Del sol y de la lluvia
Llueve.
Llueve
y avanzo por el Boulevard Peralta Ramos, dejando atrás los recodos donde están
las postales típicas de la ciudad: el Torreón del Monje, el Hermitage, El NH
provincial… Avanzo buscando un lugar para estacionar cerca de la entrada del
Teatro Auditorium para hacer ese salto de mundo; meterme en el cine a perderme
allí. Dan una película que quería ver y sacaron demasiado pronto de cartel en
la que trabaja Juliete Binoche y se llama Un
bello sol interior.
Tiro
el auto en la puerta calculando –mal, evidentemente- que quienes esperan el
colectivo podrán subir atrás; que los municipales que viven de paro no van a
laburar justo hoy, que es domingo y llueve, y que ¿a qué clase de oscuro burócrata
se le ocurriría multar a alguien que entra a un cine…? Paso una pierna hacia el
otro hueco del asiento, el del acompañante. Abro la puerta y me cae encima una
cortina de agua. Bajo y cierro la puerta dándome por empapada y sabiendo que es
un sinsentido haber querido evitar lo que pasa. Veo entre las baldosas gris
perla de la vía pública y la línea de flotación mi botita de crepe de Paula
CahenD´Anvers. Miro un minuto esa fusión: el gris de la baldosa, el plata de la
gamusa, el crepe, el agua. En la boletería me atiende una chica trans.
-
¿Una sola?
-
Sí
-
¿Con descuento?
-
No sé. ¿Descuento de qué?
-
¿De Jubilada?
-
No. Todavía no.
-
¿De Estudiante?
-
No, no. Tampoco. Ya no.
-
Setenta pesos.
No
sé si la idea es que sea ésta la edad del pavo, pero de pronto todo me causa
risa. Cruzo veinte metros a la intemperie entre la boletería y la arcada del
Auditorium. Empiezo a escuchar el clap del agua entre la suela de mi bota y el
pie, mientras dejo atrás, echados en el piso, sobre mantas y pareos, vendedores
de panes redondos amarillentos con olor a tabaco. A veces me transmiten una
secreta y rara felicidad mis obstinaciones. Tras la puerta, al pie de la
escalera, me encuentro con Francoise.
-
¡Hola!- le digo a la francesa más francesa del
mundo; que vive hace veinte años en Argentina y se las ha ingeniado para que su
castellano suene exactamente igual al francés. -¿Y José? ¿Y Sofi?
-
Ahora vienen… ¡Esta película es para vos,
Celine!- dice y me abraza: -Te va a enseñar mucho de la vida, sobre todo a no
irte con cualquiera…
Nos
estamos matando de la risa cuando llegan José y Sofi.
-
Creo que ya lo aprendí sola, igual….
-
¿De qué se ríen? –pregunta su esposo.
-
Se aprende, sí –consiente. - En algún momento
se aprende.
Subimos
todos juntos la escalera. Nos sentamos entre los asientos de felpa roja y el
techo lleno de globos color marfil. Se apagan las luces, empieza el film. Una
película francesa con ese tempo tranquilo siempre me convoca y también Juliete
Binoche, a quien puedo perdonarle una clase Z. Y además es domingo y llueve e
ir al cine me parece algo tan retro y mágico que no importa estar mojada ni
nada de lo que ocurra afuera. El film está basado en un libro de Roland
Barthes: Fragmentos de un discurso
amoroso. Un amigo me lo regaló hace años, luego de alguna decepción amorosa
y a las semanas se lo devolví: “¿a vos no te parece que yo ya tengo bastante
como para que vos me mandes a leer a Roland Barthes?”. Pensé que tal vez los
años me harían madurar o entenderlo mejor… Pero los diálogos del libreto no me
encantan… El film está mejor. Creo que sólo porque se lo pone encima Binoche.
Me lleva un rato saber qué me pasa con lo que veo… En el rastrillaje de un
sinfín de fracasos amorosos, me gusta la chica en su decisión de no declinar al
amor, en su búsqueda legítima de una alegría duradera y sus ganas de bailar,
con ese fit de femme fatale desganada con el que taconea París. Pero no me
gustan las historias ni la clase de hombres con la que se equivoca: un banquero
gordo y cínico y un actor temeroso y ambivalente. A los postres, la aparición
de Gerard Depardieu; ese extraño ser que le adivina el futuro con un péndulo
cuando el futuro no es más que todo lo que está ahí en ella; todo lo que
proyecta tal como está me aburrió; me resultó un fraude. ¿Y la búsqueda del sol
interior –a propósito de la película-? Queda interrumpida por los títulos…
Descubro
que pasan los años y algunas cosas no cambian y otras sí. Hubiera ahorrado todo
el papel que se gastó en imprimir el libro de Barthes y en cuanto al film… no
sé… me parece un poco desmotivado y conservador. Las historias no son de amor ni
tienen encanto; el encanto es ella y no se explora. Y además cualquier
mujer/hombre separada/o con un hijo/a sabe que la vida cotidiana no da margen
para andar llorando en los rincones tanta cinta por desencuentros amorosos.
La
escena que más me gusta de la película es un frame casi fuera de contexto… Pero
para mí lo es todo. En un momento se encuentra en la pescadería con un amigo y
ambos se cuentan lo mal que les va en la vida amorosa. Luego, él la invita a
pasar un fin de semana en el campo con amigos. Ella no sabe si la va a pasar
bien, si tiene ánimo para eso…. Dice que lo tiene que pensar… que tal vez, que
le avisa. El hombre se va; ella también… La vendedora de pescado toma los
últimos dos filets de una fuente plástica blanca llena de hielo y los pasa a
una donde hay más. Y va gira hacia donde hay más pesado por poner. Por gente
como esa vendedora, sin margen para hacerse preguntas pelotudas, es posible
todo… Inclusive esa película. Creo que me debo de haber reído cinco minutos en
medio de la sala muda.
En
otro tiempo yo me hubiera sentido un poco la chica de la película. Ahora no. Me
siento bien en alguna fila ignota de esa sala teatral inmensa, con los pies
mojados, el pelo frío, la respiración pausada de quien espera que se
desarrollen los hechos sin poner sentimientos en una proyección en la que ya no
me proyecto. Me hubiera gustado más que las historias de desamor pasaran más
rápido; ir directo al punto: a la búsqueda del sol interior. Es ahí donde
termina el film y donde para mí empezó la película.
A
la salida no paró de llover. Tengo una multa mojada en el vidrio del auto y el
alivio de haber dejado todo fracaso amoroso adentro del cine. Estoy con mi sol
interior, sin saber dónde se paga una multa municipal, un domingo de lluvia.
De la emoción
El
año pasado encontré dos publicaciones que me guardé en el corazón y en la
biblioteca. Una, es la foto de Guillermo Vilas emocionado por la graduación de
su hija. La otra, una entrevista que le hicieron a Julieta Cardinali en la
revista Ohlalá. Trato de preservarme
de las informaciones de los medios porque leerlas me parece como intentar
respirar adentro de un tacho de basura, pero cada tanto algo brilla ahí
adentro. Siempre pensé que no existe gente a la que no le gusta leer. Solo existe
gente que no encontró lo que fue escrito para que lea y me alegra cuando
encuentro algo que tengo que encontrar. Como una especie de mapa, tesoro o
regalo. La foto de Vilas me emocionó… Estuve mirándola un rato…
No
sé porqué me conmovió tanto como para recordarla y saberla un faro. Ni sé
porqué me cae tan bien Vilas. Reducirlo a sus andanzas y sus reconocimientos es
destilarlo mal. A pesar de haber recorrido algunos lugares que también yo
conocí como marplatense no me alcanza. Que haya trazado una amistad con el
Flaco Spinetta y haya adquirido el padrinazgo de Dante no me parece suficiente.
Ni sus triunfos como tenista porque verdaderamente yo no sé nada de tennis. Que
su autobiografía “Quién soy y cómo juego” haya motivado a gente fuera del
ambiente del deporte, como al músico Sergio Pángaro, me parece curioso, sí… y
simpático… pero no más… Tal vez mejor lo explica que en la distinción que le
hizo el Senado de la Nación en el 2005 dijo: "Uno se transforma en un embajador de su país, pero a
veces se siente una gran soledad. Nunca estuve más solo en mi vida que cuando
fui el número 1, en 1977. Era un cardo. Solo, solo. La gente puede pensar que
fue un año espectacular: yo deseaba que terminase rápido”.
Pero verdaderamente creo que tiene que ver con
otras cosas: que haya hecho música a pesar de hacerlo mal. Que tenga la cintura
para andar por el camino de la estrella desmarcándose del eclipse, del brillo
fugaz; contactando con lo más lindo y nítido que tienen las estrellas: poder verlas
a partir de la consciencia de que existen y eso no es más que como seres humanos.
Que se haya entregado al amor cuando se terminan los pronósticos sobre la vida
amorosa, cuando lo sintió y en una relación desigual –tal vez sea en esas
relaciones de amor en las únicas en las que yo creo- y que haya tenido cuatro
hijos cerca de los sesenta, cuando la gente empieza a aferrarse al miedo y a la
seguridad. Y más que eso porque aún conserva la mirada y la sonrisa de un
chico.
Sé
que a muchos otros les pasa que no saben cómo compartir cierta clase de
secretas emociones de lo que les gusta del mundo, por más que aparentemente
tengan con quién compartirlo y que encima no tienen el entrenamiento, la
paciencia o las ganas de escribir. Y por alguna razón que desconozco tengo un
don para la intimidad con las personas, que a veces me sorprenden con ciertas
confesiones, risas, lágrimas, secretos en menos de media hora de charla. Sentir
con una persona que hay algo… un mundo transparente… sostenido entre sus manos
y las mías por un rato es de las cosas que más felicidad me dan. Y que, de
pronto, sus emociones también son las mías. Creo que por eso escribo. Que por
eso guardo esta clase de cosas. A través de las palabras siento que camino hasta
el fin de ellas; hacia un lugar donde todo lo fragmentario se diluye como forma
de ser y de saber. Donde el agua, en el agua, se vuelve el agua. Y habita el
silencio de los budas. Caminar en esa dirección es mi plan. Y ni siquiera es un
norte o un objetivo. Es algo que pasa, que siento, que ya no cuestiono de mí.
Caminar sin pensar en el final del camino porque nadie espera allí. Ni hay medallas,
ni fotógrafos, ni periodistas. Todo propósito está aquí, ahora y cuanto más
fortuito, inconsciente y sorpresivo resulte, capaz mejor.
Del
azar
La
entrevista a Julieta me hizo reír, identificarme y saber que una galaxia menos
restrictiva que la del plano físico, real y tangible, de algún modo, yo podría
ser amiga de ella. Le preguntan si es esotérica o supersticiosa. Ella contesta
que le cuesta creer… Pero que cuando no sabe para dónde disparar “por ahí te
llamo a una bruja o algo así. Me divierte… Me he pasado tardes con amigas
haciendo ejercicios voladísimos de interpretación del I-Ching. Cualquier cosa
que me digan: tarot, astrología, ya lo probé… pero me considero una escéptica.
En lo único que creo es en la terapia y en mi trabajo con Ricardo, que es
totalmente ortodoxo”.
-
¿Y qué dice Ricardo de tus deslices mágicos?
-
¿Están locas? ¿Cómo le voy a contar…? El se
está enterando ahora… ¿Qué le digo? “No, mirá… mi tarotista no piensa lo mismo
que vos…”
-
¿No serás de las que buscan señales de
aprobación en el terapeuta?
-
Bueno…. Por eso Ricardo me mandó a hacer
diván. Lo miraba en clave de: ¿qué pensás de esto? Por eso en un momento, me
dijo: “Acostate. No me mires más…”. Un par de sesiones y me puso los puntos.
-
Ricardo es como el hombre de tu vida…
-
Es el hombre que más me conoce y la relación
que más me ha durado. Todos pasan. Queda Ricardo. Estamos juntos desde hace
doce años.
-
¿Nunca lo vas a dejar?
-
No soy fanática de ir todo el tiempo y me tomo
mis pausas… Él lo sabe, ya me conoce… Y también la edad te juega a favor. Nadie
dice lo bueno de crecer, pero pasa eso: tenés más claridad.
Me
gusta mucho esta entrevista a Julieta Cardinali y otra en la que dijo: “no me
interesa tener el culo en la nuca”. Es valiente incluso para mostrarse
vulnerable, lastimada, aprendiz, laburante, creyente. Me gusta esa versión de
Julieta. Merece un Romeo que le proponga algo mejor que envenenarse juntos.
Tiene razón cuando dice que hay cosas que se descubren con la edad. El regalo
de tener más claridad, menos prejuicios, más lentitud para las búsquedas. Más
conciencia de cuáles historias fueron verdaderas y cuáles, sencillamente,
estuvieron ahí cuando yo no estaba. Más alegría por las auténticas elecciones
que hice, aunque no hayan sido demasiadas. Más certeza de que el espacio vacío,
zen es inmensamente mejor. Menos necesidad de que me comprendan, de coincidir,
de complacer. Menos culpa por lo extraordinario que pueda haber en mí o en lo
que yo atraiga. Con la certeza de que el amor es una capacidad de dar, no algo
que se busca afuera. Que es, claramente, un sol interior y que no podría estar
en ningún lado donde yo no esté. Con la tranquilidad de saber que algunas cosas
definitivamente no se han inventado para mí, porque son cosas en las que
sencillamente no creo o que no comparto y por las que me parece que al mundo le
sobra un poco de utilería-: los deportes de alta montaña, las gaseosas, la
psiquiatría, los pet shops, los sistemas de carga de datos, el libro de quejas,
el cotillón, la televisión, la pareja como institución.
Hay
algunas cosas que ya no me contrarían ni estresan de mí. Mi impuntualidad. Mi
necesidad de reflexionarlo todo como si me tirara de cabeza un clavado al mundo
submarino cada vez que la superficie y la mirada me incomodan. Mi picardía: la
he aceptado. La disfruto como si me atara los cordones uno de cada zapatilla y
saliera a caminar mientras no sea necesario frenar porque alguien interrumpe
para preguntar -señalar, ¿el error?- y buscar explicaciones que luego no comprende.
He aprendido que todo siempre puede resumirse al genérico: “Es que yo no lo pensé
así…”, como máxima aproximación posible de la distancia. Y a veces hay que
aprender a saludarse con gracia como si alguno de los dos se fuera en un avión
y el otro se quedara en tierra. Y, ¿qué es mejor? ¿Poder elevarse o pisar
tierra firme?
De
a ratos, el mundo me cuesta y, como el día, yo también anochezco. La expansión
de la demanda de la cotidianeidad me fastidia como el sueño a los niños. En eso
no he crecido. No sé tramitar ni gestionar bien en ese segundo anillo: la
esfera adulta adonde nos resignamos y nos callamos la boca y no decimos más lo
que pensamos. Creo que aprenderlo es algo que ya no me va a pasar. Voy con la
primera capa a todos lados y cuando se me ensucia o rompe; cuando por momentos
siento que no hay una distancia prudencial entre el mundo y mis huesos me
escapo a mi casa. A los refugios que tengo. A los amores que no se discuten ni
explican; a la música para bailar o creer o llorar, a los libros, al silencio,
al canto, a la escritura, al fastidio resoplado, a la poesía, a la belleza, al
agua, a las plantas, al mar.
Y
el rato pasa, como todo lo demás.
Del punto medio de la vida y el
destiempo
En
dos días voy a cumplir 36 años… el medio justo de la vida (útil). Me alegra
esta edad.
-
Vos estás loca… Con todos los desarrollos
tecnológicos que hay ahora… A los setenta vas a seguir estar hecha una diosa y
la vida recién va a empezar…- me dijo el padre de mi hijo.
-
Ah… Me muero… Decime que me estás cargando… ¿Y
quién quiere estar a esa edad? Si no tengo el talento y la gracia de Oscar Niemayer,
John Berger o Patti Smith, por lo menos: ¡dejame en paz! ¿O pensás que estoy
interesada en ir a ANSES? ¿O es una de tus seducciones impersonales y poco
asertivas? Si me querés decir algo, decímelo ahora. Me molesta la gente da
vueltas y deja todo para después.
-
Ah, pero sos más temeraria que el jefe de la
bancada kirchnerista en la ley 125: “si hay algo que hacer hagámoslo rápido”. Para
hablar en serio de lo que te dije, todavía sos demasiado joven e irrespetuosa. Ya
te lo voy a volver a mencionar y lo vas a apostillar.
-
No voy a hablar de la ley 125. Ya todos
sabemos quién es quién.
Verdaderamente,
no tengo un problema con la edad… De hecho, hasta pienso que rendirle culto a
la juventud es algo demodé, propio del siglo pasado. Solo me molesta la
inutilización del tiempo y del espacio. El estar de más. No aportando nada nuevo
o nada valioso..
En
cuanto a este momento, siento que estoy entrando al bando de la inimputabilidad
donde en el fondo siempre quise estar… y donde siempre busqué estar de
infiltrada, sin suficiente curriculum ni edad, como testigo, narradora, acompañante
o periodista de los otros; un lugar en donde ya sentía que estaba a los seis
años, cuando me ofendía profundamente que me preguntaran porqué no iba a cenar
a la mesa con los niños. Me gusta ese bando en que la velocidad gira del apuro
a la agilidad y esa soltura con la que Perón le dijo a los Montoneros: “entre
gitanos no nos vamos a echar la suerte”. Es muy duro ser joven. Viejo también.
Este
momento está bien.
Está
bastante bien.
Empiezo
a capitalizar el don de lo desafortunado. De aquello que ha aparecido como
disrupción, carencia o imposibilidad, vulnerabilidad o falta de condición. Siento
que haciendo foco en el proceso más que en el resultado de las cosas descubro
que todo tiene una aparición afortunada. Creo que ya no importan más las
victorias. Que son nociones del pasado. Hemos estructurado todo lo que sabemos
de la Historia a partir de la narración de los resultados; de vencedores y
vencidos. Las guerras y los pactos. Creo que me interesa mucho más pensar en
los engranajes y en la circulación. En todo lo que hacemos cada día.
Hace
unos días tuve un sueño. Hacía cine en Mar del Plata. Vi el plano general largo
que filmaba, en Playa Grande, desde debajo de un puente que, en verdad, no existe.
La película empezaba ahí. No sé qué más pasaba. Luego me desperté.
De la galaxia
Mañana
voy a cumplir años… Por un rato miro una película. Melancholía, de Lars Von
Trier. Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg en la ficción son las hermanas
Clare y Justine. La rubia y la morocha son las dos partes en las que se divide
y completa la película de ciencia ficción, en la que cada cual representa un
planeta y se ve incidida por la otra y el sistema astrológico general. El
planeta Melancholía se está acercando a la Tierra y generando un estado
meditabundo y reflexivo; una sucesión de eventos desastrosos, dentro de los
cuales el primero es la novia escapándose de su casamiento; huyendo de la farsa
de un mundo consensuado, conectando con su estrella en el cielo y queriendo
fugarse de un novio que no ve, de un corazón que no siente, de una madre
cínica, de una fiesta aburrida.
No
importa entender la película ni contarla porque los eventos no son homologables
a la vida real. Salvo porque son la ficcionalización de algo que siempre pensé.
Que si a la postal maravillosa de un hipotético y perfecto casamiento con el
que todas las nenas soñamos alguna vez le voy poniendo a los actores reales,
también yo huiría de ahí de la mano de mi hermana. Arrojada sobre una pila de almohadas
ingreso absorta en un relato donde -sin que sea el eje del film- el vínculo
entre las hermanas tiene una importancia sideral. Esa guarida primera; esa
complicidad, esa capacidad de anticiparse a las reacciones de la otra y el
impacto de una en la otra. Sólo alguien que tenga una hermana tan próxima
entenderá de qué se trata ese primer lugar de amor, en medio de la colisión de
los planetas ancestrales. De contención sin preguntas y sin necesidad de comprender
el sentir de la otra. Esa relación ineludible donde la opuesta asignación de
atributos complementarios construye una fortaleza eterna, en medio de aventuras,
desventuras; entre la evolución, la espera, los cambios, las reflexiones, las
distancias, las aproximaciones y los espejos, mientras el mundo y los planetas
que se mueven todo el tiempo. Un lugar que permanece y muta, como la vida.
Ahora
pienso en esta asignación de atributos diversos… Y sospecho que el universo tuvo
algún plan cuando puso seis de doce planetas en escorpio en mi carta natal.
Detectar para qué están es una misión a la que me dedico sin del todo arriesgar
a una respuesta.
De la estrella y la tierra traída del
fondo del mar.
Tengo
en la carta natal seis -de doce- planetas en escorpio. El ascendente en picis.
La luna en escorpio. Agua y agua y agua. Agua por demás. La sensibilidad, las
emociones es por donde todo se pierde.
Camino
en soledad del campo inmenso sin cordones ni banquinas; buscando la estrella más
brillante de la constelación… la estrella faro. Llegar a esa luz, a su don, su
sentido.
Es
Antares el corazón del escorpión; la super gigante roja de doce millones de
años que tiene casi tres veces edad que el Sol y una luminosidad en el espectro
visible diez mil veces mayor y una de las cuatro más brillantes de la línea
curva por donde transcurre el Sol alrededor de la Tierra en su aparente
movimiento visto desde la Tierra.
Estamos
confundidos si hemos creído que el punto es el Sol.
Antares
es anti Ares: Marte ¿y hay vida en Marte? Marte es el dios de la guerra, ¿qué
sería Antares? ¿La diosa del amor?
Antares:
busco entre mitos que se pisan y confunden. El griego, chino, el astronómico,
astrológico. Busco porque hay que barrer más profundo, no dar nada por sentado,
mover el culo, pensar hasta que lo “dado” se vuelva sólo un cubo; algo que sale
del cubilete a rodar.
La
historia de Antares en la Polinesia. Me quedo allí.
Antares
en el agua, sin enfrentamientos en el cielo ni en los territorios. Allí la imagen
de la constelación no es la de un escorpión (animal de tierra) sino la imagen
de un ansuelo mágico, con el que el semidiós Maui levantó la tierra del fondo
del mar. La Polinesia es un triángulo sobre el agu sostenido entre los vértices
de Hawai al norte. La isla de Pascua, al este. Nueva Zelanda, al oeste. Un
puente sobre el agua. Rehua (el nombre que allí toma Antares) es un dios que
tiene el poder de sanar cualquier enfermedad.
Para
varios pueblos de la Polinesia, la Vía Láctea es el río por donde navegó un
ancestro en los cielos y los cubrió de estrellas para evitar que la oscuridad
de la noche permitiera a los demonios venir a atacar y devorar a los hombres.
El dios del cielo estaba tan contento por esta acción que colocó la canoa del
héroe en el cielo: esa embarcación que comienza en Orión y termina en Escorpio.
Y yo voy por esa odisea del espacio interior.







No hay comentarios:
Publicar un comentario