viernes, 8 de diciembre de 2017

Tales from the sky

                                                                                        Foto de Mariano Larralde
Oscuridad sin hora,
ahora… es un decir que avanza
sobre muros y explanadas,
la rambla, el hormigón, las playas

un perro ladra y en cambio
las hormigas y árboles sabrán pasar,
como ya lo han hecho,
ésta y otras tormentas

Mientas lo espeso del cielo
se aproxima al oído, la vista, a los sentidos
más y más
y el aviso se vuelve imposible de renuncia

todo será cuestión de estar,
aceptar y escuchar
el grito que truena
y recibir el mensaje que caiga.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Viaje al ascendente


Voy a buscar la música para el viaje hasta la disolución del mundo…
Un viaje para bordear la Tierra y consultar
qué tanta importancia tenga la ley de gravedad; 
la ley y la gravedad.
Una canción, que guarde impresa la voz del cielo,
cuando el centro de gravitación tiembla...
Que acalle el frenético ritmo de lo mundano y active el corazón,
la restitución del todo, más que todos y que esto.

Soltar la presión.
Restablecer la conexión.
Con astros y ancestros.

Viajar a la fuente del saber
beber pulso y materia,
volver a sentir la calma.

Un sitio donde no haya atropello ni nada contra qué chocar.
donde el propio colapso no sea… un fin para entender algo del otro.
Ni la profundidad sea una intención.
Ni la autoafirmación, ni el equilibrio, ni el orden.

El viaje como forma distante de saber del camino.
Y ver -sin el barullo de hacer- el salto evolutivo,
allí donde el dibujo de las mareas contrariadas
sea una emoción o una música.

Salir y no mirar más las estrellas ni desde allí.
Ser las estrellas: brújulas sabias, luminosas,
aparentemente quietas ante el resto de las cosas
haya o no haya oscurecido.

martes, 31 de octubre de 2017

Hallazgos y balances en el medio de la vida


Del sol y de la lluvia
Llueve.
Llueve y avanzo por el Boulevard Peralta Ramos, dejando atrás los recodos donde están las postales típicas de la ciudad: el Torreón del Monje, el Hermitage, El NH provincial… Avanzo buscando un lugar para estacionar cerca de la entrada del Teatro Auditorium para hacer ese salto de mundo; meterme en el cine a perderme allí. Dan una película que quería ver y sacaron demasiado pronto de cartel en la que trabaja Juliete Binoche y se llama Un bello sol interior.
Tiro el auto en la puerta calculando –mal, evidentemente- que quienes esperan el colectivo podrán subir atrás; que los municipales que viven de paro no van a laburar justo hoy, que es domingo y llueve, y que ¿a qué clase de oscuro burócrata se le ocurriría multar a alguien que entra a un cine…? Paso una pierna hacia el otro hueco del asiento, el del acompañante. Abro la puerta y me cae encima una cortina de agua. Bajo y cierro la puerta dándome por empapada y sabiendo que es un sinsentido haber querido evitar lo que pasa. Veo entre las baldosas gris perla de la vía pública y la línea de flotación mi botita de crepe de Paula CahenD´Anvers. Miro un minuto esa fusión: el gris de la baldosa, el plata de la gamusa, el crepe, el agua. En la boletería me atiende una chica trans.
-          ¿Una sola?
-         
-          ¿Con descuento?
-          No sé. ¿Descuento de qué?
-          ¿De Jubilada?
-          No. Todavía no.
-          ¿De Estudiante?
-          No, no. Tampoco. Ya no.
-          Setenta pesos.
No sé si la idea es que sea ésta la edad del pavo, pero de pronto todo me causa risa. Cruzo veinte metros a la intemperie entre la boletería y la arcada del Auditorium. Empiezo a escuchar el clap del agua entre la suela de mi bota y el pie, mientras dejo atrás, echados en el piso, sobre mantas y pareos, vendedores de panes redondos amarillentos con olor a tabaco. A veces me transmiten una secreta y rara felicidad mis obstinaciones. Tras la puerta, al pie de la escalera, me encuentro con Francoise.
-          ¡Hola!- le digo a la francesa más francesa del mundo; que vive hace veinte años en Argentina y se las ha ingeniado para que su castellano suene exactamente igual al francés. -¿Y José? ¿Y Sofi?
-          Ahora vienen… ¡Esta película es para vos, Celine!- dice y me abraza: -Te va a enseñar mucho de la vida, sobre todo a no irte con cualquiera…
Nos estamos matando de la risa cuando llegan José y Sofi.
-          Creo que ya lo aprendí sola, igual….
-          ¿De qué se ríen? –pregunta su esposo.
-          Se aprende, sí –consiente. - En algún momento se aprende.
Subimos todos juntos la escalera. Nos sentamos entre los asientos de felpa roja y el techo lleno de globos color marfil. Se apagan las luces, empieza el film. Una película francesa con ese tempo tranquilo siempre me convoca y también Juliete Binoche, a quien puedo perdonarle una clase Z. Y además es domingo y llueve e ir al cine me parece algo tan retro y mágico que no importa estar mojada ni nada de lo que ocurra afuera. El film está basado en un libro de Roland Barthes: Fragmentos de un discurso amoroso. Un amigo me lo regaló hace años, luego de alguna decepción amorosa y a las semanas se lo devolví: “¿a vos no te parece que yo ya tengo bastante como para que vos me mandes a leer a Roland Barthes?”. Pensé que tal vez los años me harían madurar o entenderlo mejor… Pero los diálogos del libreto no me encantan… El film está mejor. Creo que sólo porque se lo pone encima Binoche. Me lleva un rato saber qué me pasa con lo que veo… En el rastrillaje de un sinfín de fracasos amorosos, me gusta la chica en su decisión de no declinar al amor, en su búsqueda legítima de una alegría duradera y sus ganas de bailar, con ese fit de femme fatale desganada con el que taconea París. Pero no me gustan las historias ni la clase de hombres con la que se equivoca: un banquero gordo y cínico y un actor temeroso y ambivalente. A los postres, la aparición de Gerard Depardieu; ese extraño ser que le adivina el futuro con un péndulo cuando el futuro no es más que todo lo que está ahí en ella; todo lo que proyecta tal como está me aburrió; me resultó un fraude. ¿Y la búsqueda del sol interior –a propósito de la película-? Queda interrumpida por los títulos…
Descubro que pasan los años y algunas cosas no cambian y otras sí. Hubiera ahorrado todo el papel que se gastó en imprimir el libro de Barthes y en cuanto al film… no sé… me parece un poco desmotivado y conservador. Las historias no son de amor ni tienen encanto; el encanto es ella y no se explora. Y además cualquier mujer/hombre separada/o con un hijo/a sabe que la vida cotidiana no da margen para andar llorando en los rincones tanta cinta por desencuentros amorosos.
La escena que más me gusta de la película es un frame casi fuera de contexto… Pero para mí lo es todo. En un momento se encuentra en la pescadería con un amigo y ambos se cuentan lo mal que les va en la vida amorosa. Luego, él la invita a pasar un fin de semana en el campo con amigos. Ella no sabe si la va a pasar bien, si tiene ánimo para eso…. Dice que lo tiene que pensar… que tal vez, que le avisa. El hombre se va; ella también… La vendedora de pescado toma los últimos dos filets de una fuente plástica blanca llena de hielo y los pasa a una donde hay más. Y va gira hacia donde hay más pesado por poner. Por gente como esa vendedora, sin margen para hacerse preguntas pelotudas, es posible todo… Inclusive esa película. Creo que me debo de haber reído cinco minutos en medio de la sala muda.
En otro tiempo yo me hubiera sentido un poco la chica de la película. Ahora no. Me siento bien en alguna fila ignota de esa sala teatral inmensa, con los pies mojados, el pelo frío, la respiración pausada de quien espera que se desarrollen los hechos sin poner sentimientos en una proyección en la que ya no me proyecto. Me hubiera gustado más que las historias de desamor pasaran más rápido; ir directo al punto: a la búsqueda del sol interior. Es ahí donde termina el film y donde para mí empezó la película.
A la salida no paró de llover. Tengo una multa mojada en el vidrio del auto y el alivio de haber dejado todo fracaso amoroso adentro del cine. Estoy con mi sol interior, sin saber dónde se paga una multa municipal, un domingo de lluvia.

                                 
De la emoción
El año pasado encontré dos publicaciones que me guardé en el corazón y en la biblioteca. Una, es la foto de Guillermo Vilas emocionado por la graduación de su hija. La otra, una entrevista que le hicieron a Julieta Cardinali en la revista Ohlalá. Trato de preservarme de las informaciones de los medios porque leerlas me parece como intentar respirar adentro de un tacho de basura, pero cada tanto algo brilla ahí adentro. Siempre pensé que no existe gente a la que no le gusta leer. Solo existe gente que no encontró lo que fue escrito para que lea y me alegra cuando encuentro algo que tengo que encontrar. Como una especie de mapa, tesoro o regalo. La foto de Vilas me emocionó… Estuve mirándola un rato…
No sé porqué me conmovió tanto como para recordarla y saberla un faro. Ni sé porqué me cae tan bien Vilas. Reducirlo a sus andanzas y sus reconocimientos es destilarlo mal. A pesar de haber recorrido algunos lugares que también yo conocí como marplatense no me alcanza. Que haya trazado una amistad con el Flaco Spinetta y haya adquirido el padrinazgo de Dante no me parece suficiente. Ni sus triunfos como tenista porque verdaderamente yo no sé nada de tennis. Que su autobiografía “Quién soy y cómo juego” haya motivado a gente fuera del ambiente del deporte, como al músico Sergio Pángaro, me parece curioso, sí… y simpático… pero no más… Tal vez mejor lo explica que en la distinción que le hizo el Senado de la Nación en el 2005 dijo: "Uno se transforma en un embajador de su país, pero a veces se siente una gran soledad. Nunca estuve más solo en mi vida que cuando fui el número 1, en 1977. Era un cardo. Solo, solo. La gente puede pensar que fue un año espectacular: yo deseaba que terminase rápido”.
Pero verdaderamente creo que tiene que ver con otras cosas: que haya hecho música a pesar de hacerlo mal. Que tenga la cintura para andar por el camino de la estrella desmarcándose del eclipse, del brillo fugaz; contactando con lo más lindo y nítido que tienen las estrellas: poder verlas a partir de la consciencia de que existen y eso no es más que como seres humanos. Que se haya entregado al amor cuando se terminan los pronósticos sobre la vida amorosa, cuando lo sintió y en una relación desigual –tal vez sea en esas relaciones de amor en las únicas en las que yo creo- y que haya tenido cuatro hijos cerca de los sesenta, cuando la gente empieza a aferrarse al miedo y a la seguridad. Y más que eso porque aún conserva la mirada y la sonrisa de un chico.  
Sé que a muchos otros les pasa que no saben cómo compartir cierta clase de secretas emociones de lo que les gusta del mundo, por más que aparentemente tengan con quién compartirlo y que encima no tienen el entrenamiento, la paciencia o las ganas de escribir. Y por alguna razón que desconozco tengo un don para la intimidad con las personas, que a veces me sorprenden con ciertas confesiones, risas, lágrimas, secretos en menos de media hora de charla. Sentir con una persona que hay algo… un mundo transparente… sostenido entre sus manos y las mías por un rato es de las cosas que más felicidad me dan. Y que, de pronto, sus emociones también son las mías. Creo que por eso escribo. Que por eso guardo esta clase de cosas. A través de las palabras siento que camino hasta el fin de ellas; hacia un lugar donde todo lo fragmentario se diluye como forma de ser y de saber. Donde el agua, en el agua, se vuelve el agua. Y habita el silencio de los budas. Caminar en esa dirección es mi plan. Y ni siquiera es un norte o un objetivo. Es algo que pasa, que siento, que ya no cuestiono de mí. Caminar sin pensar en el final del camino porque nadie espera allí. Ni hay medallas, ni fotógrafos, ni periodistas. Todo propósito está aquí, ahora y cuanto más fortuito, inconsciente y sorpresivo resulte, capaz mejor.


Del azar
La entrevista a Julieta me hizo reír, identificarme y saber que una galaxia menos restrictiva que la del plano físico, real y tangible, de algún modo, yo podría ser amiga de ella. Le preguntan si es esotérica o supersticiosa. Ella contesta que le cuesta creer… Pero que cuando no sabe para dónde disparar “por ahí te llamo a una bruja o algo así. Me divierte… Me he pasado tardes con amigas haciendo ejercicios voladísimos de interpretación del I-Ching. Cualquier cosa que me digan: tarot, astrología, ya lo probé… pero me considero una escéptica. En lo único que creo es en la terapia y en mi trabajo con Ricardo, que es totalmente ortodoxo”.
-          ¿Y qué dice Ricardo de tus deslices mágicos?
-          ¿Están locas? ¿Cómo le voy a contar…? El se está enterando ahora… ¿Qué le digo? “No, mirá… mi tarotista no piensa lo mismo que vos…”
-          ¿No serás de las que buscan señales de aprobación en el terapeuta?
-          Bueno…. Por eso Ricardo me mandó a hacer diván. Lo miraba en clave de: ¿qué pensás de esto? Por eso en un momento, me dijo: “Acostate. No me mires más…”. Un par de sesiones y me puso los puntos.
-          Ricardo es como el hombre de tu vida…
-          Es el hombre que más me conoce y la relación que más me ha durado. Todos pasan. Queda Ricardo. Estamos juntos desde hace doce años.
-          ¿Nunca lo vas a dejar?
-          No soy fanática de ir todo el tiempo y me tomo mis pausas… Él lo sabe, ya me conoce… Y también la edad te juega a favor. Nadie dice lo bueno de crecer, pero pasa eso: tenés más claridad.
Me gusta mucho esta entrevista a Julieta Cardinali y otra en la que dijo: “no me interesa tener el culo en la nuca”. Es valiente incluso para mostrarse vulnerable, lastimada, aprendiz, laburante, creyente. Me gusta esa versión de Julieta. Merece un Romeo que le proponga algo mejor que envenenarse juntos. Tiene razón cuando dice que hay cosas que se descubren con la edad. El regalo de tener más claridad, menos prejuicios, más lentitud para las búsquedas. Más conciencia de cuáles historias fueron verdaderas y cuáles, sencillamente, estuvieron ahí cuando yo no estaba. Más alegría por las auténticas elecciones que hice, aunque no hayan sido demasiadas. Más certeza de que el espacio vacío, zen es inmensamente mejor. Menos necesidad de que me comprendan, de coincidir, de complacer. Menos culpa por lo extraordinario que pueda haber en mí o en lo que yo atraiga. Con la certeza de que el amor es una capacidad de dar, no algo que se busca afuera. Que es, claramente, un sol interior y que no podría estar en ningún lado donde yo no esté. Con la tranquilidad de saber que algunas cosas definitivamente no se han inventado para mí, porque son cosas en las que sencillamente no creo o que no comparto y por las que me parece que al mundo le sobra un poco de utilería-: los deportes de alta montaña, las gaseosas, la psiquiatría, los pet shops, los sistemas de carga de datos, el libro de quejas, el cotillón, la televisión, la pareja como institución.
Hay algunas cosas que ya no me contrarían ni estresan de mí. Mi impuntualidad. Mi necesidad de reflexionarlo todo como si me tirara de cabeza un clavado al mundo submarino cada vez que la superficie y la mirada me incomodan. Mi picardía: la he aceptado. La disfruto como si me atara los cordones uno de cada zapatilla y saliera a caminar mientras no sea necesario frenar porque alguien interrumpe para preguntar -señalar, ¿el error?- y buscar explicaciones que luego no comprende. He aprendido que todo siempre puede resumirse al genérico: “Es que yo no lo pensé así…”, como máxima aproximación posible de la distancia. Y a veces hay que aprender a saludarse con gracia como si alguno de los dos se fuera en un avión y el otro se quedara en tierra. Y, ¿qué es mejor? ¿Poder elevarse o pisar tierra firme?
De a ratos, el mundo me cuesta y, como el día, yo también anochezco. La expansión de la demanda de la cotidianeidad me fastidia como el sueño a los niños. En eso no he crecido. No sé tramitar ni gestionar bien en ese segundo anillo: la esfera adulta adonde nos resignamos y nos callamos la boca y no decimos más lo que pensamos. Creo que aprenderlo es algo que ya no me va a pasar. Voy con la primera capa a todos lados y cuando se me ensucia o rompe; cuando por momentos siento que no hay una distancia prudencial entre el mundo y mis huesos me escapo a mi casa. A los refugios que tengo. A los amores que no se discuten ni explican; a la música para bailar o creer o llorar, a los libros, al silencio, al canto, a la escritura, al fastidio resoplado, a la poesía, a la belleza, al agua, a las plantas, al mar.
Y el rato pasa, como todo lo demás.


Del punto medio de la vida y el destiempo
En dos días voy a cumplir 36 años… el medio justo de la vida (útil). Me alegra esta edad.
-          Vos estás loca… Con todos los desarrollos tecnológicos que hay ahora… A los setenta vas a seguir estar hecha una diosa y la vida recién va a empezar…- me dijo el padre de mi hijo.
-          Ah… Me muero… Decime que me estás cargando… ¿Y quién quiere estar a esa edad? Si no tengo el talento y la gracia de Oscar Niemayer, John Berger o Patti Smith, por lo menos: ¡dejame en paz! ¿O pensás que estoy interesada en ir a ANSES? ¿O es una de tus seducciones impersonales y poco asertivas? Si me querés decir algo, decímelo ahora. Me molesta la gente da vueltas y deja todo para después.
-          Ah, pero sos más temeraria que el jefe de la bancada kirchnerista en la ley 125: “si hay algo que hacer hagámoslo rápido”. Para hablar en serio de lo que te dije, todavía sos demasiado joven e irrespetuosa. Ya te lo voy a volver a mencionar y lo vas a apostillar.
-          No voy a hablar de la ley 125. Ya todos sabemos quién es quién.

Verdaderamente, no tengo un problema con la edad… De hecho, hasta pienso que rendirle culto a la juventud es algo demodé, propio del siglo pasado. Solo me molesta la inutilización del tiempo y del espacio. El estar de más. No aportando nada nuevo o nada valioso..
En cuanto a este momento, siento que estoy entrando al bando de la inimputabilidad donde en el fondo siempre quise estar… y donde siempre busqué estar de infiltrada, sin suficiente curriculum ni edad, como testigo, narradora, acompañante o periodista de los otros; un lugar en donde ya sentía que estaba a los seis años, cuando me ofendía profundamente que me preguntaran porqué no iba a cenar a la mesa con los niños. Me gusta ese bando en que la velocidad gira del apuro a la agilidad y esa soltura con la que Perón le dijo a los Montoneros: “entre gitanos no nos vamos a echar la suerte”. Es muy duro ser joven. Viejo también.
Este momento está bien.
Está bastante bien.
Empiezo a capitalizar el don de lo desafortunado. De aquello que ha aparecido como disrupción, carencia o imposibilidad, vulnerabilidad o falta de condición. Siento que haciendo foco en el proceso más que en el resultado de las cosas descubro que todo tiene una aparición afortunada. Creo que ya no importan más las victorias. Que son nociones del pasado. Hemos estructurado todo lo que sabemos de la Historia a partir de la narración de los resultados; de vencedores y vencidos. Las guerras y los pactos. Creo que me interesa mucho más pensar en los engranajes y en la circulación. En todo lo que hacemos cada día.
Hace unos días tuve un sueño. Hacía cine en Mar del Plata. Vi el plano general largo que filmaba, en Playa Grande, desde debajo de un puente que, en verdad, no existe. La película empezaba ahí. No sé qué más pasaba. Luego me desperté.



De la galaxia
Mañana voy a cumplir años… Por un rato miro una película. Melancholía, de Lars Von Trier. Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg en la ficción son las hermanas Clare y Justine. La rubia y la morocha son las dos partes en las que se divide y completa la película de ciencia ficción, en la que cada cual representa un planeta y se ve incidida por la otra y el sistema astrológico general. El planeta Melancholía se está acercando a la Tierra y generando un estado meditabundo y reflexivo; una sucesión de eventos desastrosos, dentro de los cuales el primero es la novia escapándose de su casamiento; huyendo de la farsa de un mundo consensuado, conectando con su estrella en el cielo y queriendo fugarse de un novio que no ve, de un corazón que no siente, de una madre cínica, de una fiesta aburrida.
No importa entender la película ni contarla porque los eventos no son homologables a la vida real. Salvo porque son la ficcionalización de algo que siempre pensé. Que si a la postal maravillosa de un hipotético y perfecto casamiento con el que todas las nenas soñamos alguna vez le voy poniendo a los actores reales, también yo huiría de ahí de la mano de mi hermana. Arrojada sobre una pila de almohadas ingreso absorta en un relato donde -sin que sea el eje del film- el vínculo entre las hermanas tiene una importancia sideral. Esa guarida primera; esa complicidad, esa capacidad de anticiparse a las reacciones de la otra y el impacto de una en la otra. Sólo alguien que tenga una hermana tan próxima entenderá de qué se trata ese primer lugar de amor, en medio de la colisión de los planetas ancestrales. De contención sin preguntas y sin necesidad de comprender el sentir de la otra. Esa relación ineludible donde la opuesta asignación de atributos complementarios construye una fortaleza eterna, en medio de aventuras, desventuras; entre la evolución, la espera, los cambios, las reflexiones, las distancias, las aproximaciones y los espejos, mientras el mundo y los planetas que se mueven todo el tiempo. Un lugar que permanece y muta, como la vida.
Ahora pienso en esta asignación de atributos diversos… Y sospecho que el universo tuvo algún plan cuando puso seis de doce planetas en escorpio en mi carta natal. Detectar para qué están es una misión a la que me dedico sin del todo arriesgar a una respuesta.



De la estrella y la tierra traída del fondo del mar.
Tengo en la carta natal seis -de doce- planetas en escorpio. El ascendente en picis. La luna en escorpio. Agua y agua y agua. Agua por demás. La sensibilidad, las emociones es por donde todo se pierde.
Camino en soledad del campo inmenso sin cordones ni banquinas; buscando la estrella más brillante de la constelación… la estrella faro. Llegar a esa luz, a su don, su sentido.
Es Antares el corazón del escorpión; la super gigante roja de doce millones de años que tiene casi tres veces edad que el Sol y una luminosidad en el espectro visible diez mil veces mayor y una de las cuatro más brillantes de la línea curva por donde transcurre el Sol alrededor de la Tierra en su aparente movimiento visto desde la Tierra.
Estamos confundidos si hemos creído que el punto es el Sol.
Antares es anti Ares: Marte ¿y hay vida en Marte? Marte es el dios de la guerra, ¿qué sería Antares? ¿La diosa del amor?
Antares: busco entre mitos que se pisan y confunden. El griego, chino, el astronómico, astrológico. Busco porque hay que barrer más profundo, no dar nada por sentado, mover el culo, pensar hasta que lo “dado” se vuelva sólo un cubo; algo que sale del cubilete a rodar.
La historia de Antares en la Polinesia. Me quedo allí.
Antares en el agua, sin enfrentamientos en el cielo ni en los territorios. Allí la imagen de la constelación no es la de un escorpión (animal de tierra) sino la imagen de un ansuelo mágico, con el que el semidiós Maui levantó la tierra del fondo del mar. La Polinesia es un triángulo sobre el agu sostenido entre los vértices de Hawai al norte. La isla de Pascua, al este. Nueva Zelanda, al oeste. Un puente sobre el agua. Rehua (el nombre que allí toma Antares) es un dios que tiene el poder de sanar cualquier enfermedad.
Para varios pueblos de la Polinesia, la Vía Láctea es el río por donde navegó un ancestro en los cielos y los cubrió de estrellas para evitar que la oscuridad de la noche permitiera a los demonios venir a atacar y devorar a los hombres. El dios del cielo estaba tan contento por esta acción que colocó la canoa del héroe en el cielo: esa embarcación que comienza en Orión y termina en Escorpio.
Y yo voy por esa odisea del espacio interior.

 

sábado, 23 de septiembre de 2017

El amor


A palabras que se dicen de otro modo y esconden su esencia:
viajero suena casi a reincidente y “viajante”, a un tipo cansado…
Me gusta decir “viajador”. Que suena a amador y a un verbo,
que es lo más importante que pasa cuando alguien viaja.

A los silencios y a los tiempos de no hacer.
Al placer, tan parecido a la risa.
A la falta de prisa, en estos tiempos. Para lo que sea.

El amor a la luz,
al azul, que es al mar,
a la mar
al amar

A la tarde de sol,
al camino,
las flores.
A las ganas.

A la fotografía.
A la poesía. (Una amiga transcribió una poesía que leí. Decía: “es cierto, no elegí venir y tampoco quiero irme; pero mientras estoy aquí tomaré ciertas decisiones contingentes al hecho de estar aquí”. Lo leí y pensé: bien a quien le guste; bien a quien no. El mundo está lleno de búsqueda de aliados, fortalezas y un pensamiento totalitario y tranquilizador. Yo quiero la paz que me da la debilidad de un pensamiento propio, único, unicista e inquietante).

A despertar con la mano de Juan en el pelo y el sol dentro de casa.
A dormir para olvidar todo, para dejarse ir al mar profundo y nadar.

A las postales que se van de donde son para ser del lugar adonde llegan

El amor que enseñamos,
del que aprendemos
el que nos falta y nos sobra y no tiene límites tan claros
el amor que contamos para seguir ahí un rato
del que no podríamos, no sabríamos cómo, hablar porque las palabras son otra cosa.

A las películas que vimos en el cine
A la mutua aceptación de la desinteligencia.
Al tacto de todo lo infinito que cabe en una mano.
A la música. Definitivamente.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Hacia la primavera

                  

Siguiendo al cielo rosa de la primavera me perdí en la tarde sin llegar al mar
Hubiera sido mejor (o tal vez no)

emprender la búsqueda
de destinos más precisos.

Quizá estuvo bien… caminar así…
sin pensar en nada, sin llegar a nada

sólo ocurriendo, como el cielo ese.

Vi -a través de la ventana de una casa- cómo iluminaba una sala la luz del televisor. En el inmenso jardín todavía soleado, un pino alto y añejo bailaba sin gracia como Bryan Ferry. Supuse que había un señor aburrido sentado frente al televisor. Dicen que ya no se dice “la luz de los rayos catódicos”; que no existen más. Yo no sé porque no tengo tele ni es algo que vaya a tener. Y yo no sé cómo se dice la tristeza que me causa esa falsa luminosidad, ese estar afuera de la vida misma, ese dejarse estar. Ese dormirse, empalidecer bajo la luz sin brillo de lo que le pasa a un quién que no importa en algún otro lugar. Esa luz mortífera bañando el mundo, me preocupa más que el mundo en sí. No supe qué hacer más que irme. Guardar la postal de la desesperanza. Seguir.
Y luego vi el sol de la tarde alumbrando a la naturaleza que florece y vi el método de nacimiento de las flores; me sentí feliz por ese despunte suave que hacen, como si se quitaran algo, frente a un desconocido. O como si se desperezaran.

Pensé en llamar a mi novio, decirle: “hola… sí… ahora voy a comprar un budín, me pasó tal cosa…” y me aburrí de pensar en la crónica contingente. Pensé en el cuento de Salinger: Un día perfecto para el pez banana, con una mujer hablando por teléfono mientras se pinta las uñas, una madre la agobia y un tipo se muere de desesperación. Pensé en el remedio de psicomagia de Alejandro Jodorowsky contra las madres que hablan por teléfono y me reí. ¿Cuándo se toma el rumbo equivocado de prestarse a negociar la soledad con la pericia de los gitanos sobre un rectángulo de titanio? ¿Qué sentido tiene esa información de mí? La vida mundana no me hace justicia.

Sentí una rara falta de confort en este deber ser de empezar a pensar el mundo de a dos. Nunca pude y no sé si pueda hacerlo. Creo que no creo en eso. Sí en el amor pero no en el binomio. Estar acá, a intervalos, siento que es casi lo máximo que puedo dar. Después… miro como ven mis ojos. Camino según pisan mis pies. Advierto a veces con gracia, a veces con miedo, la proximidad de los otros y tengo la necesidad de resguardarme en un hipotético territorio que siempre percibo en la frontera. En otra vida debo haber sido vasco. O judía. O alguien que no encontró un lugar.

Después, supe ya sin culpa, más tranquila, que soy impar; no incompleta y que eso no me pesa en absoluto aunque a otros sí. Respiré profundo. Soy una y ¿cuántos números tiene, al fin y al cabo, el infinito? Parecería que con dos la cuenta alcanza para estar en paz. Y no voy a meterme con la mediocridad de la gente. Bastante con lo del televisor. Alguna vez festejé un cumpleaños con mucha gente y no sé si la pasé bien. Alguna vez lloré sola en un subte lleno que no frenó en Medrano. Alguna vez me enamoré en un lugar inoportuno. Algunas veces me calma saber que la profundidad de la existencia humana no es numérica ni puede contabilizarse. ¿Con quién estoy, con quién estuve, con quién estaba realmente? Hay cosas para las que se me agotan las palabras.

Creí que un rato conmigo misma me hacía falta y me iba a hacer bien. Compré un budín de limón y pensé en tomar cerveza, pero eran las seis de la tarde; llevaba en la mochila un libro demasiado grueso y el compromiso de volver pronto. A los lugares donde se oficia de madre no se vuelve con una pinta puesta encima con la frescura de Patti Smith.

Dejé –o al menos lo intento- de querer que algo se aquiete para que exista el momento propiciatorio de la escritura. Espero, en falsa calma, hasta el rato en que logre reaparecer. Y tomo nota mental del movimiento aunque sepa que hasta que el día cese y también mi estar afuera yo no voy a poder escribir.

Entendí que iba a hacerse de noche porque siempre pasa.

Confié en el meridiano de esas horas de vigilia antes del sueño para sentarme aquí a saber que las no tan altas horas de la noche me encantan como acariciar con el pie a mi perro Negro y sentir la quietud del lomo que late y los pelos suaves, mientras en silencio él disfruta estar echado y respira, y yo reconozco un fractal de la paz.

No medí. No evalué. No razoné. No conocí.
Anduve
Y, así, disparatadamente tuve la certeza de que en la bifurcación de la filosofía es seguro yo hubiera tomado el rumbo de Heráclito; no de Parménides. Tal vez, el rumbo equivocado, pero Heráclito, cultor de la vida sensible; no de la vida medida y sin error, me hubiera arrastrado sin dudas. No sé porqué seguimos creyéndonos seres racionales, morales, científicos, como si eso nos diera status frente a otras creaciones y especies. ¿Hasta cuándo va a sobrevivir esta mentira? Pienso en el mito de la caverna; pero sobre todo pienso en el mito del que tuvo la gentileza de subir, comprender y bajar a contar algo sobre la sabiduría… Primero: yo tampoco querría que nadie venga a advertirme de la verdad en otro lugar. Y, segundo: ¿cómo nadie lo advirtió? El sol es a great ball of fire y si alguien pudiera regresar de allí, regresaría quemado. Prefiero la luz que permite las sombras. Prefiero el espacio sin imágenes que motiva a la imaginación. Me alcanza con advertir el conocimiento del mundo es a través de unas falaces percepciones que me siguen como latas vacías de gaseosa unidas en un cordel al auto de los recién casados. Van a ras del suelo.
El sol es inalcanzable.
El cielo es inasible.
La luz, intermitente.

Volví, al tiempo presente, a mirar la puerta blanca bajo los árboles; la puerta que se abre cuando llego a buscar a mi hijo a su clase de yoga, a guardar mi afán vagabundo y el sinuoso periplo para un día después. A sentir ese abrazo inmenso, más hermoso y grande que todo lo que pueda ver, pensar, decir, saber, dejar, creer, percibir, sospechar, entender…


Y le dije: “Está por llegar la primavera”.  

Agosto

lunes, 10 de julio de 2017

Duermevela

Domingo
Me siento frente a la notebook recién cuando Juan se queda dormido. Son bastante pasadas las diez. Los domingos son complicados: reinstaurar el sistema de vida escolar/laboral cuando nos hemos levantado tarde y estamos desperezados de más, en un brunch eterno, paseando sin apuro cosas por la casa y luego las consecuencias: las noches despabilados… Se duerme y yo me siento sola por primera vez al día frente a la hoja en blanco. Los primeros minutos los celebro: un recreo, la libertad… Los siguientes estoy frente a la página en blanco y no sé qué escribir. No puedo empezar, no puedo retomar las ideas punteadas o los textos empezados, no puedo traducir a un texto nuevo corto, ponche, la experiencia vivida estos días…
 Yo no tengo el pánico a la página en blanco.
No tengo eso
ni tengo insomnio
ni tampoco creo en enfermarse.
Cuando miro sin ver la página en blanco y no empiezo me fastidio. No puedo pensar como John Cage frente a la bomba atómica que dada la existencia de un sonido al que no se puede sobrevivir, la historia de la música está garantizada para siempre. Pienso… que los dones son un regalo caprichoso; que pueden mutar; que no se manejan… que las inspiraciones vienen cuando quieren y me dedico temporalmente a esperarlos sin pensar en ellos, mirando otras cosas.
Cuando no duermo y estoy contracturada sin que me sirva elongar hasta retorcerme como un ovillo o escuchar meditaciones mudas o cantadas, también me fastidio. Y cuando me enfermo, hasta que entiendo qué cosa tenían para decirme las defensas bajas, también. Con esa clase de fastidio que les ocurre a los niños cuando están cansados, porque el cansancio no es de los niños. Los niños tienen sueño o tienen energía. Pero no ese estado de deterioro y naufragio que es el cansancio.
Un hombre me dijo una vez: “envidio cómo dormís. Te entregás con una liviandad de consciencia que no existe en el mundo” Una amiga me dijo una vez: “yo no sé cómo hacés… Sos capaz de dormir al lado de un asesino serial pensando que mañana será otro día...”. Los dos me hicieron reír. Ahora, sentada acá, sin sueño y sin palabras, no me río. Pienso si sigo siendo esa persona… O ya pasó. Pienso en esa verdad del saber popular que dice que con los años dormís menos… Y pienso si voy camino a convertirme en la gente que se levanta al alba y sale a buscar el pan y el diario, cuando ni el pan, ni el día, ni el diario han llegado…

                                                           (foto de Rinko Kawauchi)
Lunes
Esta noche estoy reescribiendo pedazos de la tercera parte del texto de mi otro blog, que abandoné en la puerta, porque es demasiado extenso. Habla del ocho de marzo que para mí fue el día de celebrar a ocho maestras que conocí cuando volví a vivir a Mar del Plata. Pero no lo puedo escribir. Estoy frente a la página en blanco pensando en Juan Forn.
En algo que dice en el prólogo de María Domecq: que durante los años de escribir sin parar había canibalizado una historia –esa- que merecía otro tiempo, otra pausa, otra extensión.
Las ocho mujeres son parte de una novela. Las ocho se enhebran y cruzan; no me es sencillo separarlas por nombre y rubro. No ha funcionado su saber así en mi vida… sino en un tejido. Y ahora no tengo ni las ganas ni el tiempo de afrontar el desafío de escribir esa novela cuando tengo tanto de otras tantas cosas que escribir que no sé por dónde empezar.  
Son las 2 am.
No debería estar sabiéndolo…

Martes
A la mañana me levanto feliz porque voy a ir a nadar. Me espera 8.15 am la pileta de 25 metros y este es el plan: nadar mucho, enérgicamente, sacarme la tontera del mal sueño, gastarme toda la energía, finalmente luego, entonces sí: esta noche dormir.
Estoy lenta en el agua y no coordino las brazadas de espalda… Vuelvo los 25 metros patada fuerte  de crawl, abrazada a la tabla colorada, la cabeza apoyada allí arriba, queriendo entregarla al final del recorrido. En el borde de la pileta está Guille, el profe, y se ríe. Se ríe Darío, que nada al lado mío… Y un par más.
-          ¿Qué te pasa?- me pregunta Darío, acercándose
-          Ehhh, ¿te alcanzo un café, una medialuna, un gatorade?- se burla Guille. ¿O todo?
-          Todo. En ese orden.
Al atardecer compro un libro. Si no duermo y no escribo y nado como un zepelín que aterrizó en la pileta, al menos necesito leer. “Este es el mar” de Mariana Enríquez me parece el libro ideal. Zambullirme en el rock, en el amor, en el mar, en la literatura… ¿cómo no querría?
Es todo lo que quiero.
Pero no todo resulta tan ideal.
El libro no me gusta…
Aunque también escriba,
aunque también el mar
y el deseo… y todo el limbo del amor…
Aunque también amé a un rockstar
y me revolqué con él.
Soy una romántica; no una freak.
Ni una buena fan. Ni una devota.
Creo, como Prince, que Dios está en cada uno de nosotros.
A veces, durmiendo.
A veces, no.


Miércoles
Por la mañana, leo un perfil/entrevista a Zaffaroni con la que el periodista Federico Bianchini ganó el premio Don Quijote, entregado por los reyes de España. “El gran anfibio” es un gran relato, a un gran jurista, ex juez la Corte, docente y hombre. Me gusta la gente así: que no ostenta un cargo porque no es un cargo. Es mucho más y mucho menos que eso. Un tipo humilde. En eso consiste su grandeza. Y en su picardía.
Además, nada. A los setenta y dos años, Eugenio Zaffaroni hace 1000 mts. diarios –40 piletas de 25 metros– a ritmo regular, una hora al día. Su hora sagrada, su hora de paz… Cuando el mundo se pone oscuro, se pone lento, todo mal, Eugenio se zambulle en el agua y respira.
A la tarde voy a lo de Clarisa: otra anfibia. Clarisa es psicóloga, instructora de yoga, de mindfulness, conocedora de la tradición ayurvédica, para cuidar el cuerpo y tiene una maestría en temas relacionados con la ansiedad. Clarisa medita, reflexiona, respira, piensa, suelta. Y a mí me propone lo mismo. Yo le hago el listado de relaciones en las que naufragué.
-          ¿te hubieras querido quedar en alguno de esos puertos por los que pasaste?
-          No. Pero ¿no debería pensar algo de mí si ninguno de todos los puertos era?
-          Sí. Que toda condena tiene un final, ¿o no? Y que ya basta con vos… Basta de darte. Y, también, que te bastes, que te alcances. Constelá este tema y soltalo. Ya está. El pasado ya está.
Es raro abrir el día con Zaffaroni y cerrarlo con Clarisa…
Tan garantista y comprensiva que soy para con los demás… y tan dura conmigo misma.

 
Jueves
El jueves vuelvo a nadar.
Voy a la tardecita.
Con otro equipo y otro profesor.
Dejo la cabeza, la literatura, la presión, la escritura, el cansancio,
se lo dejo al agua.
A intervalos siento el sonido del agua intraducible y el tsunami de amor de Chayanne.
Braceo, pateo, respiro, guardo el aire y lo suelto suavemente, en un subacuático extenso de más de media pileta. Elongo, subo la escalera que baja de mi cuerpo el nivel del agua. Dejo atrás al hombre más perfecto del mundo, acomodando flotadores. Y cruzo la puerta vaivén al vestuario donde todos los perfumes y el champú son uno solo. En otra vida fui un pez. De eso estoy segura. Pero no tengo forma de probarlo.


Viernes
En el jardín de infantes, celebran el 9 de julio. Y durante el acto los padres vemos un film que rodaron los chicos de la sala de 4, la sala de Juan. Se llama “Argentina, la película”. Y es un relato más verosímil que este que yo estoy armando acá. Cuando termina, la seño Caro les pregunta a los chicos:
-          ¿Qué es la independencia?-
-          La independencia es ir sólo al baño- le contesta Mateo, muy convencido.
La independencia. La autonomía. La libertad.
Eso que dice Mateo y la frase que me dijo en su consultorio una médica traumatóloga que había vivido en Suiza y que miró una RX de la columna de Juan: autonomía es autoestima. Y una canción de Calamaro: “Creo que todos buscamos lo mismo. No sabemos muy bien ni dónde está…”
Me emocionan siempre los actos del jardín. En todos, termino sacándome lágrimas de las comisuras de los ojos. No sé si es mi hijo, el amor, la idea emocional de aprender, la patria, la vejez, la incontinencia o qué. Pero ya ni lo disimulo.
Es viernes a la noche. Más que antes, el cansancio se adelanta a todas las cosas. Está adelante del fin de semana, de las ganas de ver a mi amiga, de comer algo rico, de tomar un vino. Pero nos sobreponemos. Viene y cocino. Stockeamos una docena de facebooks. Hablamos de hombres, de libros, de cantar, de viajar, del laburo. De todo lo que nos malinterpretaron nuestros padres; todo lo que pensaron que éramos y no somos. De todo lo que aún no sabemos de nosotras mismas. Del stress que nos generan las citas; ese cansancio de todo lo que te implica la previa de un encuentro y que hace que termines decidiendo ir a lo simple: leer a Coetzee, elegir un film en Netflix, apuntarte en un curso de teatro, bajar la basura, comprar chocolate, escuchar a Rod Stewart, sublimar el amor.
-          No, mi vida. Así no se usa esto…-me dice seriamente, en el momento más importante de la noche, mientras todo el placard afuera, arriba de la mesa, está allí revuelto, así seleccionamos lo que ya no queremos ni ver de lo que nos cuenta mejor.
-          Ayer pasé por el negocio de ropa de una amiga… -le digo. - Y le conté que en medio de estas noches de insomnio habré perdido fácil dos horas de una noche mirando qué se ponen algunas chicas que me encantan… Milena Busquets, Uma Thurman, Charlotte Gainsbourg, Jane Birkin… Me sentí una freak haciéndolo pero cuando llegué a su local, ella me confesó que perdió todas las noches de la semana pasada mirando una serie de lo más clase z y retorcida sólo para ver los outfits de Naomi Watts y me sentí mejor… ¿Podemos perder tanto tiempo en esto?
-          Y sí… Sobre todo cuando querés revolear a la mierda unas Nike air max que se re usan con tapado…
-          Pero son muy blancas… me equivoqué… No es mi estilo… No sé qué me pasó… Te tiro un hashtag…- le digo, de pronto.
-          Tirame esta calcita es el hashtag- interrumpe levantando un trapo de la barra - Las Nike están adentro. Esto no va más.
La miro fijo, con seriedad, la cabeza de costado, un frunce en la boca, poca convicción… Se la arrebato, como si me hubiera quitado mi trapo de apego.
-          La amo. No sé si no va más… Pero para mí, va.


Sábado
El sábado fue un día tan intenso que no puedo ni contarlo. Un día de muchas emociones que para mí trascienden lo que son. La facultad de Arquitectura donde trabajo, la FAUD, organizó una jornada increíble. Hice tanto en La Plata para reunir el hacer de los demás, en ese libro que fue: La Plata, ciudad inventada, que sentarme en una butaca a ver eso mismo hecho en mi ciudad de origen y desde otro lugar es grandioso. A alguien se le ocurrió un relato colectivo llamado: conversaciones entre la Pampa y el Mar. Dicen que fue a un fotógrafo rosarino, Gustavo Fritegotto, que empezó a reclutar otras miradas y sensibilidades y a hacer sin pausa y sin demasiadas palabras un encuentro con horizontes federales. Me conmueven, me inspiran los encuentros y cruces de las miradas artísticas de distintas disciplinas; miradas genuinas sobre el tema que más nos cuenta: los lugares de los que somos. Son más que una ciudad y menos ambiciosos que la identidad que, al fin y al cabo, tanto cuesta vislumbrar.
Vienen a la misma mesa de la mañana: tres fotógrafos –Gustavo Fritegotto, Diego Izquierdo, Malala Lekander- tres arquitectos –Gerardo Caballero, Marcos Rampulla, Roberto Fernández-, un compositor musical –Martín Virgilli- y los que organizan –otro arquitecto, Eugenio Fernández- y el músico, Leopoldo Juanes. A la noche, cierra el evento la banda de Leo, creciente, en un concierto circular que salpica un mareo, un vaivén, de las olas y los vientos al resto de los oídos y ciudades. Podría hablar mil días –quizás más- sobre muchas cosas que dijeron y mostraron; sobre lo que descubrí de ellos, del mundo y de mí y de lo que me quedé de todos ellos, de su trabajo.
Pero justo en este momento prefiero sintetizar.
Contar que nunca me imaginé que el paisaje para las ciudades con habla que proviene del latín paisaje significa: lo que comparten los paisanos. A diferencia del paisaje, en idioma sajón y alemán, que habla de la vista de un mismo panorama, como si existiera la posibilidad de una misma vista.
Contar la construcción que se derriba. El futuro. La novedad. Una de las tantas frases osadas del arquitecto Roberto Fernández: “no somos constructores de eternidades”.
A la noche, llovizna un poco.
Suena la música y abre un canal mejor, un cielo cerrado, un camino.
                                                            (foto de Malala Lekander) 

                                                             (foto de Gustavo Fritegotto)
Domingo
Es domingo otra vez. Y el mar y la pampa se han despedido. Cada cual vuelve a su lugar.
A la tarde miro el mar y le mando a Malala la línea del horizonte marplatense, sin ninguna pretensión de que esta foto ocupe un lugar en la colección fotográfica de imágenes atesorables, pero con la idea de una postal, un recuerdo, un souvenir de la ciudad. Una forma en que le agradezco haber traido su trabajo del fin del mundo, del Estrecho de Magallanes y sus dibujos de las bajas mareas hasta esta ciudad. Y pienso en cuántas veces, a lo largo de mi vida, vi esa línea de unión entre el cielo y la tierra en esta ciudad. Qué bueno volver a ser alguien de aquí, de este lugar. Ser de a ratos una playa en particular y, de a ratos, arena que se escurre entre la arena, que vuela lejos, que llega al mar. Que se pierde y se encuentra entre los otros, como un granito de arena más.
De noche en facebook, otras dos mujeres postean fotos de cielos y de tierras y de mares. Eli, mi compañera de pileta. Marion, la tía de mi hermano. Miro esos cielos de otras mujeres… Los cielos voluminosos como tules de dos tonos; los cielos batik. El cielo limpio y calmo de la mente aquietada. El lienzo que espera. El cielo profundo, el horizonte y el mar.
2 am.
Esta vez, lo sé. Lo sé  sin arrepentimiento.  
Cuando escribo, cuando vivo y comparto otras formas de narrar restablezco mi equilibrio con el universo.
No hay cansancio ni fastidio…
Hay por delante una noche corta y un sueño profundo. 
                                                (Foto de Marion Rohe Kaufer, en North Carolina)