miércoles, 7 de junio de 2017

¿Qué hizo Gay Tales 33 días?


Esta semana se celebró el día del periodista. Fue el 7 de junio y yo no llegué a cerrar un texto que me gustara para ese día. Escribo ahora. Tarde. Mal -porque es muy largo-, un texto impublicable… y para decir encima que no sé si me define la palabra periodista... O capaz sí: desmalezando. Pienso en esto y me vienen una idea y tres imágenes.
Una idea: ser periodista es un trabajo miserable. Es la realidad de esa miseria la que clasifica al noventa por ciento de los periodistas.
Imagen uno: Cuando Gay Talese dice: “ya no hay periodistas. Los que había se convirtieron en empresarios parecidos a aquellos a los que antes tenían parados en la vereda de en frente” tiene razón.
Imagen dos: Cuando los periodistas quieren ser el halo romántico que reviste a Rodolfo Walsh y no son Rodolfo Walsh (no son su escritura exquisita, ni sus decisiones suicidas ni sus acciones responsables y cuidadosas con la vida del otro) me hincha las pelotas. Me embolan que sientan que hacen nuevo periodismo los que se bajan del bondi en el barro de la Villa de San Fernando y se ponen a escribir sobre los otros. No logro creer en la empatía real de esos relatos.
Imagen tres. En el medio, demasiados periodistas se han convertido un poco en la primera postal de Pulp Fiction. Vincent Vega y Jules Winnifield: dos tipos que se suben a un auto y va a asesinar gente comiéndose una hamburguesa. (La hamburguesa no es un dato menor… Ni la crítica gastronómica que la misma amerita durante los primeros minutos de la película: estamos hablando de variedades y escalafones sobre la misma clase de porquería de carne picada).
Es miserable el trabajo cuando sale bien y cuando sale mal. Es miserable cuando la fortuna es hacer una fortuna y cuando la fortuna es no hacerla; salvarse de la trampa de ser un vocero del poder. Pero no digo esto solamente por las polaridades de la profesión y los grises bien grises en el medio…  Porque tampoco se puede pensar una profesión sólo en términos económicos o de la consagración. Lo digo porque siento que en los nortes conceptuales que ha seleccionado el periodismo como faro hay una trampa. Primero porque son dos. Y segundo porque son impracticables en la realidad. El norte de la independencia. El norte de la verdad.
La independencia
¿Cómo se es independiente en un oficio que no es una profesión liberal? ¿Cómo se es independiente siendo un trabajador casi necesariamente obligado a meterse en la fábrica esclava que son las corporaciones de los medios? ¿Cómo, cuando todos los medios se acumulan en un mismo grupo de poder, que está diseñado para ser, a su vez, el aparato reproductor de otro poder, de manejo de la influencia y de la opinión pública? ¿Cómo, si ser independiente es ser un free lance que no pude vivir de eso con una mínima garantía de un montón de cosas necesarias para vivir?
¿Cómo nos hacemos independientes cuando los que dicen defender o enseñar el periodismo –las facultades de periodismo sin ir más lejos- confunden la necesidad de una colegiación con la restricción a la libertad de expresión? Es cierto que todos tenemos derecho a la expresarnos, pero ¿qué tiene que ver eso con el trabajo intelectual de pensar, unir, deducir, escuchar, dar voz, reunir, separar, buscar, seleccionar, editar y enunciar un relato lo menos transparente que se pueda; lo más visible en el trazo justamente para que en ese lugar donde la realidad se muestra falazmente natural aparezca quien cuenta y porqué enuncia desde ahí? Decir que porque todos tenemos derecho a expresarnos no se puede definir y defender el territorio del periodismo es como si dijéramos que porque todos tenemos derecho a la defensa, la abogacía no amerita un campo propio ni sus propias reglas. O como si dijéramos que porque todos tenemos derecho a la defensa sería mejor que todos fuéramos boxeadores. Algo así de burdo.
Estuve muchos años en una facultad donde confundían la pelea por la defensa del trabajo del periodista con el de la libertad de expresión. Donde les parecía bien denigrar la profesión, pensando que la colegiación es propia de las profesiones liberales y jactándose de que que el periodismo es un oficio y que la labor es la de un trabajador. Y que si te iba mal – es decir: que si no triunfabas dentro de las corporaciones y te cagaban a tiros los militares eras el mejor periodista del mundo-.
Por supuesto: es un oficio y somos trabajadores… pero no definirla como una profesión es no poder poner condiciones laborales de no explotación donde hay que ponerlas para que no nos atropellen; para defender nuestro trabajo.
Y ya… entiendo que hay otros explotados… entiendo que se mal entienda que parándonos al lado de los otros explotados, ahí, al mismo nivel, es que se va a poder mirar la realidad del otro con la sensibilidad de mirar la propia… pero no funciona así. Matar a los periodistas explotándolos veintemilhoras en una redacción, en una situación de malpago, bajo amenaza de despido y obligándoles a hacer un abanico de  oficios terrestres por el mismo sueldo, de muchísimas notas en poquísimo tiempo es destruir la escritura y la mirada y la capacidad de pensar. No decir esto es matar la mucha o poca independencia que podría conquistarse.
Digo esto porque teniendo en cuenta que la realidad con la que los periodistas lidiamos no es tanto aquella que vemos sino con la que no se cuenta; que está en el aire de los mostradores de las redacciones donde los periodistas escriben en condiciones parecidas –más simbólicas, eso sí- a las costureras de los talleres esclavos del sueño de la moda, es necesario defender a los periodistas de esos monstruos; establecer condiciones de negociación donde el medio no se trague a sus voces para decir lo que el poder quiere decir.
No defender la colegiación o cualquier recurso que se nos ocurra para resguardarnos del atropello de esos medios es denigrar la profesión. No tener dignamente bien estipulado lo que vale nuestro trabajo y no hacer nada al respecto es hacer mal periodismo. E implica que los poderosos puedan seguir usando manos y cabezas para fagocitarse. ¿Qué posibilidades tiene hoy un periodista de decir en un medio: “no, yo no escribo de esto porque no creo en esto, no me parece lo importante y no convalido la bajada de línea”? ¿Qué libertad tenemos para contar lo que realmente queremos contar? ¿Y qué posibilidades de defender ese criterio en estas condiciones laborales?
El norte de la independencia es un oasis inventado.

La verdad
Y la verdad… presupone que alguien tiene la verdad. La verdad también es buscar tener el saber, tener el poder… Pienso en ese halo imperial que tiene la verdad y pienso en la verdad propia. Ese tono triunfal de la verdad ¿qué tiene que ver con la verdad? ¿Cuándo fue enunciada esa verdad? ¿Por quién? ¿Desde qué comprensión de las cosas? Y ¿qué tiene que ver con nosotros?
Hacemos periodismo para llegar a la verdad… pero, ¿a qué verdad? ¿Qué es lo que creemos antes de creer en lo que nos dicen? ¿Hicimos silencio? ¿Escuchamos realmente? ¿Nos escuchamos realmente a nosotros mismo? A ese ritmo, a esa velocidad en la que trabajamos para contar las cosas, las noticias, las historias: ¿qué posibilidad hay de una verdadera escucha? Y qué verdad es posible en un mundo polarizado, falto de integridad y falto de conciencia sobra la idea de que hay luz porque hay sombra y sombra porque hay luz.
Vayamos a la base de los presupuestos: ¿Qué pensamos que es el conflicto? ¿para qué enunciamos? ¿para quién? Para el lector. Bueno: ¿para que se sienta… cómo? ¿endeble, asustado, frágil, ansioso, impotente? ¿Hacemos periodismo para intoxicar a la gente de mala alimentación mental? ¿Hacemos periodismo como un apunte cotidiano de las pálidas y las miserias humanas? Yo guardo mi auto en una cochera que está en frente de mi casa. El tipo que cuida los autos en la cochera por la tarde es un sol del mundo. Es un hombre con una de las miradas más calma y buenas que he visto. Pasa más de ocho horas encerrado sentado en un cuartito de 1.20 mts cuadrados del que sale para correr entre 2 y 10 metros los autos y vuelve allí. A la estufa de garrafa y a la televisión. Me comenta, cuando llego, alguna de las noticias que está viendo y que yo –a fuerza de no querer intoxicarme y de tener la suerte de ser periodista para saber qué buscar y que no me vendan la mierda que produce el periodismo– no veo. Pero sí veo a ese hombre afligido por males que no puede resolver, abatiéndose, resistiendo las horas de un trabajo mal pago en ese cubículo y mataría a una docena de periodistas de la televisión. Tal vez más de una docena. Quisiera llegar y que ese tipo se estuviera riéndose o soñando o aprendiendo y mientras mira la televisión o lee el diario estuviera incorporando algo que le haga mejor y que lo haga olvidar mi auto en la trotadora.
Mi mamá que es una lectora voraz y no me lee –ni es de ahora y ni hablo solamente de los textos– me comenta: “me dijo fulanito que vos escribís muy bien. Deberías escribir en La Nación”. Es, a su manera, un elogio, siendo que ella lee La Nación religiosamente todos las noches hasta que la madrugada y el desvelo le dan ganas de volver al primer piso de la casa a hacerse un té… porque ella no puede dejar una noticia para mañana: ha tragado incluso la idea de que todo tiene que ser ya. Tiene que haber terminado de leer para cuando la próxima noticia la despierte. Mi mamá tiene una energía impresionante y yo no la tengo. Mi mamá no entiende porqué no me parece bien escribir para un diario.
Y yo simplemente soy periodista porque siempre me interesó hacer preguntas. Porque lo que me causa curiosidad me despierta deseo de acercamiento y comprensión. Y porque me gusta escribir. Y escribo porque necesito hacer eso. Sentir, sentarme y escribir. No tengo ninguna idea de si cuento un tiempo o no lo cuento; de si cuento o no la verdad y de quién. Para mí ser periodista es ser un poco un niño. Tener esa curiosidad, esa ilusión de saber, de entender y, a su vez, de no querer llegar nunca a la respuesta última donde las preguntas se mueren. De no llegar a esas respuesta de adultos sobrepuestos. De las injusticias asimiladas como naturales. No en el cinismo de escribir sobre un crimen comiendo una hamburgesa.

Ningún hombre es una isla
A mí los periodistas que van detrás de la noticia, detrás de la verdad, me chupan un huevo. Ni siquiera me importa la verdad. Me importa la historia y me importa la intención. Leo literatura como el mejor ejercicio del periodismo. Leo a Juan Forn escribiendo un texto llamado Ceylán; un texto que en 3 páginas cuenta un poco una isla y otro poco la historia de la familia de Michael Ondaatje y en que lloro tres veces y siento que he conocido, de algún modo, una isla, una familia, una sensibilidad y a un hombre, aunque ningún hombre sea una isla. Ni haya ninguna noticia que saber de Ceylán.
Me parece que el periodismo debería estar más lleno de ese detenimiento y menos de historias que se traten de correr.  Gay Talese, a sus ochentaipico de años, dice en una entrevista reciente que hoy no sería publicable su texto sobre Mohamed Alí en La Habana, siendo que actualmente, a cincuenta años de su publicación, sigue siendo una lección de periodismo. “No creo que ninguna revista estuviera dispuesta hoy a pagarme un viaje de 33 días, ¡33 días! Los Angeles, Las Vegas, aviones, hoteles, comidas, invitaciones a almorzar, a cenar, tragos. En esa época, en los años 60, era normal. Ya no. Todo para un texto de 16.000 palabras”. Y pensémoslo un momento: ¿qué hizo Gay Talese 33 días, mientras Mohamed Alí –la bestia del golpe corto- le quitaba el cuerpo a la entrevista, se le volvía esquivo?
No es poca cosa ese aire que necesitan las cosas. Los días que no cuentan antes de contar. Los días comunes… de elaboración. De meditar y de resfriarse. De encolerizar por lo que no sale como planeábamos y de darse cuenta que, como sea, habrá que volver a intentarlo. Perderse en un bar y emborracharse y levantare al otro día con dolor de cabeza y fe de abstemio. Los días siguientes, leer. Dormir. Gastarse los bauchers. Oler la ciudad. Sentir la ciudad. Caminar sin rumbo. Extrañar un poco. Mirar el paisaje. No pensar en nada. No saber de antemano. No creer de antemano. No contar de antemano. No picar carne y hacer enlatados. No charlar mientras se traga una hamburguesa y se maneja rumbo a matar gente… Someterse al flujo de la experiencia de mirar y de ver. De volver con lo hallado. De sentir y escribir y cortar y pegar hasta que la pieza: esa obra maestra, quede lista. Sin prisa. Con la contundencia de una obra que hablando del día hable de todos los días. Y atraviese cincuenta años para seguir siendo –tal vez- la mejor semblanza del mejor boxeador del mundo.
Pero hay otra cosa que dice en esa entrevista: “Los dos textos (habla de la entrevista a Frank Sinatra: “Sinatra está resfriado” y a Cassius Clay: “Alí en La Habana”) son sobre grandes hombres aun cuando esos grandes hombres nunca me hablaron y yo pude sin embargo hablarle sobre ellos al lector. Tuve una conexión mental con los dos”. Esos textos fueron escritos bajo un método que él describió como “the art of hanging out”: el arte de dejar pasar el tiempo; un método que él hizo su método pero del que tan bien sabía Raymond Carver. El relato en el que se espera que pase lo que no pasa. Y pasa otra cosa. Y lo inesperado es, a veces, lo mejor que puede pasar.
Feliz día, periodistas.


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