Siguiendo al cielo rosa de la primavera me perdí en la tarde sin llegar
al mar
Hubiera sido mejor (o tal vez no)
emprender la búsqueda
de destinos más precisos.
Quizá estuvo bien… caminar así…
sin pensar en nada, sin llegar a nada
sólo ocurriendo, como el cielo ese.
Vi -a través de la ventana de una casa- cómo iluminaba una sala la luz
del televisor. En el inmenso jardín todavía soleado, un pino alto y añejo bailaba
sin gracia como Bryan Ferry. Supuse que había un señor aburrido sentado frente
al televisor. Dicen que ya no se dice “la luz de los rayos catódicos”; que no
existen más. Yo no sé porque no tengo tele ni es algo que vaya a tener. Y yo no
sé cómo se dice la tristeza que me causa esa falsa luminosidad, ese estar afuera
de la vida misma, ese dejarse estar. Ese dormirse, empalidecer bajo la luz sin
brillo de lo que le pasa a un quién que no importa en algún otro lugar. Esa luz
mortífera bañando el mundo, me preocupa más que el mundo en sí. No supe qué
hacer más que irme. Guardar la postal de la desesperanza. Seguir.
Y luego vi el sol de la tarde alumbrando a la naturaleza que florece y vi
el método de nacimiento de las flores; me sentí feliz por ese despunte suave
que hacen, como si se quitaran algo, frente a un desconocido. O como si se
desperezaran.
Pensé en llamar a mi novio, decirle: “hola… sí… ahora voy a comprar un
budín, me pasó tal cosa…” y me aburrí de pensar en la crónica contingente. Pensé
en el cuento de Salinger: Un día perfecto para el pez banana, con una mujer
hablando por teléfono mientras se pinta las uñas, una madre la agobia y un tipo
se muere de desesperación. Pensé en el remedio de psicomagia de Alejandro
Jodorowsky contra las madres que hablan por teléfono y me reí. ¿Cuándo se toma
el rumbo equivocado de prestarse a negociar la soledad con la pericia de los
gitanos sobre un rectángulo de titanio? ¿Qué sentido tiene esa información de
mí? La vida mundana no me hace justicia.
Sentí una rara falta de confort en este deber ser de empezar a pensar el
mundo de a dos. Nunca pude y no sé si pueda hacerlo. Creo que no creo en eso. Sí
en el amor pero no en el binomio. Estar acá, a intervalos, siento que es casi
lo máximo que puedo dar. Después… miro como ven mis ojos. Camino según pisan
mis pies. Advierto a veces con gracia, a veces con miedo, la proximidad de los
otros y tengo la necesidad de resguardarme en un hipotético territorio que
siempre percibo en la frontera. En otra vida debo haber sido vasco. O judía. O
alguien que no encontró un lugar.
Después, supe ya sin culpa, más tranquila, que soy impar; no incompleta y
que eso no me pesa en absoluto aunque a otros sí. Respiré profundo. Soy una y ¿cuántos
números tiene, al fin y al cabo, el infinito? Parecería que con dos la cuenta alcanza
para estar en paz. Y no voy a meterme con la mediocridad de la gente. Bastante
con lo del televisor. Alguna vez festejé un cumpleaños con mucha gente y no sé
si la pasé bien. Alguna vez lloré sola en un subte lleno que no frenó en
Medrano. Alguna vez me enamoré en un lugar inoportuno. Algunas veces me calma
saber que la profundidad de la existencia humana no es numérica ni puede
contabilizarse. ¿Con quién estoy, con quién estuve, con quién estaba realmente?
Hay cosas para las que se me agotan las palabras.
Creí que un rato conmigo misma me hacía falta y me iba a hacer bien.
Compré un budín de limón y pensé en tomar cerveza, pero eran las seis de la
tarde; llevaba en la mochila un libro demasiado grueso y el compromiso de
volver pronto. A los lugares donde se oficia de madre no se vuelve con una
pinta puesta encima con la frescura de Patti Smith.
Dejé –o al menos lo intento- de querer que algo se aquiete para que
exista el momento propiciatorio de la escritura. Espero, en falsa calma, hasta
el rato en que logre reaparecer. Y tomo nota mental del movimiento aunque sepa
que hasta que el día cese y también mi estar afuera yo no voy a poder escribir.
Entendí que iba a hacerse de noche porque siempre pasa.
Confié en el meridiano de esas horas de vigilia antes del sueño para sentarme
aquí a saber que las no tan altas horas de la noche me encantan como acariciar con
el pie a mi perro Negro y sentir la quietud del lomo que late y los pelos
suaves, mientras en silencio él disfruta estar echado y respira, y yo reconozco
un fractal de la paz.
No medí. No evalué. No razoné. No conocí.
Anduve
Y, así, disparatadamente tuve la certeza de que en la bifurcación de la
filosofía es seguro yo hubiera tomado el rumbo de Heráclito; no de Parménides. Tal
vez, el rumbo equivocado, pero Heráclito, cultor de la vida sensible; no de la
vida medida y sin error, me hubiera arrastrado sin dudas. No sé porqué seguimos
creyéndonos seres racionales, morales, científicos, como si eso nos diera
status frente a otras creaciones y especies. ¿Hasta cuándo va a sobrevivir esta
mentira? Pienso en el mito de la caverna; pero sobre todo pienso en el mito del
que tuvo la gentileza de subir, comprender y bajar a contar algo sobre la
sabiduría… Primero: yo tampoco querría que nadie venga a advertirme de la
verdad en otro lugar. Y, segundo: ¿cómo nadie lo advirtió? El sol es a great
ball of fire y si alguien pudiera regresar de allí, regresaría quemado. Prefiero
la luz que permite las sombras. Prefiero el espacio sin imágenes que motiva a
la imaginación. Me alcanza con advertir el conocimiento del mundo es a través
de unas falaces percepciones que me siguen como latas vacías de gaseosa unidas
en un cordel al auto de los recién casados. Van a ras del suelo.
El sol es inalcanzable.
El cielo es inasible.
La luz, intermitente.
Volví, al tiempo presente, a mirar la puerta blanca bajo los árboles; la
puerta que se abre cuando llego a buscar a mi hijo a su clase de yoga, a
guardar mi afán vagabundo y el sinuoso periplo para un día después. A sentir
ese abrazo inmenso, más hermoso y grande que todo lo que pueda ver, pensar,
decir, saber, dejar, creer, percibir, sospechar, entender…
Y le dije: “Está por llegar la primavera”.


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