De todas las personas con las que me he cruzado, hoy me acuerdo esencialmente de Licia. Licia es una facilitadora de Bioneuroemoción y me regaló una
idea que me alivió la vida y que me parece mejor explicitar.
No voy a explicar ahora qué es Bioneuroemoción porque
no viene al caso y porque de explicarlo debería hablar también de su creador -Enric
Corbera- que es alguien que no me cae muy bien; un gallego que me resulta
bastante chanta y simplista -en sus apreciaciones del mundo- aunque “su”
método no esté para nada mal. O mejor dicho, lo que no está mal es que el
método se haya abierto paso en este mundo y se haya conseguido un transmisor… En este sentido es que no está mal. Pero con lo que no estoy de acuerdo es con que haya elegido a Corbera habiendo
en el mundo tanta otra gente…
Corbera, que con su cara redondita se pone tan suspicaz
con las vidas ajenas, no se le ha ocurrido -con la misma suspicacia- hacerse esta pregunta… Yo, si fuese él, me la hubiera hecho… Pero
como Corbera en esta vida es Corbera y yo soy yo; la hija de la madre que me ha
tocado, que no se alarma en absoluto de seguir adscribiendo a las teorías de
Lombroso para pensar y definir a las personas, Corbera la junta en pala y monta sus tiendas de gurú ante multitudes y yo
sigo acá sospechando del mundo entero y sin testigos… en soledad absoluta, a pesar de contar, como un az en la
manga para los malos tiempos de crisis de fe o las malas aproximaciones, con la frase curadora
de Caetano Veloso: “visto de cerca, nadie es normal”.
Lo que me pasa es que algo en su cara, en su gesto, en
su forma de hablar... Algo en su redondez... no me resulta afín a la idea de
sanar. Hay un libro de Massimo Bottura, el mejor chef del mundo según la Guía San Pellegrino 2016, que se llama: "Nunca confíes en un chef italiano flaco" y sin embargo este tipo de enunciaciones siempre me resultan más creíbles que las de quien dice: yo inventé este método; soy el creador de este saber, en un mundo en el que toda novedad seguramente ya ha sido inventada en algún siglo que nos quedó traspapelado. Me parece desconfiable y bastante miserable pensar en esos términos.
Y aunque el método… Bueno… ya: lo voy a explicar. En breve: se trata de una terapia alternativa de sanación que consiste –a partir de una dolencia, enfermedad o estado de malestar- en la confección del árbol genealógico de la persona consultante; árbol en el que se deben relevar ciertos datos considerados de importancia para averiguar cuál es su proyecto sentido y por tanto cuánto de lo que le pasa a esa persona en la vida está determinado por ese proyecto. ¿Y qué es el proyecto sentido? El sentido con el cual cada ser viene al mundo y que ha sido configurado, proyectado, por su ascendencia en el árbol genealógico (madre y padre, pero también abuelos y bisabuelos) y del que deberá librarse para acceder al punto cero que le corresponde como derecho humano: el de preguntarse quién es; para qué él/ella quieren estar en el mundo; para qué vino y a hacer qué. Porque si bien hay tres leyes a respetar: la ley de jerarquía (que los individuos deben estar ubicados en el orden en el que vinieron al mundo; que los grandes son los grandes y los chicos, los chicos); la ley de pertenencia al clan (que todo miembro del clan tiene derecho a ser incluido; que todo ser que ha venido está, aunque haya muerto o sido abortado o separado de su tribu) y por las cuales participamos de esas asociaciones naturales e ilícitas con las personas, llega un momento en que es posible que una persona queramos o necesitemos acceder a la verdad; esclarecer qué códigos situados en lo profundo de nuestras mentes en forma de creencias son los que nos rigen.
Es muy interesante y atractivo el método y los supuestos a partir de los cuales trabaja: la desconfianza del lenguaje, en tanto elemento racional; las enfermedades como hitos para la toma de conciencia y los cuerpos como los lugares donde lo no dicho aparece; donde un malestar toma forma y nombre para ser decodificado: qué hay debajo, detrás, en la sombra de esa enfermedad; que significa enfermar de una enfermedad y no de otra; de un órgano y no de otro hace al camino que se debe recorrer para llegar a la verdad. Se parte de la premisa de que lo que callamos se convierte en síntoma: creencia autolimitante o enfermedad.
Como mujer, escorpiana, con la luna en picis y seis de los doce planetas que componen el sistema solar en escorpio, metidos en la casa de escopio, a la hora de nacer, me resulta más que interesante un saber que tiene que ver con lo instintivo y salvaje; con el misterio, la magia, la hipersensibilidad, la empatía, lo no dicho y la profundidad.
Y aunque el método… Bueno… ya: lo voy a explicar. En breve: se trata de una terapia alternativa de sanación que consiste –a partir de una dolencia, enfermedad o estado de malestar- en la confección del árbol genealógico de la persona consultante; árbol en el que se deben relevar ciertos datos considerados de importancia para averiguar cuál es su proyecto sentido y por tanto cuánto de lo que le pasa a esa persona en la vida está determinado por ese proyecto. ¿Y qué es el proyecto sentido? El sentido con el cual cada ser viene al mundo y que ha sido configurado, proyectado, por su ascendencia en el árbol genealógico (madre y padre, pero también abuelos y bisabuelos) y del que deberá librarse para acceder al punto cero que le corresponde como derecho humano: el de preguntarse quién es; para qué él/ella quieren estar en el mundo; para qué vino y a hacer qué. Porque si bien hay tres leyes a respetar: la ley de jerarquía (que los individuos deben estar ubicados en el orden en el que vinieron al mundo; que los grandes son los grandes y los chicos, los chicos); la ley de pertenencia al clan (que todo miembro del clan tiene derecho a ser incluido; que todo ser que ha venido está, aunque haya muerto o sido abortado o separado de su tribu) y por las cuales participamos de esas asociaciones naturales e ilícitas con las personas, llega un momento en que es posible que una persona queramos o necesitemos acceder a la verdad; esclarecer qué códigos situados en lo profundo de nuestras mentes en forma de creencias son los que nos rigen.
Es muy interesante y atractivo el método y los supuestos a partir de los cuales trabaja: la desconfianza del lenguaje, en tanto elemento racional; las enfermedades como hitos para la toma de conciencia y los cuerpos como los lugares donde lo no dicho aparece; donde un malestar toma forma y nombre para ser decodificado: qué hay debajo, detrás, en la sombra de esa enfermedad; que significa enfermar de una enfermedad y no de otra; de un órgano y no de otro hace al camino que se debe recorrer para llegar a la verdad. Se parte de la premisa de que lo que callamos se convierte en síntoma: creencia autolimitante o enfermedad.
Como mujer, escorpiana, con la luna en picis y seis de los doce planetas que componen el sistema solar en escorpio, metidos en la casa de escopio, a la hora de nacer, me resulta más que interesante un saber que tiene que ver con lo instintivo y salvaje; con el misterio, la magia, la hipersensibilidad, la empatía, lo no dicho y la profundidad.
Después de años
de dar vueltas por distintas tiendas de milagros y saberes, me encontré con bioneuroemoción. Es injusto hablar del gordito Corbera, porque lo cierto es que detrás de esa puesta en escena; detrás de ese teatro un poco payasesco hay unos pesos pesados; el francés Marc Fréchet y nadie menos que el suizo Carl Gustav Jung.
Con Licia y mi llanto sin reparos a los
tres minutos de conocerla por un evento ocurrido diecisiete años atrás, oí las primeras resonancias de este mostro: “Llorá”,
me dijo. “El inconsciente no tiene tiempo”. Ya lo decía Jung.
Y fue como empezar de nuevo.
Ahora, dos años después de aquel hallazgo...
pienso que por algo la gente tiene el nombre que tiene.
Jung, el chabón.
Que salido de la sombra y pronunciado suena como joven.
Ahora, dos años después de aquel hallazgo...
pienso que por algo la gente tiene el nombre que tiene.
Jung, el chabón.
Que salido de la sombra y pronunciado suena como joven.

No hay comentarios:
Publicar un comentario