sábado, 23 de septiembre de 2017

El amor


A palabras que se dicen de otro modo y esconden su esencia:
viajero suena casi a reincidente y “viajante”, a un tipo cansado…
Me gusta decir “viajador”. Que suena a amador y a un verbo,
que es lo más importante que pasa cuando alguien viaja.

A los silencios y a los tiempos de no hacer.
Al placer, tan parecido a la risa.
A la falta de prisa, en estos tiempos. Para lo que sea.

El amor a la luz,
al azul, que es al mar,
a la mar
al amar

A la tarde de sol,
al camino,
las flores.
A las ganas.

A la fotografía.
A la poesía. (Una amiga transcribió una poesía que leí. Decía: “es cierto, no elegí venir y tampoco quiero irme; pero mientras estoy aquí tomaré ciertas decisiones contingentes al hecho de estar aquí”. Lo leí y pensé: bien a quien le guste; bien a quien no. El mundo está lleno de búsqueda de aliados, fortalezas y un pensamiento totalitario y tranquilizador. Yo quiero la paz que me da la debilidad de un pensamiento propio, único, unicista e inquietante).

A despertar con la mano de Juan en el pelo y el sol dentro de casa.
A dormir para olvidar todo, para dejarse ir al mar profundo y nadar.

A las postales que se van de donde son para ser del lugar adonde llegan

El amor que enseñamos,
del que aprendemos
el que nos falta y nos sobra y no tiene límites tan claros
el amor que contamos para seguir ahí un rato
del que no podríamos, no sabríamos cómo, hablar porque las palabras son otra cosa.

A las películas que vimos en el cine
A la mutua aceptación de la desinteligencia.
Al tacto de todo lo infinito que cabe en una mano.
A la música. Definitivamente.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Hacia la primavera

                  

Siguiendo al cielo rosa de la primavera me perdí en la tarde sin llegar al mar
Hubiera sido mejor (o tal vez no)

emprender la búsqueda
de destinos más precisos.

Quizá estuvo bien… caminar así…
sin pensar en nada, sin llegar a nada

sólo ocurriendo, como el cielo ese.

Vi -a través de la ventana de una casa- cómo iluminaba una sala la luz del televisor. En el inmenso jardín todavía soleado, un pino alto y añejo bailaba sin gracia como Bryan Ferry. Supuse que había un señor aburrido sentado frente al televisor. Dicen que ya no se dice “la luz de los rayos catódicos”; que no existen más. Yo no sé porque no tengo tele ni es algo que vaya a tener. Y yo no sé cómo se dice la tristeza que me causa esa falsa luminosidad, ese estar afuera de la vida misma, ese dejarse estar. Ese dormirse, empalidecer bajo la luz sin brillo de lo que le pasa a un quién que no importa en algún otro lugar. Esa luz mortífera bañando el mundo, me preocupa más que el mundo en sí. No supe qué hacer más que irme. Guardar la postal de la desesperanza. Seguir.
Y luego vi el sol de la tarde alumbrando a la naturaleza que florece y vi el método de nacimiento de las flores; me sentí feliz por ese despunte suave que hacen, como si se quitaran algo, frente a un desconocido. O como si se desperezaran.

Pensé en llamar a mi novio, decirle: “hola… sí… ahora voy a comprar un budín, me pasó tal cosa…” y me aburrí de pensar en la crónica contingente. Pensé en el cuento de Salinger: Un día perfecto para el pez banana, con una mujer hablando por teléfono mientras se pinta las uñas, una madre la agobia y un tipo se muere de desesperación. Pensé en el remedio de psicomagia de Alejandro Jodorowsky contra las madres que hablan por teléfono y me reí. ¿Cuándo se toma el rumbo equivocado de prestarse a negociar la soledad con la pericia de los gitanos sobre un rectángulo de titanio? ¿Qué sentido tiene esa información de mí? La vida mundana no me hace justicia.

Sentí una rara falta de confort en este deber ser de empezar a pensar el mundo de a dos. Nunca pude y no sé si pueda hacerlo. Creo que no creo en eso. Sí en el amor pero no en el binomio. Estar acá, a intervalos, siento que es casi lo máximo que puedo dar. Después… miro como ven mis ojos. Camino según pisan mis pies. Advierto a veces con gracia, a veces con miedo, la proximidad de los otros y tengo la necesidad de resguardarme en un hipotético territorio que siempre percibo en la frontera. En otra vida debo haber sido vasco. O judía. O alguien que no encontró un lugar.

Después, supe ya sin culpa, más tranquila, que soy impar; no incompleta y que eso no me pesa en absoluto aunque a otros sí. Respiré profundo. Soy una y ¿cuántos números tiene, al fin y al cabo, el infinito? Parecería que con dos la cuenta alcanza para estar en paz. Y no voy a meterme con la mediocridad de la gente. Bastante con lo del televisor. Alguna vez festejé un cumpleaños con mucha gente y no sé si la pasé bien. Alguna vez lloré sola en un subte lleno que no frenó en Medrano. Alguna vez me enamoré en un lugar inoportuno. Algunas veces me calma saber que la profundidad de la existencia humana no es numérica ni puede contabilizarse. ¿Con quién estoy, con quién estuve, con quién estaba realmente? Hay cosas para las que se me agotan las palabras.

Creí que un rato conmigo misma me hacía falta y me iba a hacer bien. Compré un budín de limón y pensé en tomar cerveza, pero eran las seis de la tarde; llevaba en la mochila un libro demasiado grueso y el compromiso de volver pronto. A los lugares donde se oficia de madre no se vuelve con una pinta puesta encima con la frescura de Patti Smith.

Dejé –o al menos lo intento- de querer que algo se aquiete para que exista el momento propiciatorio de la escritura. Espero, en falsa calma, hasta el rato en que logre reaparecer. Y tomo nota mental del movimiento aunque sepa que hasta que el día cese y también mi estar afuera yo no voy a poder escribir.

Entendí que iba a hacerse de noche porque siempre pasa.

Confié en el meridiano de esas horas de vigilia antes del sueño para sentarme aquí a saber que las no tan altas horas de la noche me encantan como acariciar con el pie a mi perro Negro y sentir la quietud del lomo que late y los pelos suaves, mientras en silencio él disfruta estar echado y respira, y yo reconozco un fractal de la paz.

No medí. No evalué. No razoné. No conocí.
Anduve
Y, así, disparatadamente tuve la certeza de que en la bifurcación de la filosofía es seguro yo hubiera tomado el rumbo de Heráclito; no de Parménides. Tal vez, el rumbo equivocado, pero Heráclito, cultor de la vida sensible; no de la vida medida y sin error, me hubiera arrastrado sin dudas. No sé porqué seguimos creyéndonos seres racionales, morales, científicos, como si eso nos diera status frente a otras creaciones y especies. ¿Hasta cuándo va a sobrevivir esta mentira? Pienso en el mito de la caverna; pero sobre todo pienso en el mito del que tuvo la gentileza de subir, comprender y bajar a contar algo sobre la sabiduría… Primero: yo tampoco querría que nadie venga a advertirme de la verdad en otro lugar. Y, segundo: ¿cómo nadie lo advirtió? El sol es a great ball of fire y si alguien pudiera regresar de allí, regresaría quemado. Prefiero la luz que permite las sombras. Prefiero el espacio sin imágenes que motiva a la imaginación. Me alcanza con advertir el conocimiento del mundo es a través de unas falaces percepciones que me siguen como latas vacías de gaseosa unidas en un cordel al auto de los recién casados. Van a ras del suelo.
El sol es inalcanzable.
El cielo es inasible.
La luz, intermitente.

Volví, al tiempo presente, a mirar la puerta blanca bajo los árboles; la puerta que se abre cuando llego a buscar a mi hijo a su clase de yoga, a guardar mi afán vagabundo y el sinuoso periplo para un día después. A sentir ese abrazo inmenso, más hermoso y grande que todo lo que pueda ver, pensar, decir, saber, dejar, creer, percibir, sospechar, entender…


Y le dije: “Está por llegar la primavera”.  

Agosto

lunes, 10 de julio de 2017

Duermevela

Domingo
Me siento frente a la notebook recién cuando Juan se queda dormido. Son bastante pasadas las diez. Los domingos son complicados: reinstaurar el sistema de vida escolar/laboral cuando nos hemos levantado tarde y estamos desperezados de más, en un brunch eterno, paseando sin apuro cosas por la casa y luego las consecuencias: las noches despabilados… Se duerme y yo me siento sola por primera vez al día frente a la hoja en blanco. Los primeros minutos los celebro: un recreo, la libertad… Los siguientes estoy frente a la página en blanco y no sé qué escribir. No puedo empezar, no puedo retomar las ideas punteadas o los textos empezados, no puedo traducir a un texto nuevo corto, ponche, la experiencia vivida estos días…
 Yo no tengo el pánico a la página en blanco.
No tengo eso
ni tengo insomnio
ni tampoco creo en enfermarse.
Cuando miro sin ver la página en blanco y no empiezo me fastidio. No puedo pensar como John Cage frente a la bomba atómica que dada la existencia de un sonido al que no se puede sobrevivir, la historia de la música está garantizada para siempre. Pienso… que los dones son un regalo caprichoso; que pueden mutar; que no se manejan… que las inspiraciones vienen cuando quieren y me dedico temporalmente a esperarlos sin pensar en ellos, mirando otras cosas.
Cuando no duermo y estoy contracturada sin que me sirva elongar hasta retorcerme como un ovillo o escuchar meditaciones mudas o cantadas, también me fastidio. Y cuando me enfermo, hasta que entiendo qué cosa tenían para decirme las defensas bajas, también. Con esa clase de fastidio que les ocurre a los niños cuando están cansados, porque el cansancio no es de los niños. Los niños tienen sueño o tienen energía. Pero no ese estado de deterioro y naufragio que es el cansancio.
Un hombre me dijo una vez: “envidio cómo dormís. Te entregás con una liviandad de consciencia que no existe en el mundo” Una amiga me dijo una vez: “yo no sé cómo hacés… Sos capaz de dormir al lado de un asesino serial pensando que mañana será otro día...”. Los dos me hicieron reír. Ahora, sentada acá, sin sueño y sin palabras, no me río. Pienso si sigo siendo esa persona… O ya pasó. Pienso en esa verdad del saber popular que dice que con los años dormís menos… Y pienso si voy camino a convertirme en la gente que se levanta al alba y sale a buscar el pan y el diario, cuando ni el pan, ni el día, ni el diario han llegado…

                                                           (foto de Rinko Kawauchi)
Lunes
Esta noche estoy reescribiendo pedazos de la tercera parte del texto de mi otro blog, que abandoné en la puerta, porque es demasiado extenso. Habla del ocho de marzo que para mí fue el día de celebrar a ocho maestras que conocí cuando volví a vivir a Mar del Plata. Pero no lo puedo escribir. Estoy frente a la página en blanco pensando en Juan Forn.
En algo que dice en el prólogo de María Domecq: que durante los años de escribir sin parar había canibalizado una historia –esa- que merecía otro tiempo, otra pausa, otra extensión.
Las ocho mujeres son parte de una novela. Las ocho se enhebran y cruzan; no me es sencillo separarlas por nombre y rubro. No ha funcionado su saber así en mi vida… sino en un tejido. Y ahora no tengo ni las ganas ni el tiempo de afrontar el desafío de escribir esa novela cuando tengo tanto de otras tantas cosas que escribir que no sé por dónde empezar.  
Son las 2 am.
No debería estar sabiéndolo…

Martes
A la mañana me levanto feliz porque voy a ir a nadar. Me espera 8.15 am la pileta de 25 metros y este es el plan: nadar mucho, enérgicamente, sacarme la tontera del mal sueño, gastarme toda la energía, finalmente luego, entonces sí: esta noche dormir.
Estoy lenta en el agua y no coordino las brazadas de espalda… Vuelvo los 25 metros patada fuerte  de crawl, abrazada a la tabla colorada, la cabeza apoyada allí arriba, queriendo entregarla al final del recorrido. En el borde de la pileta está Guille, el profe, y se ríe. Se ríe Darío, que nada al lado mío… Y un par más.
-          ¿Qué te pasa?- me pregunta Darío, acercándose
-          Ehhh, ¿te alcanzo un café, una medialuna, un gatorade?- se burla Guille. ¿O todo?
-          Todo. En ese orden.
Al atardecer compro un libro. Si no duermo y no escribo y nado como un zepelín que aterrizó en la pileta, al menos necesito leer. “Este es el mar” de Mariana Enríquez me parece el libro ideal. Zambullirme en el rock, en el amor, en el mar, en la literatura… ¿cómo no querría?
Es todo lo que quiero.
Pero no todo resulta tan ideal.
El libro no me gusta…
Aunque también escriba,
aunque también el mar
y el deseo… y todo el limbo del amor…
Aunque también amé a un rockstar
y me revolqué con él.
Soy una romántica; no una freak.
Ni una buena fan. Ni una devota.
Creo, como Prince, que Dios está en cada uno de nosotros.
A veces, durmiendo.
A veces, no.


Miércoles
Por la mañana, leo un perfil/entrevista a Zaffaroni con la que el periodista Federico Bianchini ganó el premio Don Quijote, entregado por los reyes de España. “El gran anfibio” es un gran relato, a un gran jurista, ex juez la Corte, docente y hombre. Me gusta la gente así: que no ostenta un cargo porque no es un cargo. Es mucho más y mucho menos que eso. Un tipo humilde. En eso consiste su grandeza. Y en su picardía.
Además, nada. A los setenta y dos años, Eugenio Zaffaroni hace 1000 mts. diarios –40 piletas de 25 metros– a ritmo regular, una hora al día. Su hora sagrada, su hora de paz… Cuando el mundo se pone oscuro, se pone lento, todo mal, Eugenio se zambulle en el agua y respira.
A la tarde voy a lo de Clarisa: otra anfibia. Clarisa es psicóloga, instructora de yoga, de mindfulness, conocedora de la tradición ayurvédica, para cuidar el cuerpo y tiene una maestría en temas relacionados con la ansiedad. Clarisa medita, reflexiona, respira, piensa, suelta. Y a mí me propone lo mismo. Yo le hago el listado de relaciones en las que naufragué.
-          ¿te hubieras querido quedar en alguno de esos puertos por los que pasaste?
-          No. Pero ¿no debería pensar algo de mí si ninguno de todos los puertos era?
-          Sí. Que toda condena tiene un final, ¿o no? Y que ya basta con vos… Basta de darte. Y, también, que te bastes, que te alcances. Constelá este tema y soltalo. Ya está. El pasado ya está.
Es raro abrir el día con Zaffaroni y cerrarlo con Clarisa…
Tan garantista y comprensiva que soy para con los demás… y tan dura conmigo misma.

 
Jueves
El jueves vuelvo a nadar.
Voy a la tardecita.
Con otro equipo y otro profesor.
Dejo la cabeza, la literatura, la presión, la escritura, el cansancio,
se lo dejo al agua.
A intervalos siento el sonido del agua intraducible y el tsunami de amor de Chayanne.
Braceo, pateo, respiro, guardo el aire y lo suelto suavemente, en un subacuático extenso de más de media pileta. Elongo, subo la escalera que baja de mi cuerpo el nivel del agua. Dejo atrás al hombre más perfecto del mundo, acomodando flotadores. Y cruzo la puerta vaivén al vestuario donde todos los perfumes y el champú son uno solo. En otra vida fui un pez. De eso estoy segura. Pero no tengo forma de probarlo.


Viernes
En el jardín de infantes, celebran el 9 de julio. Y durante el acto los padres vemos un film que rodaron los chicos de la sala de 4, la sala de Juan. Se llama “Argentina, la película”. Y es un relato más verosímil que este que yo estoy armando acá. Cuando termina, la seño Caro les pregunta a los chicos:
-          ¿Qué es la independencia?-
-          La independencia es ir sólo al baño- le contesta Mateo, muy convencido.
La independencia. La autonomía. La libertad.
Eso que dice Mateo y la frase que me dijo en su consultorio una médica traumatóloga que había vivido en Suiza y que miró una RX de la columna de Juan: autonomía es autoestima. Y una canción de Calamaro: “Creo que todos buscamos lo mismo. No sabemos muy bien ni dónde está…”
Me emocionan siempre los actos del jardín. En todos, termino sacándome lágrimas de las comisuras de los ojos. No sé si es mi hijo, el amor, la idea emocional de aprender, la patria, la vejez, la incontinencia o qué. Pero ya ni lo disimulo.
Es viernes a la noche. Más que antes, el cansancio se adelanta a todas las cosas. Está adelante del fin de semana, de las ganas de ver a mi amiga, de comer algo rico, de tomar un vino. Pero nos sobreponemos. Viene y cocino. Stockeamos una docena de facebooks. Hablamos de hombres, de libros, de cantar, de viajar, del laburo. De todo lo que nos malinterpretaron nuestros padres; todo lo que pensaron que éramos y no somos. De todo lo que aún no sabemos de nosotras mismas. Del stress que nos generan las citas; ese cansancio de todo lo que te implica la previa de un encuentro y que hace que termines decidiendo ir a lo simple: leer a Coetzee, elegir un film en Netflix, apuntarte en un curso de teatro, bajar la basura, comprar chocolate, escuchar a Rod Stewart, sublimar el amor.
-          No, mi vida. Así no se usa esto…-me dice seriamente, en el momento más importante de la noche, mientras todo el placard afuera, arriba de la mesa, está allí revuelto, así seleccionamos lo que ya no queremos ni ver de lo que nos cuenta mejor.
-          Ayer pasé por el negocio de ropa de una amiga… -le digo. - Y le conté que en medio de estas noches de insomnio habré perdido fácil dos horas de una noche mirando qué se ponen algunas chicas que me encantan… Milena Busquets, Uma Thurman, Charlotte Gainsbourg, Jane Birkin… Me sentí una freak haciéndolo pero cuando llegué a su local, ella me confesó que perdió todas las noches de la semana pasada mirando una serie de lo más clase z y retorcida sólo para ver los outfits de Naomi Watts y me sentí mejor… ¿Podemos perder tanto tiempo en esto?
-          Y sí… Sobre todo cuando querés revolear a la mierda unas Nike air max que se re usan con tapado…
-          Pero son muy blancas… me equivoqué… No es mi estilo… No sé qué me pasó… Te tiro un hashtag…- le digo, de pronto.
-          Tirame esta calcita es el hashtag- interrumpe levantando un trapo de la barra - Las Nike están adentro. Esto no va más.
La miro fijo, con seriedad, la cabeza de costado, un frunce en la boca, poca convicción… Se la arrebato, como si me hubiera quitado mi trapo de apego.
-          La amo. No sé si no va más… Pero para mí, va.


Sábado
El sábado fue un día tan intenso que no puedo ni contarlo. Un día de muchas emociones que para mí trascienden lo que son. La facultad de Arquitectura donde trabajo, la FAUD, organizó una jornada increíble. Hice tanto en La Plata para reunir el hacer de los demás, en ese libro que fue: La Plata, ciudad inventada, que sentarme en una butaca a ver eso mismo hecho en mi ciudad de origen y desde otro lugar es grandioso. A alguien se le ocurrió un relato colectivo llamado: conversaciones entre la Pampa y el Mar. Dicen que fue a un fotógrafo rosarino, Gustavo Fritegotto, que empezó a reclutar otras miradas y sensibilidades y a hacer sin pausa y sin demasiadas palabras un encuentro con horizontes federales. Me conmueven, me inspiran los encuentros y cruces de las miradas artísticas de distintas disciplinas; miradas genuinas sobre el tema que más nos cuenta: los lugares de los que somos. Son más que una ciudad y menos ambiciosos que la identidad que, al fin y al cabo, tanto cuesta vislumbrar.
Vienen a la misma mesa de la mañana: tres fotógrafos –Gustavo Fritegotto, Diego Izquierdo, Malala Lekander- tres arquitectos –Gerardo Caballero, Marcos Rampulla, Roberto Fernández-, un compositor musical –Martín Virgilli- y los que organizan –otro arquitecto, Eugenio Fernández- y el músico, Leopoldo Juanes. A la noche, cierra el evento la banda de Leo, creciente, en un concierto circular que salpica un mareo, un vaivén, de las olas y los vientos al resto de los oídos y ciudades. Podría hablar mil días –quizás más- sobre muchas cosas que dijeron y mostraron; sobre lo que descubrí de ellos, del mundo y de mí y de lo que me quedé de todos ellos, de su trabajo.
Pero justo en este momento prefiero sintetizar.
Contar que nunca me imaginé que el paisaje para las ciudades con habla que proviene del latín paisaje significa: lo que comparten los paisanos. A diferencia del paisaje, en idioma sajón y alemán, que habla de la vista de un mismo panorama, como si existiera la posibilidad de una misma vista.
Contar la construcción que se derriba. El futuro. La novedad. Una de las tantas frases osadas del arquitecto Roberto Fernández: “no somos constructores de eternidades”.
A la noche, llovizna un poco.
Suena la música y abre un canal mejor, un cielo cerrado, un camino.
                                                            (foto de Malala Lekander) 

                                                             (foto de Gustavo Fritegotto)
Domingo
Es domingo otra vez. Y el mar y la pampa se han despedido. Cada cual vuelve a su lugar.
A la tarde miro el mar y le mando a Malala la línea del horizonte marplatense, sin ninguna pretensión de que esta foto ocupe un lugar en la colección fotográfica de imágenes atesorables, pero con la idea de una postal, un recuerdo, un souvenir de la ciudad. Una forma en que le agradezco haber traido su trabajo del fin del mundo, del Estrecho de Magallanes y sus dibujos de las bajas mareas hasta esta ciudad. Y pienso en cuántas veces, a lo largo de mi vida, vi esa línea de unión entre el cielo y la tierra en esta ciudad. Qué bueno volver a ser alguien de aquí, de este lugar. Ser de a ratos una playa en particular y, de a ratos, arena que se escurre entre la arena, que vuela lejos, que llega al mar. Que se pierde y se encuentra entre los otros, como un granito de arena más.
De noche en facebook, otras dos mujeres postean fotos de cielos y de tierras y de mares. Eli, mi compañera de pileta. Marion, la tía de mi hermano. Miro esos cielos de otras mujeres… Los cielos voluminosos como tules de dos tonos; los cielos batik. El cielo limpio y calmo de la mente aquietada. El lienzo que espera. El cielo profundo, el horizonte y el mar.
2 am.
Esta vez, lo sé. Lo sé  sin arrepentimiento.  
Cuando escribo, cuando vivo y comparto otras formas de narrar restablezco mi equilibrio con el universo.
No hay cansancio ni fastidio…
Hay por delante una noche corta y un sueño profundo. 
                                                (Foto de Marion Rohe Kaufer, en North Carolina)

miércoles, 21 de junio de 2017

04.24


…hemos entrado al frío…
y así pasarán tres meses.
Pero la luz de las estrellas está allí...
Nítida,
sobre las seis de la tarde.
No sé qué decir de este tiempo de guarda,
de lana,
de aurora:
de su fría luminiscencia en el cielo oscuro.
Padezco el invierno aunque cocine y prenda velas.
Aunque se respire más profundo
Aunque la soledad no le inquiete tanto a nadie
Aunque la mañana frente al mar
Aunque el sillón, la casa, la música.
El invierno me quita la esperanza, esa espuma festiva y liviana...
pero me da fe: un crecimiento inesperado,
rudo, aventurado,
desde la nada misma.
Suelo pensar que no está demás
perder todas las hojas una vez por año;
quedarse desnudos
no tener a cubierto la estructura y no tener
capacidad de seducción
o algo por el estilo
Ver. La estructura y ya.
…perfiles erguidos en el medio de la nada,
el campo seco, el norte gris
la humana necesidad
de calor y de abrigo.
Pienso que por algo habrá que aprender
a tener paz/ciencia
Por algo el mediodía lánguido
del sol sobre el trópico de capricornio
por algo la noche larga,
la oruga en el almohadón
la aceptación,
la intemperie,
el brillo evanescente
el enigma,
la lectura,
las enunciaciones con austeridad,
el sentir de un canto
que ya encontraré
y el silencio de los bosques.

viernes, 16 de junio de 2017

Viernes


Soy una convencida de que la terapia puede cosas  que parecen imposibles, y en ese sentido, es milagrosa. Cada tanto matizo este ejercicio con chucherías de tiendas de milagros, pero pronto vuelvo allí. El hábito de reflexionar –frente a las personas adecuadas– me parece un ejercicio tan necesario y saludable como el de cepillarse los dientes, por ejemplo. Y creo que el trabajo cotidiano y sostenido cambia las cosas o la mirada que tenemos de ellas y cómo nos sentimos, para salir de los lugares donde habitualmente quedamos entrampados.
Y hablando de lo imposible… nunca me imaginé que iba a iniciar un viernes en terapia hablando de Gastón Gaudio... “Qué mal la estoy pasando”. Su frase tuvo otra estética: el grito frente al público y el derrame al suelo en un court de tennis. La mía fue un susurro, a media asta entre el llanto y la risa.
Dije que la terapia hace cosas milagrosas pero no mágicas.
No gané el Roland Garrós.
Hablé, lloré, pensé y me reí, como siempre con Mariana.
Me sentí conforme con cuatro cosas. No haberme metido en el medio de una implosión. Sentir la incomodidad de la vergüenza. Saber algo del lugar de la vulnerabilidad. Y encontrar la primera herida.
¿Qué más, para un viernes por la mañana?
A la salida llovía.
Crucé la calle buscando un café y un techo.
No había ni un techo ni un café.


Y disfruté la lluvia entrándome en el pelo.

lunes, 12 de junio de 2017

Sail away


Esta mañana me levanté con un recuerdo que no tenía yo sino facebook. No se trataba de una foto, sino de una frase. No la había escrito yo, sino Mark Twain, pero aquello que juntamos… eso que nos queda y que decimos de otros en nombre propio; lo que creemos y con las canciones que andamos son un poco lo que somos… las cosas que nos cuentan. Sería lo mismo mirar una foto vieja: ver eso que no somos pero que tiene algo de nosotros. Un recuerdo obligado por la imagen. Pero en este caso hay un plus. Tiene, la literatura, un don particular: el que nos permite, al volver a leer, ir hacia otros lugares y no a aquel específico que evoca el momento. Tal vez un poco por eso escriba… Tal vez por eso leo. Para ensanchar la posibilidad de ver cuando miro, de vivir cuando vivo. Y la frase dice algo así: “Dentro de veinte años estarás más desilusionado de las cosas que no hiciste que de las cosas que hayas hecho. Así que lanza la amarra. Navega fuera del puerto seguro. Toma los vientos del cambio en tus velas. Explora. Descubre. Sueña”. La traducción no es literal. Porque no creo mucho en esas cosas… Ni en la posibilidad de las traducciones ni en las literalidades. Ahí va en su idioma natal: “Twenty years from now you will be more disappointed by the things you didn’t do than by the ones you did do. So throw off the bowlines. Sail away from the safe harbor. Catch the trade winds in your sails. Explore. Dream. Discover”, Mark Twain. 
Amo ese arrojo a la aventura y a la vida que tuvo el siglo XIX. Y mucho más lo amo cuando parecería que no nos queda mucho más qué descubrir. Es un buen momento para el punto cero.
Vaya, esta vez, el texto junto a una canción. La canción de un disco que la revista Rolling Stone incluyera dentro de los 500 imprescindibles. Randy Newman: Sail away. https://www.youtube.com/watch?v=A5hFQFPFcHo

viernes, 9 de junio de 2017

luna. llena. (de junio)

                                                                                                     Issey Miyake y su origami

Creo que siempre, en los días de luna llena,
voy a escribir sobre ella.
No sé mirar de otra forma cuando está.

No sé no dejarme incidir,
no pensar en la luz y en el agua
en la temperatura y en la redondez,
en la plenitud de un ciclo,
El fin. Y el recomienzo.

En la distante consistencia…
de los aprendizajes silenciosos
signados por la naturaleza
y la posterior claridad

Es una íntima convicción:
que la conexión es
la combinación de todas las sutilezas y las fuerzas
hasta que lo perfecto existe

Y hay hechos humanos perfectos;
Tanto, que parecen naturales.
Redondos.
Como surgidos en su expresión para hablar de su esencia

Canciones, perfumes, entendimientos y roces
Cuadros
Palabras
Silencios
Oraciones

Telas, zapatos, tejidos, edificios, tenedores
Balcones a la luz,
Encuadres para el verde
Sonrisas
Miradas

Panes
Poesías
Bailes
Caminatas

Caminos abiertos en la maleza
Puertos
Balnearios
Restoranes

Vinos
Lámparas
Libros para niños
Amores

Y la luna brilla allá,
testigo de todo esto
reflejándonos
reflejando que a veces
somos
nosotros
quienes despreciamos lo que hacemos
O pasamos sin verlo…
inadvirtiéndonos
tanto ruido y falsa luminosidad
tanto miedo a la oscuridad 
al sabio, al dios, al niño,
al poder que llevamos dentro
tantas palabras dichas que nos cuesta desandar
aunque ya no digan nada
tantas escisiones y roturas

Suelo sugerirme esa distancia clarificadora
Para ver la obra tal como es: entera.
La luna llena me reencuentra con todo…
la luz verdadera que guía
el paso suave sobre la hojarasca
la tierra firme debajo
el amor que da un paso por vez.

miércoles, 7 de junio de 2017

¿Qué hizo Gay Tales 33 días?


Esta semana se celebró el día del periodista. Fue el 7 de junio y yo no llegué a cerrar un texto que me gustara para ese día. Escribo ahora. Tarde. Mal -porque es muy largo-, un texto impublicable… y para decir encima que no sé si me define la palabra periodista... O capaz sí: desmalezando. Pienso en esto y me vienen una idea y tres imágenes.
Una idea: ser periodista es un trabajo miserable. Es la realidad de esa miseria la que clasifica al noventa por ciento de los periodistas.
Imagen uno: Cuando Gay Talese dice: “ya no hay periodistas. Los que había se convirtieron en empresarios parecidos a aquellos a los que antes tenían parados en la vereda de en frente” tiene razón.
Imagen dos: Cuando los periodistas quieren ser el halo romántico que reviste a Rodolfo Walsh y no son Rodolfo Walsh (no son su escritura exquisita, ni sus decisiones suicidas ni sus acciones responsables y cuidadosas con la vida del otro) me hincha las pelotas. Me embolan que sientan que hacen nuevo periodismo los que se bajan del bondi en el barro de la Villa de San Fernando y se ponen a escribir sobre los otros. No logro creer en la empatía real de esos relatos.
Imagen tres. En el medio, demasiados periodistas se han convertido un poco en la primera postal de Pulp Fiction. Vincent Vega y Jules Winnifield: dos tipos que se suben a un auto y va a asesinar gente comiéndose una hamburguesa. (La hamburguesa no es un dato menor… Ni la crítica gastronómica que la misma amerita durante los primeros minutos de la película: estamos hablando de variedades y escalafones sobre la misma clase de porquería de carne picada).
Es miserable el trabajo cuando sale bien y cuando sale mal. Es miserable cuando la fortuna es hacer una fortuna y cuando la fortuna es no hacerla; salvarse de la trampa de ser un vocero del poder. Pero no digo esto solamente por las polaridades de la profesión y los grises bien grises en el medio…  Porque tampoco se puede pensar una profesión sólo en términos económicos o de la consagración. Lo digo porque siento que en los nortes conceptuales que ha seleccionado el periodismo como faro hay una trampa. Primero porque son dos. Y segundo porque son impracticables en la realidad. El norte de la independencia. El norte de la verdad.
La independencia
¿Cómo se es independiente en un oficio que no es una profesión liberal? ¿Cómo se es independiente siendo un trabajador casi necesariamente obligado a meterse en la fábrica esclava que son las corporaciones de los medios? ¿Cómo, cuando todos los medios se acumulan en un mismo grupo de poder, que está diseñado para ser, a su vez, el aparato reproductor de otro poder, de manejo de la influencia y de la opinión pública? ¿Cómo, si ser independiente es ser un free lance que no pude vivir de eso con una mínima garantía de un montón de cosas necesarias para vivir?
¿Cómo nos hacemos independientes cuando los que dicen defender o enseñar el periodismo –las facultades de periodismo sin ir más lejos- confunden la necesidad de una colegiación con la restricción a la libertad de expresión? Es cierto que todos tenemos derecho a la expresarnos, pero ¿qué tiene que ver eso con el trabajo intelectual de pensar, unir, deducir, escuchar, dar voz, reunir, separar, buscar, seleccionar, editar y enunciar un relato lo menos transparente que se pueda; lo más visible en el trazo justamente para que en ese lugar donde la realidad se muestra falazmente natural aparezca quien cuenta y porqué enuncia desde ahí? Decir que porque todos tenemos derecho a expresarnos no se puede definir y defender el territorio del periodismo es como si dijéramos que porque todos tenemos derecho a la defensa, la abogacía no amerita un campo propio ni sus propias reglas. O como si dijéramos que porque todos tenemos derecho a la defensa sería mejor que todos fuéramos boxeadores. Algo así de burdo.
Estuve muchos años en una facultad donde confundían la pelea por la defensa del trabajo del periodista con el de la libertad de expresión. Donde les parecía bien denigrar la profesión, pensando que la colegiación es propia de las profesiones liberales y jactándose de que que el periodismo es un oficio y que la labor es la de un trabajador. Y que si te iba mal – es decir: que si no triunfabas dentro de las corporaciones y te cagaban a tiros los militares eras el mejor periodista del mundo-.
Por supuesto: es un oficio y somos trabajadores… pero no definirla como una profesión es no poder poner condiciones laborales de no explotación donde hay que ponerlas para que no nos atropellen; para defender nuestro trabajo.
Y ya… entiendo que hay otros explotados… entiendo que se mal entienda que parándonos al lado de los otros explotados, ahí, al mismo nivel, es que se va a poder mirar la realidad del otro con la sensibilidad de mirar la propia… pero no funciona así. Matar a los periodistas explotándolos veintemilhoras en una redacción, en una situación de malpago, bajo amenaza de despido y obligándoles a hacer un abanico de  oficios terrestres por el mismo sueldo, de muchísimas notas en poquísimo tiempo es destruir la escritura y la mirada y la capacidad de pensar. No decir esto es matar la mucha o poca independencia que podría conquistarse.
Digo esto porque teniendo en cuenta que la realidad con la que los periodistas lidiamos no es tanto aquella que vemos sino con la que no se cuenta; que está en el aire de los mostradores de las redacciones donde los periodistas escriben en condiciones parecidas –más simbólicas, eso sí- a las costureras de los talleres esclavos del sueño de la moda, es necesario defender a los periodistas de esos monstruos; establecer condiciones de negociación donde el medio no se trague a sus voces para decir lo que el poder quiere decir.
No defender la colegiación o cualquier recurso que se nos ocurra para resguardarnos del atropello de esos medios es denigrar la profesión. No tener dignamente bien estipulado lo que vale nuestro trabajo y no hacer nada al respecto es hacer mal periodismo. E implica que los poderosos puedan seguir usando manos y cabezas para fagocitarse. ¿Qué posibilidades tiene hoy un periodista de decir en un medio: “no, yo no escribo de esto porque no creo en esto, no me parece lo importante y no convalido la bajada de línea”? ¿Qué libertad tenemos para contar lo que realmente queremos contar? ¿Y qué posibilidades de defender ese criterio en estas condiciones laborales?
El norte de la independencia es un oasis inventado.

La verdad
Y la verdad… presupone que alguien tiene la verdad. La verdad también es buscar tener el saber, tener el poder… Pienso en ese halo imperial que tiene la verdad y pienso en la verdad propia. Ese tono triunfal de la verdad ¿qué tiene que ver con la verdad? ¿Cuándo fue enunciada esa verdad? ¿Por quién? ¿Desde qué comprensión de las cosas? Y ¿qué tiene que ver con nosotros?
Hacemos periodismo para llegar a la verdad… pero, ¿a qué verdad? ¿Qué es lo que creemos antes de creer en lo que nos dicen? ¿Hicimos silencio? ¿Escuchamos realmente? ¿Nos escuchamos realmente a nosotros mismo? A ese ritmo, a esa velocidad en la que trabajamos para contar las cosas, las noticias, las historias: ¿qué posibilidad hay de una verdadera escucha? Y qué verdad es posible en un mundo polarizado, falto de integridad y falto de conciencia sobra la idea de que hay luz porque hay sombra y sombra porque hay luz.
Vayamos a la base de los presupuestos: ¿Qué pensamos que es el conflicto? ¿para qué enunciamos? ¿para quién? Para el lector. Bueno: ¿para que se sienta… cómo? ¿endeble, asustado, frágil, ansioso, impotente? ¿Hacemos periodismo para intoxicar a la gente de mala alimentación mental? ¿Hacemos periodismo como un apunte cotidiano de las pálidas y las miserias humanas? Yo guardo mi auto en una cochera que está en frente de mi casa. El tipo que cuida los autos en la cochera por la tarde es un sol del mundo. Es un hombre con una de las miradas más calma y buenas que he visto. Pasa más de ocho horas encerrado sentado en un cuartito de 1.20 mts cuadrados del que sale para correr entre 2 y 10 metros los autos y vuelve allí. A la estufa de garrafa y a la televisión. Me comenta, cuando llego, alguna de las noticias que está viendo y que yo –a fuerza de no querer intoxicarme y de tener la suerte de ser periodista para saber qué buscar y que no me vendan la mierda que produce el periodismo– no veo. Pero sí veo a ese hombre afligido por males que no puede resolver, abatiéndose, resistiendo las horas de un trabajo mal pago en ese cubículo y mataría a una docena de periodistas de la televisión. Tal vez más de una docena. Quisiera llegar y que ese tipo se estuviera riéndose o soñando o aprendiendo y mientras mira la televisión o lee el diario estuviera incorporando algo que le haga mejor y que lo haga olvidar mi auto en la trotadora.
Mi mamá que es una lectora voraz y no me lee –ni es de ahora y ni hablo solamente de los textos– me comenta: “me dijo fulanito que vos escribís muy bien. Deberías escribir en La Nación”. Es, a su manera, un elogio, siendo que ella lee La Nación religiosamente todos las noches hasta que la madrugada y el desvelo le dan ganas de volver al primer piso de la casa a hacerse un té… porque ella no puede dejar una noticia para mañana: ha tragado incluso la idea de que todo tiene que ser ya. Tiene que haber terminado de leer para cuando la próxima noticia la despierte. Mi mamá tiene una energía impresionante y yo no la tengo. Mi mamá no entiende porqué no me parece bien escribir para un diario.
Y yo simplemente soy periodista porque siempre me interesó hacer preguntas. Porque lo que me causa curiosidad me despierta deseo de acercamiento y comprensión. Y porque me gusta escribir. Y escribo porque necesito hacer eso. Sentir, sentarme y escribir. No tengo ninguna idea de si cuento un tiempo o no lo cuento; de si cuento o no la verdad y de quién. Para mí ser periodista es ser un poco un niño. Tener esa curiosidad, esa ilusión de saber, de entender y, a su vez, de no querer llegar nunca a la respuesta última donde las preguntas se mueren. De no llegar a esas respuesta de adultos sobrepuestos. De las injusticias asimiladas como naturales. No en el cinismo de escribir sobre un crimen comiendo una hamburgesa.

Ningún hombre es una isla
A mí los periodistas que van detrás de la noticia, detrás de la verdad, me chupan un huevo. Ni siquiera me importa la verdad. Me importa la historia y me importa la intención. Leo literatura como el mejor ejercicio del periodismo. Leo a Juan Forn escribiendo un texto llamado Ceylán; un texto que en 3 páginas cuenta un poco una isla y otro poco la historia de la familia de Michael Ondaatje y en que lloro tres veces y siento que he conocido, de algún modo, una isla, una familia, una sensibilidad y a un hombre, aunque ningún hombre sea una isla. Ni haya ninguna noticia que saber de Ceylán.
Me parece que el periodismo debería estar más lleno de ese detenimiento y menos de historias que se traten de correr.  Gay Talese, a sus ochentaipico de años, dice en una entrevista reciente que hoy no sería publicable su texto sobre Mohamed Alí en La Habana, siendo que actualmente, a cincuenta años de su publicación, sigue siendo una lección de periodismo. “No creo que ninguna revista estuviera dispuesta hoy a pagarme un viaje de 33 días, ¡33 días! Los Angeles, Las Vegas, aviones, hoteles, comidas, invitaciones a almorzar, a cenar, tragos. En esa época, en los años 60, era normal. Ya no. Todo para un texto de 16.000 palabras”. Y pensémoslo un momento: ¿qué hizo Gay Talese 33 días, mientras Mohamed Alí –la bestia del golpe corto- le quitaba el cuerpo a la entrevista, se le volvía esquivo?
No es poca cosa ese aire que necesitan las cosas. Los días que no cuentan antes de contar. Los días comunes… de elaboración. De meditar y de resfriarse. De encolerizar por lo que no sale como planeábamos y de darse cuenta que, como sea, habrá que volver a intentarlo. Perderse en un bar y emborracharse y levantare al otro día con dolor de cabeza y fe de abstemio. Los días siguientes, leer. Dormir. Gastarse los bauchers. Oler la ciudad. Sentir la ciudad. Caminar sin rumbo. Extrañar un poco. Mirar el paisaje. No pensar en nada. No saber de antemano. No creer de antemano. No contar de antemano. No picar carne y hacer enlatados. No charlar mientras se traga una hamburguesa y se maneja rumbo a matar gente… Someterse al flujo de la experiencia de mirar y de ver. De volver con lo hallado. De sentir y escribir y cortar y pegar hasta que la pieza: esa obra maestra, quede lista. Sin prisa. Con la contundencia de una obra que hablando del día hable de todos los días. Y atraviese cincuenta años para seguir siendo –tal vez- la mejor semblanza del mejor boxeador del mundo.
Pero hay otra cosa que dice en esa entrevista: “Los dos textos (habla de la entrevista a Frank Sinatra: “Sinatra está resfriado” y a Cassius Clay: “Alí en La Habana”) son sobre grandes hombres aun cuando esos grandes hombres nunca me hablaron y yo pude sin embargo hablarle sobre ellos al lector. Tuve una conexión mental con los dos”. Esos textos fueron escritos bajo un método que él describió como “the art of hanging out”: el arte de dejar pasar el tiempo; un método que él hizo su método pero del que tan bien sabía Raymond Carver. El relato en el que se espera que pase lo que no pasa. Y pasa otra cosa. Y lo inesperado es, a veces, lo mejor que puede pasar.
Feliz día, periodistas.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Indigos


variedades más oscuras y profundas del azul,
la transición al lila
el arcoíris
el barrido de los ojos que no ven, del corazón que no siente
el tinte más antiguo en tintura textil
la textura
el mediterráneo
un viaje por la Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma, Bretaña prehistórica, Mesoamérica, Perú, África, Irán
la conservación de las momias
la velas del barco del faraón
un corte en sarga al Nilo
el Nobel de Bayeuv
el primer denim francés
la eliminación del temor
la meditación
el oxígeno
el tercer ojo
la percepción espiritual
la intuición
la inspiración profunda
la separación de la realidad gastada
la candidez
la ternura
el equilibrio entre mente y corazón
la expansión de la conciencia
la comprensión mayor
la inducción al sueño
la recuperación del sueño
el camino
                                                                                     (a mi hijo, Juan; a mi abuelo, Floreal)

viernes, 26 de mayo de 2017

El quiebre


Punto número uno: voy a decepcionar a los lectores de este blog, aunque ya creo haberlo hecho. No voy a cumplir con la promesa de escribir todos-todos los días porque no quiero. Porque no soy César Aira; porque no me gusta cumplir cuando no siento las cosas y porque puede ser que en el momento en que haya promulgado esa promesa no estuviera en el mismo estadio de conciencia que en el que estoy ahora… Y al cabo de veintipico de días ya estoy notando que no tiene sentido el propósito original; lo que no quiere decir que no haya aquí ningún propósito o sentido; sencillamente estoy diciendo que ya no estoy de acuerdo con esa idea.
Yo no creo que sea bueno escribir todos los días. Ni creo que sea bueno trabajar todos los días ni creo que nada sea tan bueno como para hacerlo todos los días salvo aquellas acciones tendientes a satisfacer ciertas necesidades básicas: dormir, tomar agua, bañarse, comer, etc. Aunque también creo que sería bueno todos los días amar y sonreír. Agradecer y respirar conscientemente. Decaparse un poco el ego; saludar a alguien y charlar tres minutos, leer o dejarse levemente influenciar por algo lindo o constructivo.
Yo no soy de la gente a la que le sale obligarse a cosas porque más temprano que tarde no me funciona. No me funciono a mí misma.
No creo que sea bueno escribir todos los días porque no creo que todos los días uno tenga algo que decir. Aunque sí es verdad que por deformación de la civilización casi todos los días nos vemos obligados a hablar como si por eso estuviéramos comunicándonos.
Yo creo que es un problema que los diarios salgan todos los días. Que tengan que salir sí o sí, porque parecería –a quién le parecería no sé, pero el imaginario colectivo ya absorbió, entre tantas cosas que no le hacen bien, la idea de que los periódicos salgan diariamente- que es bochornoso que el periodismo no tenga nada para decir. Y, sin embargo, yo lo encuentro tan saludable… que se callen un poco… La libertad de expresión está sobrevalorada sobre todo cuando está entendida como está entendida y manipulada por el poder como está manipulada.
Yo prefiero hablar cuando tengo algo para decir y no por ejemplo ahora que, sencillamente, sólo estoy dando explicaciones que nadie me pidió pero que, de todos modos, me parecen más dignas que salir a narrar textos hiperrealistas; contar historias para llenar el lugar o ficcionalizar mi vida.
Leo a Karl Ove Knousgard –de ahora en adelante KON- y me pregunto: ¿qué sentido tendrá que cuente el atuendo de dos pibes que se encuentra en el aeropuerto y con los que no habla ni se relaciona mientras espera abordar el avión que lo llevará a encontrarse con su hermano para ir al entierro de su padre cuando esos dos jóvenes no vienen a cuento de nada?
La mayoría de las veces siento que a la mayoría de las novelas/ ensayos/poesías/manuales les sobran muchas páginas…. Y no es joda: son árboles que caen. Y no solamente árboles que caen sino también palabras, pensamiento, metáforas e imágenes que embarullan la claridad de la conciencia.
¿Por qué no ser más austeros; más medidos; menos realistas y menos escatológicos? No necesitamos saber cómo van al baño todos los escritores del planeta Tierra porque además es muy probable que no sean allí demasiado creativos… Creo que estoy librando internamente algunas cruzadas.
La primera es contra los detalles sobreentendidos como acercamiento con el lector. No tengo muy muy en claro porqué este disgusto con ellos, pero tengo algunas sospechas: a) porque no me interesa estar taaaaannn cerca con “el lector” cuando, la mayoría de las veces, no tengo ni idea de quién es. b) porque en la relación con la gente la distancia me parece un punto muy importante: es aire, es perspectiva; no es poca cosa. c) porque creo que en este mundo de la sobreabundancia: de álbumes de millones de fotos; del fast food; fast fashion; la falta de límites entre el territorios de lo público y lo privado; la relación metonímica que nos hace pensar que el ego de la persona o la carrera de la persona es la persona, cuanto menos sobrecarguemos el mundo, mejor.
La segunda es que me alcanza suficiente con respirar el mismo aire que tantos extraños; que tener, como los otros, las mismas inscripciones: el DNI, la ley, la fe occidental, las tapas de los diarios, las planillas de AFIP. Me alcanza vivir al mismo tiempo (aunque no siempre al mismo ritmo). Me alcanza y me sobra con eso.
La tercera es que… me gusta leer a KON, ¿no? Me gusta y me gustan sus detalles como también me gusta leer a Saer, aunque preferiría que muchos otros escritores no me entraran en tantos detalles… Pero, yo digo: ¿es necesario que me ponga a contarles mi día tras día? ¿Los detalles y la crónica diaria es el concepto que tenemos de intimidad? ¿Es necesaria tanta intimidad mal entendida? ¿Para qué? Pienso en KON y pienso en su mujer, en sus hijos… Siento que hay zonas de nuestra existencia que es miserable exponer a la luz de todos. Y no porque sean miserables. Capaz, sean maravillosos… Pero no me gustan ese tipo de escritores que ponen como bien supremo su obra, cagándose en su vida y la de todos los demás que la sostienen… Sin pensar cuánto pesan las palabras dichas y cuánto mejor es a veces parar de hablar y sencillamente mirar. Aunque de esa mirada no queden rastros. El ego que pretende trascender a la persona y llevarla a otro tiempo; el ego que deja las costas a los hijos… el ego por la falta de amor propio… eso es de lo que desconfío. Del ego. Y de una época de tanta narración sobre todo y de tanto metalenguajes. “Cada cosa debe mantenerse en su propia esencia” había dicho Leonardo Da Vinci. Y San Martín lo dijo así: “serás lo que debas ser o no serás nada”. Ser. Es un poco eso de lo que estoy hablando, lo que estoy buscando, lo que me interesa. Y de lo que me interesa hablar con alguien.
Y si deseo hablar desde ahí cuento más de mí y más de hoy si escribo esta idea: faltan espacios. Para pensar, para dudar, para meditar, para desear encontrar, para inventar, para imaginar, para crear.
Conformensé: no voy a desnudarme en pleno invierno.