Todavía no sé si es una ironía o no empezar un libro el día del trabajador: el día en que no se trabaja. Trabajando en una cosa que no sólo no se paga doble sino que tampoco se paga simple.
Volviendo
a la pregunta de si es o no (honestamente) una ironía en parte, conociéndome, sospecho
que sí. Porque un poco, esas son las cosas que me divierten: esas, fuera de
lugar.
Y
como cada virtud es, también, su vicio, en este último tiempo realmente me ha
parecido un problema no estar donde se supone que estoy.
Siempre
disfruté viajar sin moverme de lugar. Empezar y terminar de rodar películas de
amor en medio de una clase de matemática y de terror en medio de una relación
romántica. Siempre me resultó un gran hallazgo que debo haber hecho a una edad
en la que no estaba tomando del todo conciencia de las cosas el hecho de poder
evadirme del malestar; fantasear para surfear quilombos y obstáculos; completar
las vivencias a medias en un tiempo posterior al vivido. Sin embargo, estos
últimos meses me anoté en un curso de mindfulness y decidí ponérmela sola
contra la pared. Ver que no estaba viendo sino inventando, casi todas las
veces, aunque en esa invención hubiera certeza, verdad genuina y capacidad
creativa. Luché mucho contra la idea de aceptar hasta aceptar. Y cuando acepté…
como frente a la realidad me es siempre sencillo operar, hice cambios en dos
minutos. Pero no se cambia tan fácil un modo de vida, un hábito, una postura
física o una idea… Se cambia tampoco con dificultad sino con trabajo.
Es
un trabajo a cada rato para mí volver a tomar conciencia: corporal, emocional y
de tiempo y lugar. Es un trabajo estar sin rajar al pasado o a un futuro hipotético,
que no será el futuro. Es un trabajo estar con lo que uno está. Por supuesto
que no se trata de querer huir de la realidad tal como hoy… Muy por el
contrario he descubierto una gratificación muy grande al estar con la mente, el
cuerpo y el corazón. Pero se trata de un aprendizaje autodidacta a una muy
temprana edad y un hábito mental que se erradica consagrándose al hábito
contrario: el de estar. En ese sentido, creo que este libro no es una ironía.
Es una especie de mindfullness literario: el oficio de estar escribiendo en el
día algo del día aunque sea inevitable ir y volver, hasta en algún momento
detener ese viaje apresurado entre tantas palabras y ya no tenerlas. No tener
nada que decir; haberlo dicho y poder, realmente, entonces sí respirar y vivir
la vida livianamente.
Me
parece, también, una oportunidad de hacer algo distinto de lo que siempre hago:
cuidar tanto las palabras; editar tanto; esa vocación incordiosa y maníaca por
el mejor texto jamás escrito… ese estilismo que si bien es a veces una
bendición, también, es un lugar sin riesgo de error. O con menos riesgo de
error. Hacer otro juego que no sea el de rumiar las ideas, escupirlas en borrador
y volverlas a masticarlas desechando lo no tan bien logrado o integrado antes
de soltárselo al lector generando una falso espacio de perfección y, si no
tanto, al menos de corrección.
Y
empiezo hoy, 1 de mayo de 2017, en Mar del Plata, Argentina, mientras manejo
rumbo a las playas del sur y Juan viaja en el asiento de atrás escuchando
conmigo el track 6 de un disco de Winton Marsallis y Willie Nelson que es Georgia
on my mind…; empiezo un día en que todo el resto de los conductores parece
pensar que un día 1 de mayo los semáforos -aunque estén en rojo- también están
de festejo y asueto, entonces no hace falta hacerlos laburar, porque es un día
compartido; sin distinción de patria. Sin distinción de clase.
Hace
poco tiempo vi en Netflix un documental. Se llama “Minimalistas” y es la
historia de dos tipos del sistema que hartos de no hallar allí, en el cenit del
gran sueño americano, el sabor de la tierra prometida, arrojan su casa por la
ventana y se quedan con nada, casi. Tres camisas, dos pantalones, unas butacas,
una guitarra y algunos libros. Y ahí, en ese vacío total, comienzan a tomar
contacto primero con el vacío; luego con el todo: la felicidad, la plenitud de
la vida sin más que, llena de cosas, muchas veces no se percibe. No sólo la
moraleja del viaje es aquel postulado que hacía la Bauhaus de que menos es más,
porque en la cima de la montaña no había nada de lo esperado y en el fondo del
pozo estaba todo lo que hacía falta ver: la luz, como instancia de regreso al
punto cero; a un lugar donde las cosas nos dejen ver el bosque, sino que este
documental, para mí, tiene una segunda lectura que es que la sociedad ha llegado
a un punto en que nos ha igualado en la condición de esclavos, ya sin
distinción de credos, razas, géneros, países, trabajos y profesiones. Y aquel
que quiera liberarse de esa condición lo logrará sin deseo de nada; ni siquiera
de estar afuera. Y en ese sentido la celebración del día del trabajador me
resulta un poco enternecedora y naife. Pero no deja, por eso, de ser mundial.
Un punto de coincidencia, al menos, entre Noruega y Argentina, cuando se me ha
ocurrido la insensata de idea de un libro de contestación real a una fantasía.

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