Soy una
convencida de que la terapia puede cosas que parecen imposibles, y en ese sentido, es milagrosa.
Cada tanto matizo este ejercicio con chucherías de tiendas de milagros, pero
pronto vuelvo allí. El hábito de reflexionar –frente a las personas adecuadas– me
parece un ejercicio tan necesario y saludable como el de cepillarse los
dientes, por ejemplo. Y creo que el trabajo cotidiano y sostenido cambia las
cosas o la mirada que tenemos de ellas y cómo nos sentimos, para salir de los
lugares donde habitualmente quedamos entrampados.
Y
hablando de lo imposible… nunca me imaginé que iba a iniciar un viernes en
terapia hablando de Gastón Gaudio... “Qué mal la estoy pasando”. Su frase tuvo
otra estética: el grito frente al público y el derrame al suelo en un court de
tennis. La mía fue un susurro, a media asta entre el llanto y la risa.
Dije que
la terapia hace cosas milagrosas pero no mágicas.
No gané
el Roland Garrós.
Hablé, lloré, pensé y me reí, como siempre con
Mariana.
Me sentí conforme con cuatro cosas. No haberme
metido en el medio de una implosión. Sentir la incomodidad de la vergüenza.
Saber algo del lugar de la vulnerabilidad. Y encontrar la primera herida.
¿Qué más, para un viernes por la mañana?
A la salida llovía.
Crucé la calle buscando un café y un
techo.
No había ni un techo ni un café.
Y disfruté la lluvia entrándome en el pelo.

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