Esta semana se celebró el
día del periodista. Fue el 7 de junio y yo no llegué a cerrar un texto que me
gustara para ese día. Escribo ahora. Tarde. Mal -porque es muy largo-, un texto
impublicable… y para decir encima que no sé si me define la palabra periodista...
O capaz sí: desmalezando. Pienso en esto y me vienen una idea y tres imágenes.
Una idea: ser periodista
es un trabajo miserable. Es la realidad de esa miseria la que clasifica al
noventa por ciento de los periodistas.
Imagen uno: Cuando Gay
Talese dice: “ya no hay periodistas. Los que había se convirtieron en
empresarios parecidos a aquellos a los que antes tenían parados en la vereda de
en frente” tiene razón.
Imagen dos: Cuando los
periodistas quieren ser el halo romántico que reviste a Rodolfo Walsh y no son
Rodolfo Walsh (no son su escritura exquisita, ni sus decisiones suicidas ni sus
acciones responsables y cuidadosas con la vida del otro) me hincha las pelotas.
Me embolan que sientan que hacen nuevo periodismo los que se bajan del bondi en
el barro de la Villa de San Fernando y se ponen a escribir sobre los otros. No
logro creer en la empatía real de esos relatos.
Imagen tres. En el medio,
demasiados periodistas se han convertido un poco en la primera postal de Pulp Fiction. Vincent Vega y Jules
Winnifield: dos tipos que se suben a un auto y va a asesinar gente comiéndose
una hamburguesa. (La hamburguesa no es un dato menor… Ni la crítica
gastronómica que la misma amerita durante los primeros minutos de la película:
estamos hablando de variedades y escalafones sobre la misma clase de porquería
de carne picada).
Es miserable el trabajo cuando
sale bien y cuando sale mal. Es miserable cuando la fortuna es hacer una
fortuna y cuando la fortuna es no hacerla; salvarse de la trampa de ser un
vocero del poder. Pero no digo esto solamente por las polaridades de la
profesión y los grises bien grises en el medio…
Porque tampoco se puede pensar una profesión sólo en términos económicos
o de la consagración. Lo digo porque siento que en los nortes conceptuales que
ha seleccionado el periodismo como faro hay una trampa. Primero porque son dos.
Y segundo porque son impracticables en la realidad. El norte de la
independencia. El norte de la verdad.
La independencia
¿Cómo se es independiente
en un oficio que no es una profesión liberal? ¿Cómo se es independiente siendo
un trabajador casi necesariamente obligado a meterse en la fábrica esclava que
son las corporaciones de los medios? ¿Cómo, cuando todos los medios se acumulan
en un mismo grupo de poder, que está diseñado para ser, a su vez, el aparato
reproductor de otro poder, de manejo de la influencia y de la opinión pública? ¿Cómo,
si ser independiente es ser un free lance que no pude vivir de eso con una
mínima garantía de un montón de cosas necesarias para vivir?
¿Cómo nos hacemos
independientes cuando los que dicen defender o enseñar el periodismo –las
facultades de periodismo sin ir más lejos- confunden la necesidad de una
colegiación con la restricción a la libertad de expresión? Es cierto que todos
tenemos derecho a la expresarnos, pero ¿qué tiene que ver eso con el trabajo intelectual
de pensar, unir, deducir, escuchar, dar voz, reunir, separar, buscar,
seleccionar, editar y enunciar un relato lo menos transparente que se pueda; lo
más visible en el trazo justamente para que en ese lugar donde la realidad se
muestra falazmente natural aparezca quien cuenta y porqué enuncia desde ahí? Decir
que porque todos tenemos derecho a expresarnos no se puede definir y defender
el territorio del periodismo es como si dijéramos que porque todos tenemos
derecho a la defensa, la abogacía no amerita un campo propio ni sus propias
reglas. O como si dijéramos que porque todos tenemos derecho a la defensa sería
mejor que todos fuéramos boxeadores. Algo así de burdo.
Estuve muchos años en una
facultad donde confundían la pelea por la defensa del trabajo del periodista
con el de la libertad de expresión. Donde les parecía bien denigrar la
profesión, pensando que la colegiación es propia de las profesiones liberales y
jactándose de que que el periodismo es un oficio y que la labor es la de un
trabajador. Y que si te iba mal – es decir: que si no triunfabas dentro de las
corporaciones y te cagaban a tiros los militares eras el mejor periodista del
mundo-.
Por supuesto: es un
oficio y somos trabajadores… pero no definirla como una profesión es no poder
poner condiciones laborales de no explotación donde hay que ponerlas para que
no nos atropellen; para defender nuestro trabajo.
Y ya… entiendo que hay
otros explotados… entiendo que se mal entienda que parándonos al lado de los
otros explotados, ahí, al mismo nivel, es que se va a poder mirar la realidad
del otro con la sensibilidad de mirar la propia… pero no funciona así. Matar a
los periodistas explotándolos veintemilhoras en una redacción, en una situación
de malpago, bajo amenaza de despido y obligándoles a hacer un abanico de oficios terrestres por el mismo sueldo, de
muchísimas notas en poquísimo tiempo es destruir la escritura y la mirada y la
capacidad de pensar. No decir esto es matar la mucha o poca independencia que
podría conquistarse.
Digo esto porque teniendo
en cuenta que la realidad con la que los periodistas lidiamos no es tanto
aquella que vemos sino con la que no se cuenta; que está en el aire de los
mostradores de las redacciones donde los periodistas escriben en condiciones
parecidas –más simbólicas, eso sí- a las costureras de los talleres esclavos
del sueño de la moda, es necesario defender a los periodistas de esos
monstruos; establecer condiciones de negociación donde el medio no se trague a
sus voces para decir lo que el poder quiere decir.
No defender la
colegiación o cualquier recurso que se nos ocurra para resguardarnos del
atropello de esos medios es denigrar la profesión. No tener dignamente bien
estipulado lo que vale nuestro trabajo y no hacer nada al respecto es hacer mal
periodismo. E implica que los poderosos puedan seguir usando manos y cabezas
para fagocitarse. ¿Qué posibilidades tiene hoy un periodista de decir en un
medio: “no, yo no escribo de esto porque no creo en esto, no me parece lo
importante y no convalido la bajada de línea”? ¿Qué libertad tenemos para
contar lo que realmente queremos contar? ¿Y qué posibilidades de defender ese criterio
en estas condiciones laborales?
El norte de la
independencia es un oasis inventado.
La verdad
Y la verdad… presupone
que alguien tiene la verdad. La verdad también es buscar tener el saber, tener
el poder… Pienso en ese halo imperial que tiene la verdad y pienso en la verdad
propia. Ese tono triunfal de la verdad ¿qué tiene que ver con la verdad?
¿Cuándo fue enunciada esa verdad? ¿Por quién? ¿Desde qué comprensión de las
cosas? Y ¿qué tiene que ver con nosotros?
Hacemos periodismo para
llegar a la verdad… pero, ¿a qué verdad? ¿Qué es lo que creemos antes de creer
en lo que nos dicen? ¿Hicimos silencio? ¿Escuchamos realmente? ¿Nos escuchamos
realmente a nosotros mismo? A ese ritmo, a esa velocidad en la que trabajamos
para contar las cosas, las noticias, las historias: ¿qué posibilidad hay de una
verdadera escucha? Y qué verdad es posible en un mundo polarizado, falto de
integridad y falto de conciencia sobra la idea de que hay luz porque hay sombra
y sombra porque hay luz.
Vayamos a la base de los
presupuestos: ¿Qué pensamos que es el conflicto? ¿para qué enunciamos? ¿para
quién? Para el lector. Bueno: ¿para que se sienta… cómo? ¿endeble, asustado,
frágil, ansioso, impotente? ¿Hacemos periodismo para intoxicar a la gente de
mala alimentación mental? ¿Hacemos periodismo como un apunte cotidiano de las
pálidas y las miserias humanas? Yo guardo mi auto en una cochera que está en
frente de mi casa. El tipo que cuida los autos en la cochera por la tarde es un
sol del mundo. Es un hombre con una de las miradas más calma y buenas que he
visto. Pasa más de ocho horas encerrado sentado en un cuartito de 1.20 mts
cuadrados del que sale para correr entre 2 y 10 metros los autos y vuelve allí.
A la estufa de garrafa y a la televisión. Me comenta, cuando llego, alguna de
las noticias que está viendo y que yo –a fuerza de no querer intoxicarme y de
tener la suerte de ser periodista para saber qué buscar y que no me vendan la mierda
que produce el periodismo– no veo. Pero sí veo a ese hombre afligido por males
que no puede resolver, abatiéndose, resistiendo las horas de un trabajo mal
pago en ese cubículo y mataría a una docena de periodistas de la televisión.
Tal vez más de una docena. Quisiera llegar y que ese tipo se estuviera riéndose
o soñando o aprendiendo y mientras mira la televisión o lee el diario estuviera
incorporando algo que le haga mejor y que lo haga olvidar mi auto en la
trotadora.
Mi mamá que es una
lectora voraz y no me lee –ni es de ahora y ni hablo solamente de los textos– me
comenta: “me dijo fulanito que vos escribís muy bien. Deberías escribir en La
Nación”. Es, a su manera, un elogio, siendo que ella lee La Nación religiosamente
todos las noches hasta que la madrugada y el desvelo le dan ganas de volver al
primer piso de la casa a hacerse un té… porque ella no puede dejar una noticia
para mañana: ha tragado incluso la idea de que todo tiene que ser ya. Tiene que
haber terminado de leer para cuando la próxima noticia la despierte. Mi mamá tiene
una energía impresionante y yo no la tengo. Mi mamá no entiende porqué no me
parece bien escribir para un diario.
Y yo simplemente soy
periodista porque siempre me interesó hacer preguntas. Porque lo que me causa
curiosidad me despierta deseo de acercamiento y comprensión. Y porque me gusta
escribir. Y escribo porque necesito hacer eso. Sentir, sentarme y escribir. No
tengo ninguna idea de si cuento un tiempo o no lo cuento; de si cuento o no la
verdad y de quién. Para mí ser periodista es ser un poco un niño. Tener esa
curiosidad, esa ilusión de saber, de entender y, a su vez, de no querer llegar
nunca a la respuesta última donde las preguntas se mueren. De no llegar a esas
respuesta de adultos sobrepuestos. De las injusticias asimiladas como
naturales. No en el cinismo de escribir sobre un crimen comiendo una hamburgesa.
Ningún hombre es una isla
A mí los periodistas que
van detrás de la noticia, detrás de la verdad, me chupan un huevo. Ni siquiera
me importa la verdad. Me importa la historia y me importa la intención. Leo
literatura como el mejor ejercicio del periodismo. Leo a Juan Forn escribiendo
un texto llamado Ceylán; un texto que
en 3 páginas cuenta un poco una isla y otro poco la historia de la familia de
Michael Ondaatje y en que lloro tres veces y siento que he conocido, de algún
modo, una isla, una familia, una sensibilidad y a un hombre, aunque ningún
hombre sea una isla. Ni haya ninguna noticia que saber de Ceylán.
Me parece que el
periodismo debería estar más lleno de ese detenimiento y menos de historias que
se traten de correr. Gay Talese, a sus
ochentaipico de años, dice en una entrevista reciente que hoy no sería
publicable su texto sobre Mohamed Alí en La Habana, siendo que actualmente, a
cincuenta años de su publicación, sigue siendo una lección de periodismo. “No creo que ninguna revista estuviera
dispuesta hoy a pagarme un viaje de 33 días, ¡33 días! Los Angeles, Las Vegas,
aviones, hoteles, comidas, invitaciones a almorzar, a cenar, tragos. En esa
época, en los años 60, era normal. Ya no. Todo para un texto de 16.000
palabras”. Y pensémoslo un
momento: ¿qué hizo Gay Talese 33 días, mientras Mohamed Alí –la bestia del
golpe corto- le quitaba el cuerpo a la entrevista, se le volvía esquivo?
No
es poca cosa ese aire que necesitan las cosas. Los días que no cuentan antes de
contar. Los días comunes… de elaboración. De meditar y de resfriarse. De encolerizar
por lo que no sale como planeábamos y de darse cuenta que, como sea, habrá que
volver a intentarlo. Perderse en un bar y emborracharse y levantare al otro día
con dolor de cabeza y fe de abstemio. Los días siguientes, leer. Dormir.
Gastarse los bauchers. Oler la ciudad. Sentir la ciudad. Caminar sin rumbo.
Extrañar un poco. Mirar el paisaje. No pensar en nada. No saber de antemano. No
creer de antemano. No contar de antemano. No picar carne y hacer enlatados. No
charlar mientras se traga una hamburguesa y se maneja rumbo a matar gente… Someterse
al flujo de la experiencia de mirar y de ver. De volver con lo hallado. De
sentir y escribir y cortar y pegar hasta que la pieza: esa obra maestra, quede
lista. Sin prisa. Con la contundencia de una obra que hablando del día hable de
todos los días. Y atraviese cincuenta años para seguir siendo –tal vez- la
mejor semblanza del mejor boxeador del mundo.
Pero
hay otra cosa que dice en esa entrevista: “Los dos textos (habla de la entrevista a Frank Sinatra: “Sinatra
está resfriado” y a Cassius Clay: “Alí en La Habana”) son sobre grandes hombres
aun cuando esos grandes hombres nunca me hablaron y yo pude sin embargo
hablarle sobre ellos al lector. Tuve una conexión mental con los dos”. Esos
textos fueron escritos bajo un método que él describió como “the art of hanging
out”: el arte de dejar pasar el tiempo; un método que él hizo su método pero del
que tan bien sabía Raymond Carver. El relato en el que se espera que pase lo
que no pasa. Y pasa otra cosa. Y lo inesperado es, a veces, lo mejor que puede
pasar.
Feliz
día, periodistas.