miércoles, 3 de mayo de 2017

Una de cal y una de arena



Sobre el escritorio, dentro de una de las tantas cajas que hay en el lugar y bajo techo, se mojan los libros de Vicente Krause. Es Juli la que dice, esta mañana de 03 de mayo de 2017, depositando el mate a un costado…: “Ché… Esto no debería estar acá, ¿no?” Y no. No debería estar bajo techo, mojado. Ni el techo debiera ser algo tan poco seguro. Sin embargo, nadie se asombra demasiado ni de que el techo no sea del todo un techo ni de que el hecho de la gotera haya ocurrido, cuando estamos hablando de un lugar que es de todos. Hacemos una operación de salvataje porque la mojadura tiene poca envergadura y poco tiempo de llovida; yo abro los cuatro primeros libros mojados, con la tapa hecha un volado y mientras separo todas sus páginas y las soplo para que no se sequen pegoteadas y luego separarlas sea un problema y una destrucción mayor y, entre los intersticios en que tomo aire, ironizo un poco: “Bueno… estos cuatro son otra versión... un gesto orgánico sobre la arquitectura moderna… Tampoco está tan mal”(1). Ella levanta las cejas y entre las dos acomodamos los libros. “Llevatelos para allá”, me dice.
Entonces paso la caja completa al escritorio de mi lado, donde ninguna fisura o mancha en el cielo raso augure nuevas catástrofes y donde ahora trabajo feliz de estar acompañada por un libro sobre la obra del arquitecto platense Vicente Krause.
Tuve la suerte de conocerlo en persona luego de haber visto un documental en el que me enamoró su pedagogía; un pensamiento práctico y creativo; un decir que lejos de tener respuesta abría nuevas preguntas. Cubría el ancho de un aula taller de primer año de la Facultad de Arquitectura de La Plata con un papel inmenso y obviando las pizarras preestablecidas les preguntaba a los alumnos de primer año de la carrera si sobre ese gigante lienzo apaisado alguno se animaba a definir cómo sería la arquitectura del mañana.
Huelga decir que nadie hablaba aunque más de uno lo mirara con la boca abierta, mientras él empezaba por el principio: el reconocimiento de la realidad del espacio plástico como espacio limitado, donde no todo es posible porque los límites están y son tiranos… pero ese es el  único espacio  -la realidad y el presente- en que es posible definir el mundo, tomando los límites también como elementos que uno tiene en la mano para trabajar…
El temor a decir cualquier cosa y a la página en blanco iba desapareciendo a medida que el gigante blanco empezaba a llenarse de dibujos en perspectiva; de edificios y personas, trazos improvisados en el momento. Pero entonces, Vicente se daba vuelta para confirmarles que no era posible definir la arquitectura del futuro; porque dependía de dos cosas: del hoy, como forma asible del futuro y del punto de vista.
“El futuro es hoy porque es el único lugar donde podés empezar a trabajar. Y eso supone interpretar la realidad y la interacción de esta con uno mismo. Para comprender la realidad no tenés que hacer esfuerzo de ningún tipo. Te basta con leerla como solamente vos la podés leer” y la potencia de su voz se iba amplificando: “y hacer de eso una interpretación… Configurar una propuesta en relación con ese que sos vos en profundidad... lo cual supone, antes que ninguna otra cosa, conocerte. Saber quién sos”.
Años después de haber visto aquel documental; una tarde de lluvia de fines de enero de 2010, con un piloto negro y la pregunta repicando entonces -tanto como ahora- en mi cabeza, toqué el timbre en su casa de calle 53. Le conté que había visto el documental; que me había perturbado su pregunta y que, entonces, yo quería que en el incómodo espacio de una cartulina me dibujara el mapa de La Plata, tal como él veía la ciudad… para un libro de artistas platenses que yo entonces empezaba a compilar y a editar.
Me encontré varias veces con él y no con el mapa; que prometía hacer en algún momento… cuando tuviera un rato libre, lo cual era un poco una mentira porque jamás tenía un rato libre y todos sus ratos eran libres. Cuando no pintaba escribía; cuando no escribía proyectaba; cuando no proyectaba enseñaba o enseñaba sin buscarlo en una charla de café en la que no faltaban a su lado dos ovejeros alemanes, un habano o un whisky, mientras en el tocadiscos sonaba un disco clásico que se había convertido en nuevo o una banda como Tribalistas, por ejemplo, y él hacía como si conocer esa banda fuera un hecho de lo más normal e intrascendente en un hombre de más de ochenta años… Pero Vicente no tenía edad. Tenía la sabiduría de todos los tiempos, la risa pícara de un joven y la curiosidad de un niño.

-                -             Me encanta esa idea: la arquitectura… (y me lo he apropiado a la escritura) como una               expresión de quién uno es y cómo ve- le dije en una de las primeras charlas…

         -          Ah… Pero es que yo no creo que uno pueda saber quién es, ¿eh? O quiero decir: eso no importa tanto… Porque finalmente somos lo que digan los demás que somos, mucho más que lo que nosotros pensamos que somos…

Yo había llegado allí por una idea de Krause que Krause ya no tenía. O que había redefinido, reedificado, porque él era así: no le interesaba el pasado… No se encantaba con su propia obra pasada ni con la arquitectura que ya había sido narrada Iba hacia adelante, estaba en lo que había por decir…
Al cabo de un tiempo me hizo dos regalos. Uno, fue el mapa. Un mapa de la ciudad trazado en el cuadrante inferior derecho de una cartulina negra y que ocupaba la misma proporción que el Río de La Plata, en el cuadrante superior izquierdo. El mapa era dorado; la ciudad iluminada en la noche. El río, gris. El otro regalo fue mucho más grande: el contacto con Alberto Sbarra. Mientras Krause me pateaba, con mucha clase y calidez, el mapa para algún rato libre, Alberto –con su infinita paciencia- me recibía en su estudio; me preguntaba sobre el libro; me contaba otras cosas de La Plata, sobre su hermano músico y su tío fundador del Hospital de Niños que llevaba a los chicos a pasear en tranvía… Y, mientras los meses pasaban y el libro se iba armando, se convertía en la persona con la que tenía más ganas de hacer cosas: charlas, libros, revistas, conferencias. Cuando terminamos el libro y el mapa, una tarde llamé a Alberto y le dije: Me quiero ir a trabajar con vos. Pensá en qué.
Estaba en la playa un día de enero cuando me llamó para decirme que habían ganado las elecciones en el Colegio de Arquitectos y que fuera nomás.... Y ahí empezó otra parte de la historia que ahora no viene a cuento, porque estábamos hablando de Krause… O quizás de arquitectura… O quizás de creadores… De formas de mirar y de modos de viajar al interior de uno mismo; de maestros que nos ayudan a pensar, a percibir, a superar los límites y convertirlos en elementos plásticos. A leer la realidad desde una mirada personal.

Y pienso en estas cosas ahora, 3 de mayo de 2017, en el día de la Corte 2 x 1. El día de la Corte Suprema de Justicia reduciendo penas para los crímenes de lesa humanidad y comunicándolo con la misma liviandad que si te tiraran un flyer promocional de happy hour… Un día en el que nos hiela la sangre el país, tanto sarcasmo… Y se me ocurre, sólo por un momento, salir de esa pregunta personal y hacer esa pregunta colectiva…pensar en quiénes somos los argentinos… que a punta de una cal y una de arena llegamos siempre e estar igual, quejándonos de lo mismo en el mismo sitio por el que ya pasamos y si eso no es impunidad y falta de construcción que alguien me diga qué es vivir saboteando el lugar donde crear que no es ni más ni menos que el lugar habitable; rompiendo los límites, en el peor sentido. Ese es nuestro lado oscuro. Y si tuviera que pensar ahora en un final mejor… al menos para este texto, en la otra cara de la moneda y buscar el lado luminoso de lo mismo diría que tal vez sea la misteriosa capacidad de sobrevivirnos a nosotros mismos.

(1). arquitectura orgánica Filosofía arquitectónica caracterizada por la funcionalidad y la búsqueda de armonía e integración del edificio en su entorno natural. "la arquitectura orgánica surgió en el norte de Europa a principios del siglo XX"

martes, 2 de mayo de 2017

Un día peronista, las cosas fuera de lugar



Todavía no sé si es una ironía o no empezar un libro el día del trabajador: el día en que no se trabaja. Trabajando en una cosa que no sólo no se paga doble sino que tampoco se paga simple.
Volviendo a la pregunta de si es o no (honestamente) una ironía en parte, conociéndome, sospecho que sí. Porque un poco, esas son las cosas que me divierten: esas, fuera de lugar.
Y como cada virtud es, también, su vicio, en este último tiempo realmente me ha parecido un problema no estar donde se supone que estoy.
Siempre disfruté viajar sin moverme de lugar. Empezar y terminar de rodar películas de amor en medio de una clase de matemática y de terror en medio de una relación romántica. Siempre me resultó un gran hallazgo que debo haber hecho a una edad en la que no estaba tomando del todo conciencia de las cosas el hecho de poder evadirme del malestar; fantasear para surfear quilombos y obstáculos; completar las vivencias a medias en un tiempo posterior al vivido. Sin embargo, estos últimos meses me anoté en un curso de mindfulness y decidí ponérmela sola contra la pared. Ver que no estaba viendo sino inventando, casi todas las veces, aunque en esa invención hubiera certeza, verdad genuina y capacidad creativa. Luché mucho contra la idea de aceptar hasta aceptar. Y cuando acepté… como frente a la realidad me es siempre sencillo operar, hice cambios en dos minutos. Pero no se cambia tan fácil un modo de vida, un hábito, una postura física o una idea… Se cambia tampoco con dificultad sino con trabajo.
Es un trabajo a cada rato para mí volver a tomar conciencia: corporal, emocional y de tiempo y lugar. Es un trabajo estar sin rajar al pasado o a un futuro hipotético, que no será el futuro. Es un trabajo estar con lo que uno está. Por supuesto que no se trata de querer huir de la realidad tal como hoy… Muy por el contrario he descubierto una gratificación muy grande al estar con la mente, el cuerpo y el corazón. Pero se trata de un aprendizaje autodidacta a una muy temprana edad y un hábito mental que se erradica consagrándose al hábito contrario: el de estar. En ese sentido, creo que este libro no es una ironía. Es una especie de mindfullness literario: el oficio de estar escribiendo en el día algo del día aunque sea inevitable ir y volver, hasta en algún momento detener ese viaje apresurado entre tantas palabras y ya no tenerlas. No tener nada que decir; haberlo dicho y poder, realmente, entonces sí respirar y vivir la vida livianamente.  
Me parece, también, una oportunidad de hacer algo distinto de lo que siempre hago: cuidar tanto las palabras; editar tanto; esa vocación incordiosa y maníaca por el mejor texto jamás escrito… ese estilismo que si bien es a veces una bendición, también, es un lugar sin riesgo de error. O con menos riesgo de error. Hacer otro juego que no sea el de rumiar las ideas, escupirlas en borrador y volverlas a masticarlas desechando lo no tan bien logrado o integrado antes de soltárselo al lector generando una falso espacio de perfección y, si no tanto, al menos de corrección.
Y empiezo hoy, 1 de mayo de 2017, en Mar del Plata, Argentina, mientras manejo rumbo a las playas del sur y Juan viaja en el asiento de atrás escuchando conmigo el track 6 de un disco de Winton Marsallis y Willie Nelson que es Georgia on my mind…; empiezo un día en que todo el resto de los conductores parece pensar que un día 1 de mayo los semáforos -aunque estén en rojo- también están de festejo y asueto, entonces no hace falta hacerlos laburar, porque es un día compartido; sin distinción de patria. Sin distinción de clase.
Hace poco tiempo vi en Netflix un documental. Se llama “Minimalistas” y es la historia de dos tipos del sistema que hartos de no hallar allí, en el cenit del gran sueño americano, el sabor de la tierra prometida, arrojan su casa por la ventana y se quedan con nada, casi. Tres camisas, dos pantalones, unas butacas, una guitarra y algunos libros. Y ahí, en ese vacío total, comienzan a tomar contacto primero con el vacío; luego con el todo: la felicidad, la plenitud de la vida sin más que, llena de cosas, muchas veces no se percibe. No sólo la moraleja del viaje es aquel postulado que hacía la Bauhaus de que menos es más, porque en la cima de la montaña no había nada de lo esperado y en el fondo del pozo estaba todo lo que hacía falta ver: la luz, como instancia de regreso al punto cero; a un lugar donde las cosas nos dejen ver el bosque, sino que este documental, para mí, tiene una segunda lectura que es que la sociedad ha llegado a un punto en que nos ha igualado en la condición de esclavos, ya sin distinción de credos, razas, géneros, países, trabajos y profesiones. Y aquel que quiera liberarse de esa condición lo logrará sin deseo de nada; ni siquiera de estar afuera. Y en ese sentido la celebración del día del trabajador me resulta un poco enternecedora y naife. Pero no deja, por eso, de ser mundial. Un punto de coincidencia, al menos, entre Noruega y Argentina, cuando se me ha ocurrido la insensata de idea de un libro de contestación real a una fantasía.
 Y a los argentinos que se hayan quedado calibrando si lo del día peronista y las cosas fuera de lugar son un poco otra broma… les aclaro que sí. Que sí, claro. Y ahora no piensen más y yo haré lo mismo. Apaguemos la antena nacional colectiva que nos hace doblar siempre la apuesta y seamos felices. Pongan a Tinelli o mediten, en alguna coordenada de silencio donde puedan salirse del tiempo y el espacio. Y, luego, vayámonos todos a dormir, con la aliviadora y ficticia sensación de la casa en orden y el deber cumplido. 

Prólogo


"-¿Por qué Argentina? ¿El título de lo que hoy es Mi lucha iba a ser Argentina?
-Por el mundial del 78. Fue el primer mundial que vi y seguí con atención y plena conciencia. Obviamente no sabía nada de política, tenía nueve años, pero me fascinaba el espectáculo que transmitía la televisión. Los estadios, los papelitos, Kempes, Ardiles. Por esos años en Noruega sólo veíamos fútbol inglés, todos los sábados, de modo que ver el espectáculo de colores de todos esos equipos fue una novedad para mí. Todos mis amigos lo veían religiosamente y hablábamos de eso y queríamos ser los jugadores. Ahí empezó mi amor por la Argentina. Y luego empecé a leer autores argentinos. Borges y Cortázar son dos de mis más grandes héroes literarios. Hace poco tuve que elegir un cuento para leer en público y elegí uno de Cortázar. (...) Nunca fui a la Argentina y la verdad es que no sé mucho sobre el país, pero es como un sueño para mí, o más bien un lugar que no existe sino en los sueños. Por eso quería ponerle Argentina al libro, porque es un libro sobre anhelos que nunca se concretaron, y la Argentina es uno de ellos. Pero, claro, no era un buen título".
Otro fragmento que extracté de la misma entrevista decía: "El proyecto en el que estoy trabajando ahora consiste en escribir cada día sobre una cosa concreta, ya sea un objeto o una palabra. Puede ser un vaso o un par de anteojos, lo que sea. Lo que busco es ejercitar una máxima concentración y destilar todo lo que salga de eso".

Yo leí esta entrevista a Karl Ove Knausgard cuando salió publicada en adn, hace un poco menos de dos años. Fue doblemente inspiradora para mí: por un lado, me llevó corriendo a la librería a comprar su primer libro del sexteto Mi Lucha y a leerlo. Pero además, me despertó una idea que desde entonces he tenido sólo de a ratos presente y sin desplegar: la de intentar escribir todos los días sobre algo en concreto, no importa de qué...
En aquel momento también me quedé pensando cómo será tener la suerte de pensar a la Argentina como un sueño, una utopía o un lugar ideal… Tal vez sea lo mismo que a mí me ocurre al pensar en Noruega. Salvo por los suicidios y el alcohol, un país perfecto: con bosques nevados, verdes intensos, al borde del mar. Un país con arquitectura y muebles orgánicos, maderas claras, educación libre y donde el machismo y el trajín polucionado de todos los días no existe; donde los taxistas no se pasan de vivos; la gente no arregla dineros por debajo de la mesa y la gente no grita en la calle.
Y lo cierto es para mí la Argentina. Un país real donde a veces no sabemos qué estamos haciendo; donde habitualmente se sufre como en la cancha de racing y se ríe con raíces italianas. Un país que tiene el mayor índice de psicólogos por habitante y donde Borges, Cortázar, Maradona, Messi, el Papa, el Ché, Evita, Perón forman parte del equipo de exportación o la legión extranjera. El padre de mi hijo, que ha vivido por muchos países del mundo, me dijo un día: "buscá otro lugar de donde salga un líder revolucionario que independiza una isla como Cuba de la dominación estadounidense y corta los lazos con el mundo y luego va a otra tipo, en la investidura papal, a trabajar para su reintegración al mundo…: no hay. Argentina es un país de dementes, por eso se juega bien al fútbol y se hace política en todos los estratos". Entre otras cosas, en esa creo que tiene razón.
Así se me ocurrió esta idea de un libro con la que conviví en silencio durante un año hasta hoy. "Argentina: el libro de todos los días"... El desafío de escribir un texto por día durante un año, tratando, de a ratos, de contar qué es la Argentina. Y, como la Argentina misma, yo no puedo garantizar que esto vaya a ser viable. Mejor prevenir que curar; que para garantía están los suizos.  
Porque además de cierta condición perezosa, talentosa, inesperada e inconstante, tantas cosas son la Argentina.... Una novela de Martín Kohan, Segundos afuera, por ejemplo, que narra la pelea más inverosímil de la historia mundial del boxeo: aquella en la que el Toro Salvaje de las Pampas -Miguel Angel Firpo- le gana al campeón estadounidense Jack Dempsey la pelea a los 7 segundos del primer round y por KO y, sin embargo, el tiempo es mal contado y el estadounidense knockeado vuelve empujado al ring y, finalmente, el que pierde es Firpo y la Argentina es una especie de detective de policial negro: aquella que tiene la verdad que nadie quiere ni está dispuesto a escuchar; la metáfora del derrotado injustamente a los 14 días del mes de septiembre de 1923. Y es Calamaro: "Me parece que soy de la quinta que vio el mundial `78. Me tocó crecer viendo a mi alrededor paranoia y dolor". Y es el religioso asado, la carne irrestricta, teniendo casi la misma plataforma de mar que de tierra pero esa otra, la que nos podría llevar a algún mejor puerto es la superficie inexplorada... 
Y yo no sé... si realmente estas cosas sean la Argentina, pero lo que sí sé es que es, al menos, el prólogo de un libro que acaba de comenzar; la invitación a una aventura.