martes, 2 de mayo de 2017

Un día peronista, las cosas fuera de lugar



Todavía no sé si es una ironía o no empezar un libro el día del trabajador: el día en que no se trabaja. Trabajando en una cosa que no sólo no se paga doble sino que tampoco se paga simple.
Volviendo a la pregunta de si es o no (honestamente) una ironía en parte, conociéndome, sospecho que sí. Porque un poco, esas son las cosas que me divierten: esas, fuera de lugar.
Y como cada virtud es, también, su vicio, en este último tiempo realmente me ha parecido un problema no estar donde se supone que estoy.
Siempre disfruté viajar sin moverme de lugar. Empezar y terminar de rodar películas de amor en medio de una clase de matemática y de terror en medio de una relación romántica. Siempre me resultó un gran hallazgo que debo haber hecho a una edad en la que no estaba tomando del todo conciencia de las cosas el hecho de poder evadirme del malestar; fantasear para surfear quilombos y obstáculos; completar las vivencias a medias en un tiempo posterior al vivido. Sin embargo, estos últimos meses me anoté en un curso de mindfulness y decidí ponérmela sola contra la pared. Ver que no estaba viendo sino inventando, casi todas las veces, aunque en esa invención hubiera certeza, verdad genuina y capacidad creativa. Luché mucho contra la idea de aceptar hasta aceptar. Y cuando acepté… como frente a la realidad me es siempre sencillo operar, hice cambios en dos minutos. Pero no se cambia tan fácil un modo de vida, un hábito, una postura física o una idea… Se cambia tampoco con dificultad sino con trabajo.
Es un trabajo a cada rato para mí volver a tomar conciencia: corporal, emocional y de tiempo y lugar. Es un trabajo estar sin rajar al pasado o a un futuro hipotético, que no será el futuro. Es un trabajo estar con lo que uno está. Por supuesto que no se trata de querer huir de la realidad tal como hoy… Muy por el contrario he descubierto una gratificación muy grande al estar con la mente, el cuerpo y el corazón. Pero se trata de un aprendizaje autodidacta a una muy temprana edad y un hábito mental que se erradica consagrándose al hábito contrario: el de estar. En ese sentido, creo que este libro no es una ironía. Es una especie de mindfullness literario: el oficio de estar escribiendo en el día algo del día aunque sea inevitable ir y volver, hasta en algún momento detener ese viaje apresurado entre tantas palabras y ya no tenerlas. No tener nada que decir; haberlo dicho y poder, realmente, entonces sí respirar y vivir la vida livianamente.  
Me parece, también, una oportunidad de hacer algo distinto de lo que siempre hago: cuidar tanto las palabras; editar tanto; esa vocación incordiosa y maníaca por el mejor texto jamás escrito… ese estilismo que si bien es a veces una bendición, también, es un lugar sin riesgo de error. O con menos riesgo de error. Hacer otro juego que no sea el de rumiar las ideas, escupirlas en borrador y volverlas a masticarlas desechando lo no tan bien logrado o integrado antes de soltárselo al lector generando una falso espacio de perfección y, si no tanto, al menos de corrección.
Y empiezo hoy, 1 de mayo de 2017, en Mar del Plata, Argentina, mientras manejo rumbo a las playas del sur y Juan viaja en el asiento de atrás escuchando conmigo el track 6 de un disco de Winton Marsallis y Willie Nelson que es Georgia on my mind…; empiezo un día en que todo el resto de los conductores parece pensar que un día 1 de mayo los semáforos -aunque estén en rojo- también están de festejo y asueto, entonces no hace falta hacerlos laburar, porque es un día compartido; sin distinción de patria. Sin distinción de clase.
Hace poco tiempo vi en Netflix un documental. Se llama “Minimalistas” y es la historia de dos tipos del sistema que hartos de no hallar allí, en el cenit del gran sueño americano, el sabor de la tierra prometida, arrojan su casa por la ventana y se quedan con nada, casi. Tres camisas, dos pantalones, unas butacas, una guitarra y algunos libros. Y ahí, en ese vacío total, comienzan a tomar contacto primero con el vacío; luego con el todo: la felicidad, la plenitud de la vida sin más que, llena de cosas, muchas veces no se percibe. No sólo la moraleja del viaje es aquel postulado que hacía la Bauhaus de que menos es más, porque en la cima de la montaña no había nada de lo esperado y en el fondo del pozo estaba todo lo que hacía falta ver: la luz, como instancia de regreso al punto cero; a un lugar donde las cosas nos dejen ver el bosque, sino que este documental, para mí, tiene una segunda lectura que es que la sociedad ha llegado a un punto en que nos ha igualado en la condición de esclavos, ya sin distinción de credos, razas, géneros, países, trabajos y profesiones. Y aquel que quiera liberarse de esa condición lo logrará sin deseo de nada; ni siquiera de estar afuera. Y en ese sentido la celebración del día del trabajador me resulta un poco enternecedora y naife. Pero no deja, por eso, de ser mundial. Un punto de coincidencia, al menos, entre Noruega y Argentina, cuando se me ha ocurrido la insensata de idea de un libro de contestación real a una fantasía.
 Y a los argentinos que se hayan quedado calibrando si lo del día peronista y las cosas fuera de lugar son un poco otra broma… les aclaro que sí. Que sí, claro. Y ahora no piensen más y yo haré lo mismo. Apaguemos la antena nacional colectiva que nos hace doblar siempre la apuesta y seamos felices. Pongan a Tinelli o mediten, en alguna coordenada de silencio donde puedan salirse del tiempo y el espacio. Y, luego, vayámonos todos a dormir, con la aliviadora y ficticia sensación de la casa en orden y el deber cumplido. 

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