sábado, 23 de septiembre de 2017

El amor


A palabras que se dicen de otro modo y esconden su esencia:
viajero suena casi a reincidente y “viajante”, a un tipo cansado…
Me gusta decir “viajador”. Que suena a amador y a un verbo,
que es lo más importante que pasa cuando alguien viaja.

A los silencios y a los tiempos de no hacer.
Al placer, tan parecido a la risa.
A la falta de prisa, en estos tiempos. Para lo que sea.

El amor a la luz,
al azul, que es al mar,
a la mar
al amar

A la tarde de sol,
al camino,
las flores.
A las ganas.

A la fotografía.
A la poesía. (Una amiga transcribió una poesía que leí. Decía: “es cierto, no elegí venir y tampoco quiero irme; pero mientras estoy aquí tomaré ciertas decisiones contingentes al hecho de estar aquí”. Lo leí y pensé: bien a quien le guste; bien a quien no. El mundo está lleno de búsqueda de aliados, fortalezas y un pensamiento totalitario y tranquilizador. Yo quiero la paz que me da la debilidad de un pensamiento propio, único, unicista e inquietante).

A despertar con la mano de Juan en el pelo y el sol dentro de casa.
A dormir para olvidar todo, para dejarse ir al mar profundo y nadar.

A las postales que se van de donde son para ser del lugar adonde llegan

El amor que enseñamos,
del que aprendemos
el que nos falta y nos sobra y no tiene límites tan claros
el amor que contamos para seguir ahí un rato
del que no podríamos, no sabríamos cómo, hablar porque las palabras son otra cosa.

A las películas que vimos en el cine
A la mutua aceptación de la desinteligencia.
Al tacto de todo lo infinito que cabe en una mano.
A la música. Definitivamente.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Hacia la primavera

                  

Siguiendo al cielo rosa de la primavera me perdí en la tarde sin llegar al mar
Hubiera sido mejor (o tal vez no)

emprender la búsqueda
de destinos más precisos.

Quizá estuvo bien… caminar así…
sin pensar en nada, sin llegar a nada

sólo ocurriendo, como el cielo ese.

Vi -a través de la ventana de una casa- cómo iluminaba una sala la luz del televisor. En el inmenso jardín todavía soleado, un pino alto y añejo bailaba sin gracia como Bryan Ferry. Supuse que había un señor aburrido sentado frente al televisor. Dicen que ya no se dice “la luz de los rayos catódicos”; que no existen más. Yo no sé porque no tengo tele ni es algo que vaya a tener. Y yo no sé cómo se dice la tristeza que me causa esa falsa luminosidad, ese estar afuera de la vida misma, ese dejarse estar. Ese dormirse, empalidecer bajo la luz sin brillo de lo que le pasa a un quién que no importa en algún otro lugar. Esa luz mortífera bañando el mundo, me preocupa más que el mundo en sí. No supe qué hacer más que irme. Guardar la postal de la desesperanza. Seguir.
Y luego vi el sol de la tarde alumbrando a la naturaleza que florece y vi el método de nacimiento de las flores; me sentí feliz por ese despunte suave que hacen, como si se quitaran algo, frente a un desconocido. O como si se desperezaran.

Pensé en llamar a mi novio, decirle: “hola… sí… ahora voy a comprar un budín, me pasó tal cosa…” y me aburrí de pensar en la crónica contingente. Pensé en el cuento de Salinger: Un día perfecto para el pez banana, con una mujer hablando por teléfono mientras se pinta las uñas, una madre la agobia y un tipo se muere de desesperación. Pensé en el remedio de psicomagia de Alejandro Jodorowsky contra las madres que hablan por teléfono y me reí. ¿Cuándo se toma el rumbo equivocado de prestarse a negociar la soledad con la pericia de los gitanos sobre un rectángulo de titanio? ¿Qué sentido tiene esa información de mí? La vida mundana no me hace justicia.

Sentí una rara falta de confort en este deber ser de empezar a pensar el mundo de a dos. Nunca pude y no sé si pueda hacerlo. Creo que no creo en eso. Sí en el amor pero no en el binomio. Estar acá, a intervalos, siento que es casi lo máximo que puedo dar. Después… miro como ven mis ojos. Camino según pisan mis pies. Advierto a veces con gracia, a veces con miedo, la proximidad de los otros y tengo la necesidad de resguardarme en un hipotético territorio que siempre percibo en la frontera. En otra vida debo haber sido vasco. O judía. O alguien que no encontró un lugar.

Después, supe ya sin culpa, más tranquila, que soy impar; no incompleta y que eso no me pesa en absoluto aunque a otros sí. Respiré profundo. Soy una y ¿cuántos números tiene, al fin y al cabo, el infinito? Parecería que con dos la cuenta alcanza para estar en paz. Y no voy a meterme con la mediocridad de la gente. Bastante con lo del televisor. Alguna vez festejé un cumpleaños con mucha gente y no sé si la pasé bien. Alguna vez lloré sola en un subte lleno que no frenó en Medrano. Alguna vez me enamoré en un lugar inoportuno. Algunas veces me calma saber que la profundidad de la existencia humana no es numérica ni puede contabilizarse. ¿Con quién estoy, con quién estuve, con quién estaba realmente? Hay cosas para las que se me agotan las palabras.

Creí que un rato conmigo misma me hacía falta y me iba a hacer bien. Compré un budín de limón y pensé en tomar cerveza, pero eran las seis de la tarde; llevaba en la mochila un libro demasiado grueso y el compromiso de volver pronto. A los lugares donde se oficia de madre no se vuelve con una pinta puesta encima con la frescura de Patti Smith.

Dejé –o al menos lo intento- de querer que algo se aquiete para que exista el momento propiciatorio de la escritura. Espero, en falsa calma, hasta el rato en que logre reaparecer. Y tomo nota mental del movimiento aunque sepa que hasta que el día cese y también mi estar afuera yo no voy a poder escribir.

Entendí que iba a hacerse de noche porque siempre pasa.

Confié en el meridiano de esas horas de vigilia antes del sueño para sentarme aquí a saber que las no tan altas horas de la noche me encantan como acariciar con el pie a mi perro Negro y sentir la quietud del lomo que late y los pelos suaves, mientras en silencio él disfruta estar echado y respira, y yo reconozco un fractal de la paz.

No medí. No evalué. No razoné. No conocí.
Anduve
Y, así, disparatadamente tuve la certeza de que en la bifurcación de la filosofía es seguro yo hubiera tomado el rumbo de Heráclito; no de Parménides. Tal vez, el rumbo equivocado, pero Heráclito, cultor de la vida sensible; no de la vida medida y sin error, me hubiera arrastrado sin dudas. No sé porqué seguimos creyéndonos seres racionales, morales, científicos, como si eso nos diera status frente a otras creaciones y especies. ¿Hasta cuándo va a sobrevivir esta mentira? Pienso en el mito de la caverna; pero sobre todo pienso en el mito del que tuvo la gentileza de subir, comprender y bajar a contar algo sobre la sabiduría… Primero: yo tampoco querría que nadie venga a advertirme de la verdad en otro lugar. Y, segundo: ¿cómo nadie lo advirtió? El sol es a great ball of fire y si alguien pudiera regresar de allí, regresaría quemado. Prefiero la luz que permite las sombras. Prefiero el espacio sin imágenes que motiva a la imaginación. Me alcanza con advertir el conocimiento del mundo es a través de unas falaces percepciones que me siguen como latas vacías de gaseosa unidas en un cordel al auto de los recién casados. Van a ras del suelo.
El sol es inalcanzable.
El cielo es inasible.
La luz, intermitente.

Volví, al tiempo presente, a mirar la puerta blanca bajo los árboles; la puerta que se abre cuando llego a buscar a mi hijo a su clase de yoga, a guardar mi afán vagabundo y el sinuoso periplo para un día después. A sentir ese abrazo inmenso, más hermoso y grande que todo lo que pueda ver, pensar, decir, saber, dejar, creer, percibir, sospechar, entender…


Y le dije: “Está por llegar la primavera”.  

Agosto