jueves, 11 de mayo de 2017

Los siglos y los verbos



Y es cierto que el mundo con el correr del tiempo –lineal; a ese me refiero- se ha vuelto más chico. Es una idea sobre la que ensayó Karl Ove Kausgard pero que la hemos sentido todos…. Con un click estar en el rock noruego o una traducción del castellano al alemán. Conocer de una marca portuguesa de vinos o acceder a la vida de la infancia en una ciudad de Japón. El mundo se ha vuelto, al parecer, un lugar sin sorpresa. Donde todo está medianamente al alcance de la mano; donde parecería que algunos verbos no cumplen ninguna función o sí: la de hablar del pasado.
Así, descubrir o conquistar resuenan en el siglo XV y Galileo Galilei podría haberle puesto el verbo al siglo XVI: imaginar –y percibir–. Al siglo XVII mejor lo definirían las artes y la cultura y su virtud: renacer. El siglo XVIII tendría el nombre progresar. Hablando del siglo XIX habría dos verbos para su definición: ordenar y clasificar. Y al siglo XX le elegiría este verbo por un don, aunque ha tenido varios y otros pasos en contra: revolucionar. Alcanza para este siglo con pensar en el rock. En Einstein. Y en Jung. Aunque el impacto de este último empecemos a descubrirlo recién ahora, en términos más colectivos.
Si ensayo un verbo para el ahora, para este siglo XXI, que en verdad recién comienza, pienso que el verbo que vamos a tener que desarrollar es: Integrar. Tomar responsabilidad por los sucesos que pensamos ajenos. Tomar responsabilidad por los otros, por los hechos, como producciones humanas, por la Naturaleza como un todo al que respondemos nosotros también. Dejar de pensar que algo de lo que ocurre allí afuera no tiene nada que ver con nosotros. Y no me refiero a seguir manteniendo el mismo punto de vista que le critiqué a Niestzche y a Focault de incorporar todo como lenguaje. Porque no estoy de acuerdo con que sea un paso asertivo tragarnos todo en la mera racionalidad –el lenguaje-. Estoy hablando de intuir, visualizar, empatizar. No sentirnos diferentes de ninguno de los elementos que aparecen en el teatro que llamamos realidad.
No se trata ya de sospechar de la misma –sospecha que ya está remanida; contada en demasiados lenguajes: el del arte y el de la ciencias sociales–; se trata, pienso, de dejar de temer. De afrontar que hemos trabajado tanto para cubrirnos del peligro que hemos enfermado de miedo y que si no tomamos conciencia de cómo nos hemos acostumbrado a vivir con el miedo sobre nosotros, el miedo como principal consejero, no creo que salgamos vivos de aquí. Tampoco creo que el punto sea hacer frente al miedo; porque siempre hemos sabido salir a la intemperie con gestos temerarios a demostrarle a la Naturaleza –incluidos a nosotros mismos como parte de ella– que somos la raza superior, el factor dominante. O que no tenemos miedo. Pero estamos rotos...
Estamos rotos en tanto no tenemos ninguna noción del otro como parte propia. En tanto todo lo que creemos que no somos nosotros nos asusta. Tememos todo el día. Tememos por las redes. Tememos por el futuro. Tememos en la tapa de los diarios. Tememos en las presidencias de las naciones. Tememos a morir. Tememos a enfermar. Tememos a que nos saquen lo que creemos que es nuestro. Tememos como los animales más aturdidos de la naturaleza. Y si ese supuesto de que somos más luz que las otras especies;  conciencia –a diferencia de estas– no nos sirve para iluminar la sombra no tendremos paz.
Lo que pienso es: no importa dónde estemos. De qué bando seamos en el mundo. Porque esta idea de separación es lo que discuto. Por medio de la tecnología hemos podido, casi, simplificar las categorías tiempo/espacio y pensarlas como una tontería, una variable casi inexistente –cuánto más estúpida se vuelve la frase de Descartes: pienso, luego existo-, pero además –o a raíz de esto, de la tecnología allí: mediando el mundo; apropiándose del vértice en el cual coinciden estas dos perpendiculares– ya no importa de qué país estemos hablando, las ideas que nos estructuran son las mismas. Las ideas de occidente que ganaron en las guerras del siglo XX nos condicionaron a todos. Y ahora… lo importante es salir.
Y debería haber algún momento en que nos entre esta ficha de que hacer una guerra o una ley pensando en destruir el universo del otro no existe sin la destrucción de uno mismo… Y no hay ningún problema con que exista tanta gente con tan poco amor propio que crea que lo mejor que puede hacer en esta vida es la muerte, pero mi consejo a estas personas es: integrensé, muchachos. No conduzcan países sino una legión de suicidas. El universo, que es tan basto (sigue siéndolo) les prestará algún precipicio, si les hace falta, pero sin guiones de cuarta, sin utilería, sin fundamentos miserables, sin armas de destrucción masiva; sin cómplices.
Creo que algunos problemas se arreglan en los consultorios de analistas que en la presidencia de las naciones, que no es el lugar donde se arreglan los problemas de autoestima de la gente. Normalmente, se profundizan.Y para nosotros cabe pensar porqué hacemos eso: porqué ponemos allí los instrumentos que nos matan. Y no me vengan con quién votó a quién porque yo tampoco voté esto pero eso tampoco importa. Si alguien viene y tira pintura negra en el piso queda pintado y acá caminamos todos. Me preocupa la poca afrontación que hacemos de nosotros mismos y la tanta confrontación que hacemos de los demás. ¿Tan poca oscuridad creemos que tenemos cuando miramos afuera y nos asustamos? ¿No es también perverso darle un lugar al monstruo y después decir que de dónde salió y cómo llegamos aquí? ¿Y nosotros? Somos Ziggy Stardust, el marciano heroico que viene a salvar el mundo. ¿Y el otro? Simon. "Simon says". Por eso nos tocamos la nariz, los pies y los codos. Por eso matamos. Por eso hacemos lo que hacemos.
Simon told me that he doesn`t exist.
Sorry, kids.



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