viernes, 12 de mayo de 2017

La sastrería


Volvamos al corte…
Mi abuelo era sastre.  
Y supongo que allí, aquí, en su sastrería yo aprendí más de lo que creo y menos de lo que me hubiese gustado.
Es tarde cuando le pregunto a mi hermana,” ¿por qué no le presté más atención? Me hubiera gustado aprender ese ejercicio: el de saber constituir con un solo lienzo un lugar…”. Cuando me asolan esas preguntas, mi hermana se queda muda.
-          Bueno, éramos chicas… Nos gustaba dibujar con tiza en la pared…
Las tizas eran blancas, eran planas y no escribían bien… las paredes estaban recubiertas con un machimbre y nosotras hacíamos mundos sobre esa madera. En ese pequeño lugar, su taller, que entonces me parecía gigante, mi abuelo cortaba con una tijera gigante el paño, el tweed, tosía de a ratos, masticaba cuando la tijera cerraba como si en vez de cortar la tela la mordiera y, luego, con la paciencia de un buddha hilvanaba; se ponía en la punta de sus dedos unos dedales con techo y de pie, contra la alta barra de madera, planchaba y construía con precisión la segunda y elegante piel de algunos hombres de antes.
Cuando hacía sus recreos en verano, dormía la siesta; su habitación, por la tarde, quedaba del lado de la casa por donde el sol ya había pasado. En invierno, venía a la cocina. Tomaba la merienda con nosotras, nos enseñaba a leer y a escribir –a pesar de tener sólo hasta sexto grado cursado- y sostenía una madeja nueva de lana que mi abuela iba desenvolviéndole para armar una pelota gigante de lana con la que comenzaría a tejer y que nosotras mirábamos pensando en alguna otra aventura.
Era increíble su paciencia para todo, para todos sus nietos. Su paciencia con las cosas, los tejidos de mi abuela y su forma de enseñar. Nosotras, que vivíamos al lado, nos refugiábamos allí todas las tardes, cruzando de una casa a la otra como pasándonos al lado de los buenos.
Pienso en mi abuelo y en tantas cosas que me hubiera gustado aprender de él, incluida esa paciencia…
Y entiendo que algo en mí de él ha quedado en el oficio de editar y ojalá en algunos otros lugares. Siento que ahora escribo sin tanto miedo al género que se me vaya poniendo en frente; con una soltura de horas de haber pasado la tijera y tantas horas de coser…
Y siento que cada vez me interesan menos las clasificaciones de la escritura y de todo. Que me parece, querer saber o decir sabiendo qué se está diciendo o hacia dónde se va, un gesto torpe, regresivo. Que yo quiero no saber nada de antemano. Quiero vivir con la edad de la infancia por encima de las otras. Mirar con esa curiosidad, someter todo a cuestionamiento, creer, en algo, aunque mañana no me importe o no le recuerde pero haya en ese momento fe, fe total y ciega. Escribir más honestamente; más como se vive, como se puede, como sale. Confiando en que hay algo que sé; que ha quedado en mí de aquel oficio.
Cuando se corta y se une un fragmento con otro hay algo de uno en esas uniones. En el armado de un conjunto, se arma un sentido, un estilo, un lugar, una piel.
Muchas veces miro con cierta perspectiva este hacer así y lo veo con cierto desdén, como un pachwear. Lo veo y no me gusta. Armar un pachwear para la nieta de un sastre no es un orgullo. Siempre siento mucha más admiración por la contundencia del corte de un solo lienzo, de un solo género, por la capacidad de dar forma en tres dimensiones a una sola cosa. Me parece algo maravilloso. Tal vez por eso me gusten tanto la arquitectura y el diseño de indumentaria. Los considero juegos creativos de otra dimensión.
Sin embargo, hay quienes han sabido hacer de este único plano -poniendo tinta sobre papel-
una vuelta al mundo; han sabido construir universos enteros fantásticos, góticos, maravillosos… Yo no lo sé. Coso retazos y me pregunto si alguna vez tendré la sabiduría y el entendimiento de cortar y unir en una sola tela. Hacer en un mismo lienzo de principio a fin. Un lugar de un único color, cuya única versatilidad consista en la flexión y no en los fragmentos. Que me sienta justo y sin arrugas; que tenga el charm depurado de los trajes de mi abuelo.
Los sastres han desaparecido casi todos y las sastrerías también. La de mi abuelo es ahora el lavadero de mi casa que no logra tomar forma de nada… que está como un lugar donde me encuentro sutilmente con su presencia y su cariño. No sé qué hacer aún en ese lugar. Mientras tanto lavo ropa. Abro la máquina de lavar y tironeo un poco de las prendas enredadas, de los fragmentos hasta que se vuelven pequeñas piezas arrugadas que sacudo y puedo colgar.
Juan viene caminando con el centímetro colgado, apoyado en la nuca, como una bufanda abierta.
-          ¿Qué es esto?- me pregunta, con un tono risueñamente musical
-          Un metro, Juan. Algo que usaba el papá del abubo para tomar medidas…
-          El papá del abubo…. –repite.
-          Hacía ropa de hombres. Tenía un oficio que ya no existe más.
Y él mira los números inscritos en la tira de plástico blanca y amarilla.
Se ríe.



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