lunes, 10 de julio de 2017

Duermevela

Domingo
Me siento frente a la notebook recién cuando Juan se queda dormido. Son bastante pasadas las diez. Los domingos son complicados: reinstaurar el sistema de vida escolar/laboral cuando nos hemos levantado tarde y estamos desperezados de más, en un brunch eterno, paseando sin apuro cosas por la casa y luego las consecuencias: las noches despabilados… Se duerme y yo me siento sola por primera vez al día frente a la hoja en blanco. Los primeros minutos los celebro: un recreo, la libertad… Los siguientes estoy frente a la página en blanco y no sé qué escribir. No puedo empezar, no puedo retomar las ideas punteadas o los textos empezados, no puedo traducir a un texto nuevo corto, ponche, la experiencia vivida estos días…
 Yo no tengo el pánico a la página en blanco.
No tengo eso
ni tengo insomnio
ni tampoco creo en enfermarse.
Cuando miro sin ver la página en blanco y no empiezo me fastidio. No puedo pensar como John Cage frente a la bomba atómica que dada la existencia de un sonido al que no se puede sobrevivir, la historia de la música está garantizada para siempre. Pienso… que los dones son un regalo caprichoso; que pueden mutar; que no se manejan… que las inspiraciones vienen cuando quieren y me dedico temporalmente a esperarlos sin pensar en ellos, mirando otras cosas.
Cuando no duermo y estoy contracturada sin que me sirva elongar hasta retorcerme como un ovillo o escuchar meditaciones mudas o cantadas, también me fastidio. Y cuando me enfermo, hasta que entiendo qué cosa tenían para decirme las defensas bajas, también. Con esa clase de fastidio que les ocurre a los niños cuando están cansados, porque el cansancio no es de los niños. Los niños tienen sueño o tienen energía. Pero no ese estado de deterioro y naufragio que es el cansancio.
Un hombre me dijo una vez: “envidio cómo dormís. Te entregás con una liviandad de consciencia que no existe en el mundo” Una amiga me dijo una vez: “yo no sé cómo hacés… Sos capaz de dormir al lado de un asesino serial pensando que mañana será otro día...”. Los dos me hicieron reír. Ahora, sentada acá, sin sueño y sin palabras, no me río. Pienso si sigo siendo esa persona… O ya pasó. Pienso en esa verdad del saber popular que dice que con los años dormís menos… Y pienso si voy camino a convertirme en la gente que se levanta al alba y sale a buscar el pan y el diario, cuando ni el pan, ni el día, ni el diario han llegado…

                                                           (foto de Rinko Kawauchi)
Lunes
Esta noche estoy reescribiendo pedazos de la tercera parte del texto de mi otro blog, que abandoné en la puerta, porque es demasiado extenso. Habla del ocho de marzo que para mí fue el día de celebrar a ocho maestras que conocí cuando volví a vivir a Mar del Plata. Pero no lo puedo escribir. Estoy frente a la página en blanco pensando en Juan Forn.
En algo que dice en el prólogo de María Domecq: que durante los años de escribir sin parar había canibalizado una historia –esa- que merecía otro tiempo, otra pausa, otra extensión.
Las ocho mujeres son parte de una novela. Las ocho se enhebran y cruzan; no me es sencillo separarlas por nombre y rubro. No ha funcionado su saber así en mi vida… sino en un tejido. Y ahora no tengo ni las ganas ni el tiempo de afrontar el desafío de escribir esa novela cuando tengo tanto de otras tantas cosas que escribir que no sé por dónde empezar.  
Son las 2 am.
No debería estar sabiéndolo…

Martes
A la mañana me levanto feliz porque voy a ir a nadar. Me espera 8.15 am la pileta de 25 metros y este es el plan: nadar mucho, enérgicamente, sacarme la tontera del mal sueño, gastarme toda la energía, finalmente luego, entonces sí: esta noche dormir.
Estoy lenta en el agua y no coordino las brazadas de espalda… Vuelvo los 25 metros patada fuerte  de crawl, abrazada a la tabla colorada, la cabeza apoyada allí arriba, queriendo entregarla al final del recorrido. En el borde de la pileta está Guille, el profe, y se ríe. Se ríe Darío, que nada al lado mío… Y un par más.
-          ¿Qué te pasa?- me pregunta Darío, acercándose
-          Ehhh, ¿te alcanzo un café, una medialuna, un gatorade?- se burla Guille. ¿O todo?
-          Todo. En ese orden.
Al atardecer compro un libro. Si no duermo y no escribo y nado como un zepelín que aterrizó en la pileta, al menos necesito leer. “Este es el mar” de Mariana Enríquez me parece el libro ideal. Zambullirme en el rock, en el amor, en el mar, en la literatura… ¿cómo no querría?
Es todo lo que quiero.
Pero no todo resulta tan ideal.
El libro no me gusta…
Aunque también escriba,
aunque también el mar
y el deseo… y todo el limbo del amor…
Aunque también amé a un rockstar
y me revolqué con él.
Soy una romántica; no una freak.
Ni una buena fan. Ni una devota.
Creo, como Prince, que Dios está en cada uno de nosotros.
A veces, durmiendo.
A veces, no.


Miércoles
Por la mañana, leo un perfil/entrevista a Zaffaroni con la que el periodista Federico Bianchini ganó el premio Don Quijote, entregado por los reyes de España. “El gran anfibio” es un gran relato, a un gran jurista, ex juez la Corte, docente y hombre. Me gusta la gente así: que no ostenta un cargo porque no es un cargo. Es mucho más y mucho menos que eso. Un tipo humilde. En eso consiste su grandeza. Y en su picardía.
Además, nada. A los setenta y dos años, Eugenio Zaffaroni hace 1000 mts. diarios –40 piletas de 25 metros– a ritmo regular, una hora al día. Su hora sagrada, su hora de paz… Cuando el mundo se pone oscuro, se pone lento, todo mal, Eugenio se zambulle en el agua y respira.
A la tarde voy a lo de Clarisa: otra anfibia. Clarisa es psicóloga, instructora de yoga, de mindfulness, conocedora de la tradición ayurvédica, para cuidar el cuerpo y tiene una maestría en temas relacionados con la ansiedad. Clarisa medita, reflexiona, respira, piensa, suelta. Y a mí me propone lo mismo. Yo le hago el listado de relaciones en las que naufragué.
-          ¿te hubieras querido quedar en alguno de esos puertos por los que pasaste?
-          No. Pero ¿no debería pensar algo de mí si ninguno de todos los puertos era?
-          Sí. Que toda condena tiene un final, ¿o no? Y que ya basta con vos… Basta de darte. Y, también, que te bastes, que te alcances. Constelá este tema y soltalo. Ya está. El pasado ya está.
Es raro abrir el día con Zaffaroni y cerrarlo con Clarisa…
Tan garantista y comprensiva que soy para con los demás… y tan dura conmigo misma.

 
Jueves
El jueves vuelvo a nadar.
Voy a la tardecita.
Con otro equipo y otro profesor.
Dejo la cabeza, la literatura, la presión, la escritura, el cansancio,
se lo dejo al agua.
A intervalos siento el sonido del agua intraducible y el tsunami de amor de Chayanne.
Braceo, pateo, respiro, guardo el aire y lo suelto suavemente, en un subacuático extenso de más de media pileta. Elongo, subo la escalera que baja de mi cuerpo el nivel del agua. Dejo atrás al hombre más perfecto del mundo, acomodando flotadores. Y cruzo la puerta vaivén al vestuario donde todos los perfumes y el champú son uno solo. En otra vida fui un pez. De eso estoy segura. Pero no tengo forma de probarlo.


Viernes
En el jardín de infantes, celebran el 9 de julio. Y durante el acto los padres vemos un film que rodaron los chicos de la sala de 4, la sala de Juan. Se llama “Argentina, la película”. Y es un relato más verosímil que este que yo estoy armando acá. Cuando termina, la seño Caro les pregunta a los chicos:
-          ¿Qué es la independencia?-
-          La independencia es ir sólo al baño- le contesta Mateo, muy convencido.
La independencia. La autonomía. La libertad.
Eso que dice Mateo y la frase que me dijo en su consultorio una médica traumatóloga que había vivido en Suiza y que miró una RX de la columna de Juan: autonomía es autoestima. Y una canción de Calamaro: “Creo que todos buscamos lo mismo. No sabemos muy bien ni dónde está…”
Me emocionan siempre los actos del jardín. En todos, termino sacándome lágrimas de las comisuras de los ojos. No sé si es mi hijo, el amor, la idea emocional de aprender, la patria, la vejez, la incontinencia o qué. Pero ya ni lo disimulo.
Es viernes a la noche. Más que antes, el cansancio se adelanta a todas las cosas. Está adelante del fin de semana, de las ganas de ver a mi amiga, de comer algo rico, de tomar un vino. Pero nos sobreponemos. Viene y cocino. Stockeamos una docena de facebooks. Hablamos de hombres, de libros, de cantar, de viajar, del laburo. De todo lo que nos malinterpretaron nuestros padres; todo lo que pensaron que éramos y no somos. De todo lo que aún no sabemos de nosotras mismas. Del stress que nos generan las citas; ese cansancio de todo lo que te implica la previa de un encuentro y que hace que termines decidiendo ir a lo simple: leer a Coetzee, elegir un film en Netflix, apuntarte en un curso de teatro, bajar la basura, comprar chocolate, escuchar a Rod Stewart, sublimar el amor.
-          No, mi vida. Así no se usa esto…-me dice seriamente, en el momento más importante de la noche, mientras todo el placard afuera, arriba de la mesa, está allí revuelto, así seleccionamos lo que ya no queremos ni ver de lo que nos cuenta mejor.
-          Ayer pasé por el negocio de ropa de una amiga… -le digo. - Y le conté que en medio de estas noches de insomnio habré perdido fácil dos horas de una noche mirando qué se ponen algunas chicas que me encantan… Milena Busquets, Uma Thurman, Charlotte Gainsbourg, Jane Birkin… Me sentí una freak haciéndolo pero cuando llegué a su local, ella me confesó que perdió todas las noches de la semana pasada mirando una serie de lo más clase z y retorcida sólo para ver los outfits de Naomi Watts y me sentí mejor… ¿Podemos perder tanto tiempo en esto?
-          Y sí… Sobre todo cuando querés revolear a la mierda unas Nike air max que se re usan con tapado…
-          Pero son muy blancas… me equivoqué… No es mi estilo… No sé qué me pasó… Te tiro un hashtag…- le digo, de pronto.
-          Tirame esta calcita es el hashtag- interrumpe levantando un trapo de la barra - Las Nike están adentro. Esto no va más.
La miro fijo, con seriedad, la cabeza de costado, un frunce en la boca, poca convicción… Se la arrebato, como si me hubiera quitado mi trapo de apego.
-          La amo. No sé si no va más… Pero para mí, va.


Sábado
El sábado fue un día tan intenso que no puedo ni contarlo. Un día de muchas emociones que para mí trascienden lo que son. La facultad de Arquitectura donde trabajo, la FAUD, organizó una jornada increíble. Hice tanto en La Plata para reunir el hacer de los demás, en ese libro que fue: La Plata, ciudad inventada, que sentarme en una butaca a ver eso mismo hecho en mi ciudad de origen y desde otro lugar es grandioso. A alguien se le ocurrió un relato colectivo llamado: conversaciones entre la Pampa y el Mar. Dicen que fue a un fotógrafo rosarino, Gustavo Fritegotto, que empezó a reclutar otras miradas y sensibilidades y a hacer sin pausa y sin demasiadas palabras un encuentro con horizontes federales. Me conmueven, me inspiran los encuentros y cruces de las miradas artísticas de distintas disciplinas; miradas genuinas sobre el tema que más nos cuenta: los lugares de los que somos. Son más que una ciudad y menos ambiciosos que la identidad que, al fin y al cabo, tanto cuesta vislumbrar.
Vienen a la misma mesa de la mañana: tres fotógrafos –Gustavo Fritegotto, Diego Izquierdo, Malala Lekander- tres arquitectos –Gerardo Caballero, Marcos Rampulla, Roberto Fernández-, un compositor musical –Martín Virgilli- y los que organizan –otro arquitecto, Eugenio Fernández- y el músico, Leopoldo Juanes. A la noche, cierra el evento la banda de Leo, creciente, en un concierto circular que salpica un mareo, un vaivén, de las olas y los vientos al resto de los oídos y ciudades. Podría hablar mil días –quizás más- sobre muchas cosas que dijeron y mostraron; sobre lo que descubrí de ellos, del mundo y de mí y de lo que me quedé de todos ellos, de su trabajo.
Pero justo en este momento prefiero sintetizar.
Contar que nunca me imaginé que el paisaje para las ciudades con habla que proviene del latín paisaje significa: lo que comparten los paisanos. A diferencia del paisaje, en idioma sajón y alemán, que habla de la vista de un mismo panorama, como si existiera la posibilidad de una misma vista.
Contar la construcción que se derriba. El futuro. La novedad. Una de las tantas frases osadas del arquitecto Roberto Fernández: “no somos constructores de eternidades”.
A la noche, llovizna un poco.
Suena la música y abre un canal mejor, un cielo cerrado, un camino.
                                                            (foto de Malala Lekander) 

                                                             (foto de Gustavo Fritegotto)
Domingo
Es domingo otra vez. Y el mar y la pampa se han despedido. Cada cual vuelve a su lugar.
A la tarde miro el mar y le mando a Malala la línea del horizonte marplatense, sin ninguna pretensión de que esta foto ocupe un lugar en la colección fotográfica de imágenes atesorables, pero con la idea de una postal, un recuerdo, un souvenir de la ciudad. Una forma en que le agradezco haber traido su trabajo del fin del mundo, del Estrecho de Magallanes y sus dibujos de las bajas mareas hasta esta ciudad. Y pienso en cuántas veces, a lo largo de mi vida, vi esa línea de unión entre el cielo y la tierra en esta ciudad. Qué bueno volver a ser alguien de aquí, de este lugar. Ser de a ratos una playa en particular y, de a ratos, arena que se escurre entre la arena, que vuela lejos, que llega al mar. Que se pierde y se encuentra entre los otros, como un granito de arena más.
De noche en facebook, otras dos mujeres postean fotos de cielos y de tierras y de mares. Eli, mi compañera de pileta. Marion, la tía de mi hermano. Miro esos cielos de otras mujeres… Los cielos voluminosos como tules de dos tonos; los cielos batik. El cielo limpio y calmo de la mente aquietada. El lienzo que espera. El cielo profundo, el horizonte y el mar.
2 am.
Esta vez, lo sé. Lo sé  sin arrepentimiento.  
Cuando escribo, cuando vivo y comparto otras formas de narrar restablezco mi equilibrio con el universo.
No hay cansancio ni fastidio…
Hay por delante una noche corta y un sueño profundo. 
                                                (Foto de Marion Rohe Kaufer, en North Carolina)

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