Punto número uno: voy a decepcionar a los lectores de este blog, aunque
ya creo haberlo hecho. No voy a cumplir con la promesa de escribir todos-todos
los días porque no quiero. Porque no soy César Aira; porque no me gusta cumplir
cuando no siento las cosas y porque puede ser que en el momento en que
haya promulgado esa promesa no estuviera en el mismo estadio de conciencia que en el que estoy ahora… Y al cabo de veintipico de días ya estoy notando que no tiene sentido el
propósito original; lo que no quiere decir que no haya aquí ningún propósito
o sentido; sencillamente estoy diciendo que ya no estoy de acuerdo con esa
idea.
Yo no creo que sea bueno escribir todos los días. Ni creo que sea bueno
trabajar todos los días ni creo que nada sea tan bueno como para hacerlo todos
los días salvo aquellas acciones tendientes a satisfacer ciertas necesidades
básicas: dormir, tomar agua, bañarse, comer, etc. Aunque también creo que sería
bueno todos los días amar y sonreír. Agradecer y respirar conscientemente.
Decaparse un poco el ego; saludar a alguien y charlar tres minutos, leer o
dejarse levemente influenciar por algo lindo o constructivo.
Yo no soy de la gente a la que le sale obligarse a cosas porque más
temprano que tarde no me funciona. No me funciono a mí misma.
No creo que sea bueno escribir todos los días porque no creo que todos
los días uno tenga algo que decir. Aunque sí es verdad que por deformación de
la civilización casi todos los días nos vemos obligados a hablar como si por
eso estuviéramos comunicándonos.
Yo creo que es un problema que los diarios salgan todos los días. Que
tengan que salir sí o sí, porque parecería –a quién le parecería no sé, pero el
imaginario colectivo ya absorbió, entre tantas cosas que no le hacen bien, la idea
de que los periódicos salgan diariamente- que es bochornoso que el periodismo
no tenga nada para decir. Y, sin embargo, yo lo encuentro tan saludable… que se
callen un poco… La libertad de expresión está sobrevalorada sobre todo cuando
está entendida como está entendida y manipulada por el poder como está
manipulada.
Yo prefiero hablar cuando tengo algo para decir y no por ejemplo ahora
que, sencillamente, sólo estoy dando explicaciones que nadie me pidió pero que,
de todos modos, me parecen más dignas que salir a narrar textos hiperrealistas;
contar historias para llenar el lugar o ficcionalizar mi vida.
Leo a Karl Ove Knousgard –de ahora en adelante KON- y me pregunto: ¿qué
sentido tendrá que cuente el atuendo de dos pibes que se encuentra en el
aeropuerto y con los que no habla ni se relaciona mientras espera abordar el
avión que lo llevará a encontrarse con su hermano para ir al entierro de su
padre cuando esos dos jóvenes no vienen a cuento de nada?
La mayoría de las veces siento que a la mayoría de las novelas/
ensayos/poesías/manuales les sobran muchas páginas…. Y no es joda: son árboles
que caen. Y no solamente árboles que caen sino también palabras, pensamiento,
metáforas e imágenes que embarullan la claridad de la conciencia.
¿Por qué no ser más austeros; más medidos; menos realistas y menos
escatológicos? No necesitamos saber cómo van al baño todos los escritores del
planeta Tierra porque además es muy probable que no sean allí demasiado
creativos… Creo que estoy librando internamente algunas cruzadas.
La primera es contra los detalles sobreentendidos como acercamiento con
el lector. No tengo muy muy en claro porqué este disgusto con ellos, pero tengo
algunas sospechas: a) porque no me interesa estar taaaaannn cerca con “el
lector” cuando, la mayoría de las veces, no tengo ni idea de quién es. b)
porque en la relación con la gente la distancia me parece un punto muy
importante: es aire, es perspectiva; no es poca cosa. c) porque creo que en este
mundo de la sobreabundancia: de álbumes de millones de fotos; del fast food;
fast fashion; la falta de límites entre el territorios de lo público y lo privado;
la relación metonímica que nos hace pensar que el ego de la persona o la carrera
de la persona es la persona, cuanto menos sobrecarguemos el mundo, mejor.
La segunda es que me alcanza suficiente con respirar el mismo aire que
tantos extraños; que tener, como los otros, las mismas inscripciones: el DNI,
la ley, la fe occidental, las tapas de los diarios, las planillas de AFIP. Me
alcanza vivir al mismo tiempo (aunque no siempre al mismo ritmo). Me alcanza y
me sobra con eso.
La tercera es que… me gusta leer a KON, ¿no? Me gusta y me gustan sus
detalles como también me gusta leer a Saer, aunque preferiría que muchos otros
escritores no me entraran en tantos detalles… Pero, yo digo: ¿es necesario que
me ponga a contarles mi día tras día? ¿Los detalles y la crónica diaria es el
concepto que tenemos de intimidad? ¿Es necesaria tanta intimidad mal entendida?
¿Para qué? Pienso en KON y pienso en su mujer, en sus hijos… Siento que hay
zonas de nuestra existencia que es miserable exponer a la luz de todos. Y no porque
sean miserables. Capaz, sean maravillosos… Pero no me gustan ese tipo de
escritores que ponen como bien supremo su obra, cagándose en su vida y la de
todos los demás que la sostienen… Sin pensar cuánto pesan las palabras dichas y
cuánto mejor es a veces parar de hablar y sencillamente mirar. Aunque de esa
mirada no queden rastros. El ego que pretende trascender a la persona y
llevarla a otro tiempo; el ego que deja las costas a los hijos… el ego por la
falta de amor propio… eso es de lo que desconfío. Del ego. Y de una época de
tanta narración sobre todo y de tanto metalenguajes. “Cada cosa debe mantenerse
en su propia esencia” había dicho Leonardo Da Vinci. Y San Martín lo dijo así: “serás
lo que debas ser o no serás nada”. Ser. Es un poco eso de lo que estoy
hablando, lo que estoy buscando, lo que me interesa. Y de lo que me interesa
hablar con alguien.
Y si deseo hablar desde ahí cuento más de mí y más de hoy si escribo esta
idea: faltan espacios. Para pensar, para dudar, para meditar, para desear
encontrar, para inventar, para imaginar, para crear.
Conformensé: no voy a desnudarme en pleno invierno.

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