sábado, 6 de mayo de 2017

Encuentro



Y despierto de pronto, el timbre sonando, una sensación desconcertada por el ruido y confusa al estar poniendo los pies en la Tierra y caminando hacia el portero… Me quedo en el medio del cuarto… no avanzo, porque una clarividencia me cuida: sea quien sea no quiero atender… Todavía no quiero salir de este limbo que me mece y me distancia; se llama sueño y lo tengo siempre a mano como un viaje curador. Sobre todo cuando estoy con una sensación confusa con respecto al modo live y en este caso se trata de la vergüenza.
Ahora, de pronto, estoy en migraciones. Obligada, despierta, llego a la cocina. Pienso que puede ser el profe de pileta que viene a traerme la miel que vende y no puedo acercarme tan pronto a un extraño, en una versión tan natural, pero miro la hora y recuerdo que quedé con mi hermana que esté temprano en casa, así yo puedo irme a una clase de meditación y el recuerdo me alivia. Pero vuelve la vergüenza, ¿qué escribí ayer? 3 minutos de escritura y el desafío liquidado: no se puede ser tan ladri… Me calmo pensando que quizás todavía esté a tiempo de corregirlo, pero no era la idea: la idea era dejar ser a cada día, a cada texto, lo que fuera… y estoy rumiando a las diez de la mañana; rosqueando para hacerme trampa a mí misma. Qué feo…
Me cuenta en media línea –eso se dedica a sí misma- una incomodidad que tiene. Me explayo media hora sobre lo que está negando. Hago un café, me siento y elijo una tostada; mi hermana mira la hora. Siempre mira la hora y me apura. Yo siempre le ofrezco una colectora. Así nos llevamos. Gracias a su puntualidad y disciplina, yo llego a tiempo. Gracias a mi forma relajada y ladrona con las responsabilidades impuestas, ella aprende a dar con su propio sentido y se choca con lo que le toca evolucionar en la vida. La piba intenta desentenderse del amor explícito que le profeso; yo le reclamo contestaciones delicadas para una persona delicada y me desentiendo de cuánto me quiere llegando con esa puntualidad para que yo haga lo que a mí me importa.
Mientras le pongo otro pedazo de palta a la tostada y le ofrezco, la escucho:
-          ¿no pensás ir al curso? Decímelo. Porque si no me voy a mi casa…
-          Sí. Ahora voy…
-          Son 10.30 hs. ¿No empezaba a las diez?
-          Ah sí, sí… Ahora ya, ya me voy… Pero no puedo ir sin desayunar…
Me estoy yendo, cruzo la puerta y mi hermana va a cerrar, cuando le digo:
-          Ah… ¿me podés leer el blog? Me da vergüenza lo que escribí ayer… No sé si voy a poder con esto… Un texto todos los días… Yo no estoy siempre igual… No tienen la misma calidad… De hecho, no entiendo si lo entiende alguien que no me conoce
-          Ah, pero yo te conozco…
-          Sí, si. Pero sos profesora de Letras y sos más equánime que yo… Tenés menos exabruptos; tenés propósitos más convencionales y claros. Por favor, leemeló.
-          ¿Algo más…?
Lle-go-y-cuarentaycinco-al-curso, a diez cuadras de mi casa. Me chamuyo a la coordinadora sobre mi confusión con el horario y me deja pasar. A los dos minutos estoy inclinada hacia adelante, luego hacia abajo, con la cabeza paralela a los pies, arrepintiéndome de no ser más prolija con el horario para poder aprovechar mejor las cosas…
Sigue una relajación en el piso y nos hace repetir una afirmación: "renuncio al control de los resultados y tolero la incertidumbre…".
Cuando nos incorporamos nuevamente, todos sentados en posición de buddha, la profesora pide cuatro voluntarios y dado que llegué tan tarde me levanto y voy. Reparte cuatro textos al tuntún y nos dice que no los miremos. Al resto de los concurrentes les pide que giren alredor del círculo que hemos conformamos los guardas de los textos y se queden donde sientan quedarse. Para la circulación y tengo a tres personas mirándome de frente. Al cabo de un minuto se van conmigo a un rincón. “Son las cuatro tipologías de la ansiedad: el crítico, el preocupado, la víctima y el perfeccionista. Ahora den vuelta el texto”. Nos toca el perfeccionista, no sé porqué. Leemos y pensamos algunas cosas, con las preguntas que siguen, mientras la profe nos va dejando en el piso pasas de uva, maníes, tés. Al rato, en público, presentamos las conclusiones. Cada uno de mis tres compañeros dice algo. Hay uno que desarrolla una solución que está buena: si pasa en la realidad algo parecido a lo esperado ya está bien. Me parece un buen consuelo. Yo agrego la última: tratar de disfrutar del fragmento posible que se hace en el hoy. La profe se ríe. “Qué bien… “, dice. “No sé porqué justo les habrá tocado a ustedes los perfeccionistas”.
Salgo del curso y durante el día, de a ratos, que si bien debo dejar en paz al escrito de ayer no le encuentro el sentido… Tal vez eso refleje mejor la vida, el mundo, que los libros: la fantasía de un principio y un fin certero y mil veces igual. Pero no me alcanza.
Más tarde, en la ducha, agradezco haberlo escrito. Y no sólo por haber escrito algo. Lo agradezco porque por fin el sentido aparece. Todas las cosas que dice ese texto. De mí, de mis gustos, de mis búsquedas, aunque no sea explícito.
Se acaba el día, casi… La escritura empieza a hacer más potente su llamado en mí y lavo los platos sin saber qué escribir… qué tuvo de particular y narrable el día de hoy… y no encuentro algo en particular… Un suceso que empiece y termine y tenga un sentido… La presión porque todo o algo puedan transformarse en un relato está siendo un poco grande. Trato de calmarme… pensar en esto de que la obra es, también, el trabajo cotidiano y que ya al sentarme se me ocurrirá… y si no es de hoy, lo que se me ocurre, no importa, será de otro día; que el caso es que me siente y escriba aunque sea de cualquier cosa que haya pasado total el tiempo… ¿el tiempo qué tiene que ver? Si finalmente mi noción del tiempo es un poco personal; un poco como la de los indios y la de Borges; un tiempo circular… Si yo creo más en el tiempo de las estaciones y los ciclos, de las revelaciones; o a lo sumo creo en el tiempo como un cable de teléfono (aunque sea una cosa que ya no existe): algo que si bien sí transcurre, pasa, va hacia otro lugar; que nos lleva de un punto hasta otro, tiene sus avances y sus retrocesos; que nos comunica pero con interferencias y que de unir una punta con la otra no se notaría dónde comienza y dónde termina… Porque que yo no creo mucho en esto de los tiempos lineales y concretos, que capaz el sentimiento de hoy alcanza como hecho noticiable… y estoy entre esas deambulaciones arrasadas por el detergente cuando suena la alarma de mi celular. 21.30 hs. La hora pautada para hacer el ejercicio de todos los días, desde hace dos meses: apagar la alarma, tomar conciencia de mí, del entorno más inmediato y real, del cuerpo, de lo que estoy pensando, de lo que estoy sintiendo, de la respiración, del presente y estado. Y entonces sí: el tiempo lineal existe y es este. El tiempo de los relojes. De ponernos, más o menos, de acuerdo.  

Y la existencia de esa racionalidad que puso el tiempo ahí; ese celular ahí; la existencia de elementos concretos; de esa civilización, me hace saber que sola no podría todo. Que sólo con mi forma de vivir el tiempo no alcanzaría. Que aunque muchas veces no sabemos para qué las otras miradas, las que no tenemos sirven, en algún momento sirven. Lo que no somos nos hace como seres. Lo que rechazamos nos define un poco. Y al menos por esa falta de confort, podríamos agradecerles.  

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