Entre las cuatro paredes observé los fragmentos. No supe al
salir si entender el conjunto o quedarme con algo. De mí también dudé. No supe
si había algo para entender o sentir y cuál de los fragmentos debí haber
sentido más.
Temí por los cimientos de la pared que me sostenía.
Percibí el sol y el olor del verano, el calor del abrazo en
el invierno que viene.
La velocidad del aire, de la sangre y del latir. El silencio
mal cubierto.
Las preguntas sin dirección postal a la que llegar.
Sus dedos y los míos, el roce.
La corrección, mía, lamentablemente siempre.
La necesidad de distancia. La postergación del beso.
Vi, en frente, la simpleza, la claridad, la calidez, la
seguridad.
Cualquier barrido inútil que volví siempre al mismo punto de
observación.
La curiosidad, la necesidad, el deseo.
Los párpados cuando caen como baja el sol.
La sonrisa, el encuentro con lo buscado.
El latir. El venir. La falta de oportunidad y de estimación.
Vi en la tercer pared el sigilo al mirar.
La sospecha, el enjuiciamiento preventivo, la búsqueda y
previsión;
La necesidad de que no haya ningún fuera de campo.
El olfato del peligro sin poder encontrar el origen preciso.
La estabilidad. La contundencia del elemento moldeado.
La cuarta pared estaba vacía.
O algo había; algo que buscaba parecer la nada.
O algo había; algo que buscaba parecer la nada.
Crucé la arcada hacia afuera y el piso crujió.
Me entregué a la noche y las luces de la calle.
El aire fresco de otoño me daba de lleno y encontré la
oportunidad de respirar.
Desde lejos vi al sol quieto, que permanecía de pie.
Y doblé en la esquina.

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