarde estoy sentada en una silla de su casa, frente a la mesa donde tomamos mate y apuntes de distintas cosas que queremos que la otra vea. Nuestros niños también están allí. Uno toma clases de guitarra, la otra llega del colegio, el mío deambula interesado en un montón de objetos que en casa no hay: un skate, un cavaquinho y otros que elige en cualquier lugar donde encuentre: una regadera.
En medio de la charla le digo que estoy metida en un problema: el de haber decidido escribir un libro durante un año de a un texto por día. Y le cuento el origen de este libro, esa entrevista al noruego… Y recuerdo que en su libro primero, La muerte del padre, hay una idea sobre el arte que posiblemente no comparta... Pero no lo sé bien; de ser así, seguramente primero debería entenderla mejor. Porque: o es tan compleja que me está pasando muy por arriba y no la veo o es una reflexión tan evidente que no resiste reflexión.
Tengo el vago recuerdo de que hace -en la comparación entre el arte ilustrativo, representativo y el arte contemporáneo- una regresión; una elección de aquellos primeros, aludiendo que si algo de sagrado había en estos era la posibilidad de un mundo fuera del arte; un mundo al que abordar o alcanzar; vislumbrar o traducir y entonces el arte era una búsqueda; una conquista que si bien no se consumaba a través del arte al menos le daba un tema al arte… Pero luego... el cambio, ¿no? Y como si dijera que todo, luego, fue quedando adentro del arte… y la realidad perdiendo territorio… y así se ha llegado a la situación acutal (ahora cito):"en la que el material del arte ya no desempeña ningún papel, en el que todo el peso está en lo que expresa, no en lo que es, sino en lo que piensa, en qué ideas trae, renunciando así al último resto de objetividad, al último resto de algo fuera de lo humano". 
Cuando la reunión –ese intersticio de charla libre- se ha desarmado puntualizada por los deberes de la maternidad -el turno el odontólogo, la clase de natación- nos despedimos en la puerta del edificio con un abrazo: “Después te la mando”, le anuncio a Josefina.
Cruzo la calle y estoy metiendo la llave del auto en la cerradura cuando veo pegada en el vidrio del acompañante una multa. El panadero silencioso de la esquina, frente a mi desconcierto, me señala la despensa de enfrente.
Entro a la despensa que vende las tarjetas de estacionamiento medido con una cara transparente.
-          Qué te pasóooo? – me pregunta el almacenero.
Le cuento. Me dice: “esto acá son 300 pesos. En el Tribunal de Faltas, mañana, son 300 más”. Resoplo.
-          Bueno- me dice el almacenero…  -un accidente lo tiene cualquiera
-          Esto no es un accidente, señor – le digo extendiéndole los 300 pesos – este es el precio de pretender ampliar los límites del arte y dejar de creer en la realidad.  
El tipo se ríe con la misma complicidad con la que me dijo antes: “¿qué es lo que te pasó?”
-          Bueno… - me consuela ahora. – Ya va a pasar…
Le mando luego a Josefina, en fotos por whassap, diez páginas del libro con esta pregunta: ¿está diciendo lo que está diciendo?  Que con Munch es como si el arte se devorase todo; como si lo humano convirtiera a todo el mundo pictórico anterior (el de lo divino, en la Ilustración; el del paisaje, en el Romanticismo) en suyo. Y luego de devorarse todo el ser humano, son sólo formas y colores, ni siquiera lo que representan, lo cargado de emoción y entonces ya sí: no hay ningún camino de retorno. El arte y el mundo se han convertido en una misma cosa. Entiendo entonces que le parece un horror… Que la historia del mundo le parece un horror… ¿o no?
Al rato me llega su voz: “Sí. Claro. Y él sabe muy bien qué es lo que está diciendo”. Me quedo preocupada al escuchar esto, porque entonces lo había interpretado bien y lo que sigue lo escucho con el corazón agitado, aprentándome el labio inferior entre dos dedos mientras en la otra mano dejo quieto el blem con una gamuza arriba del gatillo. “Hay un texto de Focault, Las palabras y las cosas…”, sigue: “que no sé si hayas leído…”. Y entonces lo recuerdo… Leído. Descubierto. Estudiado. Enseñado. Militado. Olvidado. Y ahora redescubierto desde otra mirada. Y ella dice que lo interesante sería pensar desde qué lugar fueron pensados estos quiebres..
Esta idea de Focault de cepillar a contrapelo el lenguaje tal como es hablado, los seres naturales tal como son percibidos y reunidos, los cambios tal como son practicados para descubrir el orden y las modalidades  tal como han sido puestas y enhebradas al tiempo y al espacio para formar el pedestal afirmado de los conocimientos tal como se despliegan y narran en las diferentes formas: gramática, historia natural, biología, economía política; esta idea de buscar en la catacumba de los saberes hasta desenterrar qué condiciones reales dieron lugar a la episteme que luego se enterró, como un denominador que estructura todas las cosas; esta idea de cavar hasta hacer visible la episteme para desactivar la naturalidad de todo lo que pasa sobre el lomo de la Tierra y a raíz de ella; esta idea ya no me maravilla tanto. Porque ya me contaron de demasiadas formas el chiste; de tantas, que hasta empiezo a pensar que esa sea la episteme y no la búsqueda… que sean los ganadores de este tiempo y porque ya no me maravilla tanto cómo se tiran abajo las cosas sino como se construyen las nuevas; las que no tienen palabras todavía; las que no están dentro del lenguaje y están a salvo de nosotros.
Me suelto el labio, apoyo torpemente el blem sobre la biblioteca como si fuera un vaso sobre la barra de un bar de madrugada y me cuelgo la  gamuza al hombro como hacían con la rejilla los mozos del bar Británico en San Telmo.
Caliente, le grito al mundo, sin que ese grito tenga ningún eco: “¿Vamos a seguir la vida entera hablando con Focault? ¡Que lo  parió…! ¡Yo renuncio! Llamenmé en otro tiempo; en otra época histórica… Cuando esto ya haya pasado… No sé… cuando hasta el sistema de cobro de multas de la muni de General Pueyrredón o la muerte realmente hayan entrado en el lenguaje conceptual. O cuando hayamos dejado de creer que Focault y el padre de esta criatura de pensamiento: Nietzsche y todos sus secuaces -comunicadores e interpretadores dentro de los que me incluyo- somos los valientes buscadores del tesoro escondido, profesando la estupidez de que todo es relativo como lugar de búsqueda en vez de asumir que es “el cómodo lugar ya encontrado, ya conquistado, ya triunfado” no quiero hablar más.
Ya basta de tanta desintegración… Ya basta de andar requisando las epistemes… basta de cuerpos muertos que nadie sabe cómo murieron; cuál fue el puñal que los atravesó Ya basta de documentales de cocina sin las vacas sobre las que se cocina. Basta de la referencia sin el hecho. Y del vacío de nexo como lugar pautado para la interpretación. Ya basta del mundo de las ideas: sacrosantas o malditas; serias e investidas o irónicas y gestuales. Basta, gente. Acción. Materia. Conexión. Entre la energía y la densidad, que eso nos define como seres, que ahora podemos estar hablando pavadas. Conexión. Entre el cuerpo, el alma y la mente. Entre el tiempo y el espacio. Entre el ser y la nada. Punto de vista y de apoyo. Posición. Que acá las multas no se pagan con ideas relativas sobre la verdad, ni repensando con la curadora, el almacenero y la chica de tránsito cómo ser sujetos sujetados nos agobia”. Ese museo yo creo que ya fue. Ese discurso yo creo que ya fue. Esa episteme suspicaz para mí ya fue. Y no tiro los naipes para saber qué es lo que viene, pero tampoco me creo una búsqueda cuando ya sabemos donde estamos escondidos.
La muerte del padre…
No está mal ese nombre, ¿eh?
Volver a existir como seres salvajes que se hacen cargo de algo.  
Dejar de dialogar y cepillar a contrapelo. Dejar de despeinar el mundo a propósito que esta selfie no la va a mirar nadie; no la va a mirar el ser nuevo y lo más probable es que nos pasemos el tiempo real, concreto y multable posando…
Todo bien con Focault, todo bien con Nietzsche… Creo que, como diría el General, aunque a veces se les va un poco la mano, son buenos muchachos. Y son como los padres… hicieron lo que pudieron… Pero lo que digo es: si bien es increíble conocerlos; si bien es maravilloso poder pensar al mundo con toda la desconfianza que se merece; si bien es revolucionario ir a buscar a los perdedores de las guerras que se libraron para saber cuál hubiera sido el saber que tendríamos si ellos no hubieran perdido, llega un punto en que lo que digo es: ¿cuánto más?
¿cuándo dejamos de diseccionar el todo adentro del lenguaje y comenzamos a comunicarnos de verdad?
Y ¿qué es lo que no comparto con Karl Ove? ¿El análisis?
No, el análisis no. El análisis está bien; es ese. Ya no importa el mundo de afuera y el querer acercarse a ese mundo desconocido, atraparlo, alcanza con el hecho artístico; con el gesto y el sentimiento para todo…
Tampoco me distancia su observación de que la referencia ha cobrado el lugar del sentido y aquello a lo que aludía ya no es más... Aunque lo cierto es que el arte contemporáneo me gusta; que el mensaje, el concepto se haya convertido en arte, pero debo reconocer que a los quince años conocí Nueva York y visité dos museos: el Moma y el Metropolitan Art Museum... Y no fueron las obras conceptuales, precisamente, de las que me acuerdo... Fueron los lirios de Van Gogh; fue Monet. Fueron los trazos desprolijos, las pinceladas cargadas, lo emocional en referencia lineal, sin firulete, a aquello que existe y les provocó emoción y trabajo lo que me estacionó un largo rato en esas salas; lo que me hizo llorar, temblar, probar ángulos de distintos grados para ver si la emoción se disipaba; lo que hizo que al llegar a una distancia no permitida y sin querer queriendo, preocupara a la vigilancia de la sala, que se acercó a decirme a una distancia tampoco prudencial que así tan cerca no se podía estar de la obra...  
Pero entonces creo, ahora sí, que mi diferencia con Karl Ove consiste en dos cosas: una, que el arte al que él hace mención a mí personalmente no me gusta. Y en materia de arte (a diferencia de las otras ciencias) tenemos guionado el permitido de decir si nos gusta o no; así que puedo decirles que los googlé y son cuadros oscuros de mares feroces… lúgubres, imágenes entre tinieblas…  
La segunda diferencia es que se me ocurre ya obsoleto quedarnos ahí; en esa mención; en ese análisis del todo que se vuelve conservador, transparente... Yo deseo de los artistas: los escritores, los visuales, no importa, la búsqueda... la juventud. La juventud eterna, a pesar de los años.
Y por último, que en estas tierras escuchamos a Spinetta. Creo que es eso lo que le voy a decir mañana a Josefina. Que escuchemos más a Spinetta. Y eso es todo lo que tengo para decir por hoy: mañana es mejor.
https://www.youtube.com/watch?v=xP6OnWcL6UQ

Cantata de puentes amarillos

Todo camino puede andar, 
todo puede andar... 

Con esta sangre alrededor, 
no sé que puedo yo mirar... 
la sangre ríe idiota, 
como esta canción, 
y ¿ante quién? 

Ensucien sus manos como siempre... 
relojes se pudren en sus mentes ya... 
y en el mar, naufragó... 
una balsa que nunca zarpó... 
mar aquí, mar allá... 

En un momento vas a ver, 
que ya es la hora de volver... 
pero trayendo a casa, 
todo aquel fulgor... 
y ¿para quién? 

Las almas repudian todo encierro... 
las cruces dejaron de llover... 

Sube al taxi nena... 
los hombres te miran, 
te quieren tomar... 

Ojo el ramo nena... 
las flores se caen, 
tenés que parar... 

Vi la sortija, 
muriendo en el carrousell, 
vi tantos monos, nidos, 
platos de café, 
platos de café... 

Guarda el hilo nena... 
guarden bien tus manos... 
esta libertad... 

Ya no poses nena, 
todo eso es en vano, 

como no dormir... 
Aunque me fuercen, 
yo nunca voy a decir, 
que todo tiempo por pasado fue mejor... 
¡mañana es mejor! 

Aquellas sombras del camino azul... 
¿dónde están? 

Yo las comparo con cipreses que vi, 
solo en sueños... 
y las muñecas tan sangrantes están, 
de llorar... 

Yo te amo tanto, 
que no puedo despertarme sin amar... 
y te amo tanto, 
que no puedo despertarme sin amar... 

¡No! nunca la abandones, ¡no! 
puentes amarillos, 
mira el pájaro... 
se muere en su jaula... 

¡No! puentes amarillos, 
se muere en su jaula... 
mira el pájaro, 
puentes amarillos... 
hoy te amo ya, 
y ya es mañana... 
¡Mañana! 
¡Mañana! 
¡Mañana!